El Gran Silencio, de Lluís Foix en Los Blogs de La Vanguardia
La película "El Gran Silencio" sigue en cartelera. Casi tres horas de silencio en la cartuja de la Grande Chartreuse, en los Alpes franceses, las estaciones que se suceden sin ruido, la naturaleza que cambia de tonos y sabores, nieves, lluvias y vientos, silencio de unos hombres que hablan para sí y para Dios. Y así toda una vida.
Me dicen que ha sido un éxito de público. La noche que asistí a su pase también el silencio en la sala llena a rebosar era absoluto. El film era en versión original, en francés y alemán, pero daba lo mismo. Prácticamente no se habla en toda la película al margen de un cartujo ciego que en dos minutos explica el por qué del silencio vital de la existencia en la Chartreuse.
El silencio es un auténtico lujo en los tiempos que corren. No existe en las viviendas modernas, en las calles, en los aullidos radicales de los conciertos de "rap", de "heavy metal" o de "acid rock". Estamos ante una gran conspiración del ruido contra los privilegios del silencio, de la reflexión, de la cortesía, del pensar, de la educación.
Pascal ya lo dejó dicho como recuerda George Steiner en su reciente libro "Elogio de la Transmisión": si se consigue estar sentado en una silla, en silencio y a solas, en una habitación, es que se ha recibido una buena educación.
Un amigo mío notario me suele comentar que si alguien se detiene a pensar en silencio durante media hora, toma unas notas y después escribe o habla de lo que ha pensado, el estupor puede ser general.
No me veo recluido por vida en una Cartuja. No sería capaz. Pero sí que admiro la rotundidad del silencio en una rutina inalterable. Me fascina este silencio de eternidad pero me intriga más pensar qué pasa por las mentes y los corazones de quienes se han impuesto callar como norma conviviendo con otros hombres que tampoco hablan.
"El Gran Silencio" es una bofetada a una sociedad que no busca la sabiduría, el conocimiento desinteresado, la creación de la belleza. Hacer dinero y saturar nuestras vidas de bienes materiales cada vez más superfluos es una pasión vulgar.
Decía Goethe en sus conversaciones con Eckermann que "todo lo grande e inteligente es siempre minoritario. Ha habido ministros que tenían al pueblo y al rey en contra y que, aún así, lograron imponer en solitario sus grandes proyectos.
El poeta de Weimar era un elitista, un privilegiado, que decía que no cabe pensar que pueda popularizarse el entendimiento. Puede ser que se vuelvan populares los sentimientos y las pasiones, pero la razón siempre estará sólo en posesión de unos pocos destacados".
Es la tesis que recogería Ortega y Gasset en su "Rebelión de las masas" y que todavía es vigente para muchos en estos tiempos de globalización. Beethoven, por ejemplo, compuso su Sinfonía Coral, la Novena, estando más sordo que una tapia. Es otro momento de creatividad sublime envuelta en el silencio, como recuerda el propio genio en la reciente película "Copying Beethoven".
Recomiendo cultivar el silencio para defendernos del ruido ambiental que penetra hasta los tuétanos y nos convierte en masas amorfas. El silencio también es cultura. La de un pastor de ovejas, por ejemplo, es inmensa.
Decía nuestro Josep Pla en uno de sus Homenots que "la cultura no tiene nada que ver con los libros. La cultura es un determinado estado de espíritu, una comprensión, una tolerancia, una hospitalidad. He conocido muchos analfabetos totales o semianalfabetos incomparablemente más cultivados, más culturales, que tantos intelectuales intrigantes, fanáticos, peligrosos, que también he conocido".
