Atentado en Barajas

Las víctimas reales del atentado terrorista en la T4 han sido dos jóvenes ecuatorianos, sus familias y sus amigos. Pero además hay víctimas políticas. Le Monde decía hace unos días que la más importante era Zapatero. Nadie lo pone en duda, aunque no es la única: hay también otras, colaterales y de efecto retardado. En efecto, tarde o temprano, algún coletazo del trágico y espectacular bombazo afectará al gobierno tripartito catalán. El mal llamado "proceso de paz" no ha sido propiamente un invento nacido en Catalunya, sino en el País Vasco, pero su filosofía de fondo se defendió aquí desde el principio: era la llamada "vía del diálogo" frente al "pacto antiterrorista" propuesto por Zapatero desde la oposición y al que se sumó el PP con Aznar en el Gobierno.

Remontémonos a hace algo más de cinco años, tras el fracaso del pacto de Lizarra. En concreto, recordemos la reacción en Catalunya tras el asesinato de Ernest Lluch. Ya había un caldo de cultivo a favor de la política de diálogo con anterioridad pero, sobre todo a partir de ese asesinato, la doctrina oficial catalana, la opinión más común, repetida un día tras otro, fue que para acabar con el terrorismo de ETA sólo había un instrumento útil, el diálogo, es decir, la idea directriz que ha inspirado la política del "proceso de paz".

La razón (o sinrazón) de esta idea no se basaba para nada en hechos objetivos, ni en un conocimiento mínimo de lo que sucede en el País Vasco desde hace tantos años. La razón (o sinrazón) era puramente ideológica y se formula así: los etarras, efectivamente, son unos criminales, desde luego condenamos todo tipo de violencia, pero (recalquemos este "pero" porque es fundamental) en el fondo de sus actos hay una motivación política que es legítima y, por tanto (recalquemos el "por tanto") no son simples criminales: son nacionalistas descarriados que mediante el diálogo, si se atienden algunas de sus peticiones, volverán al buen redil. Este era la atmósfera que desprendían desde hace años la mayoría de artículos de la prensa y las tertulias de la radio y la televisión catalanas.

Precisamente las fuerzas políticas del tripartito - especialmente ERC, ICV y al PSC maragallista- son la expresión más exacta de esta atmósfera. El vicepresidente Carod - que aún nos debe una explicación sobre lo que trató en su encuentro, hace ahora tres años, con la dirección de ETA- decía muy satisfecho la semana pasada por televisión, justo antes del atentado, que él fue el primero que inició esta vía del hoy fracasado "proceso de paz".

No sabemos aún la nueva ruta que en política antiterrorista tomará Zapatero. Pero no parece probable que prosiga la política actual, la del "proceso de paz", más bien parece que se volverá a una puesta al día de la política mantenida en anteriores pactos, el antiterrorista o el de Ajuria Enea. ¿Cómo afectará todo ello a las relaciones entre las fuerzas políticas del tripartito? No puede anticiparse con seguridad pero todo lleva a pensar que la nueva política será un factor de desunión: el PSC por un lado y ERC e ICV por otro. Una piedra más en el camino que se intentará disimular por el momento pero que anuncia dificultades ineludibles de cara al futuro. Y es que, en definitiva, aunque la apetencia de cargos llegue a unir mucho y Montilla tenga un gran sentido de la autoridad, como dijo Rafael el Gallo, "lo que no pué sé, no pué sé y, además, é imposible".