LA RUPTURA DE LA TREGUA
Voló el año 2006. Con él, otras cosas quedaron enterradas. También voló mi coche. Estaba aparcado en el módulo D de la T-4 del aparcamiento del aeropuerto de Barajas. Esa noche del día 30 de diciembre al regresar a Madrid pude ver por mí mismo al alcance de la barbarie. La brutalidad empleada por los terroristas no dejaba duda sobre el alcance de lo que pretendían y podían haber conseguido. Ahí quedarían los restos de mi vehículo con objetos personales al igual que los de otros propietarios que, también con su trabajo, habían comprado un elemento de locomoción que, acaso, todavía no estuviese pagado del todo.
Pero siendo damnificado, mucho más grave por irreparable es la perdida de dos vidas humanas. Allí, en el amasijo de escombros, dos ecuatorianos dejaron no solo su pasado de esfuerzos y luchas sino su futuro de ilusiones y sueños. Duermen ya el sueño eterno por culpa de unos asesinos. Estos son los mismos que veíamos recientemente burlarse de sus víctimas y familiares en una actitud repugnante con ocasión de su enjuiciamiento. Son los mismos con los que el Gobierno socialista ha estado dialogando y haciendo ver que era posible entenderse.
MI COCHE no tiene arreglo. Entre unos y otros intentarán dar el menor valor indemnizatorio al vehículo. AENA intenta ya escaquearse ocultando que un estacionamiento es un contrato de depósito y la jurisprudencia obliga al titular del aparcamiento a indemnizar al 100%. La vida segada a los dos jóvenes quedará de imposible reparación. Sus familias han aguantado estos días en que la fiesta de fin de año para todos se ha juntado con la falta de calor y presencia de miembros del Gobierno.
Sin embargo, en los escombros de la T-4 queda algo más: las ilusiones de muchos españoles. Yo fui de los que acogieron la declaración de tregua con cautela pero también con esperanza. Poco a poco, la forma de gestionar el asunto fue haciéndome ver que aquello se estaba desarrollando con progresivo desacierto. Aun así, quise seguir manteniendo viva la ilusión de que, esta vez sí, fuese posible concluir con el terrorismo.
Siempre expresé que era legítimo intentar conseguir que terminara la violencia. Que eso era algo que podía intentar el presidente del Gobierno. Igual que Aznar lo intentó aunque con matices diferenciales. Sin embargo, el derecho y deber de tratar de poner fin al terrorismo cada vez venía acompañado de más interrogantes y sombras. El diálogo no es incompatible con la firmeza y en este tiempo, yo mismo como la sociedad española en su conjunto, ha ido percibiendo ingenuidad, debilidad o irresponsabilidad (elija el lector el vocablo que prefiera) del Gobierno.
Confundir de una manera continuada la realidad con los buenos deseos es un grave error. El ansia patológica de todos los presidentes de pasar a la historia es muy peligrosa cuando se tiene prisa. Especialmente, cuando se pretende resolver viejos y complejos problemas como si se sacara de la chistera un truco mágico. Esto no existe. Además hay otro fenómeno que suele acontecer, cual es que confiados en la suerte que conlleva el maillot de líder se creen los dirigentes que la suerte es eterna. Ya sucedió antes. Al actual gobernante le ha acontecido ahora.
ME REPUGNAN aquellos que afirmaban que desde el PP nos alegraríamos del fracaso del denominado proceso de paz. De la misma forma que me repugnan quienes piensan que en el PSOE se alegraron de la tragedia del 11-M. Alegrarse de la tragedia humana aunque reporte beneficio propio es una conducta miserable. Y ahora aseguro que, no solo los más moderados, sino a todo el PP, nos produce una pena inmensa lo acontecido.
Y una pena especial es que tendrá que transcurrir un largo tiempo para que pueda intentarse un proceso de pacificación. Solo será factible cuando la banda asesina vuelva a estar acorralada, asfixiada en las instituciones que quiere dinamitar, perseguida por la Fiscalía, desarticulados y perseguidos sus comandos. La actitud de firmeza del Gobierno de Aznar y el hecho de que el PP y el PSOE fueran de la mano en el pacto que suscribieron a instancias de Zapatero fue la razón por la que una ETA debilitada ofreciese una tregua.
En este tiempo, el Estado de Derecho se ha relajado y ha caído en el error de pensar que el diálogo lo exigía. Soy de los que siguen pensando que son perfectamente conjugables la firmeza con la iniciativa de búsquedas políticas dentro del marco constitucional.
Pero ahora, las ilusiones y cautelas de hace ocho meses han dejado paso a un inequívoco escepticismo o incluso pesimismo de acabar con el terrorismo por soluciones políticas. Tendrá que pasar tiempo hasta que la sociedad vuelva a creer que es posible y deseable utilizar esta vía. Mientras tanto, el Gobierno tiene que percibir que los juegos de manos con estos temas pueden convertirse en pirotecnia.
El PP vuelve a ofrecer su mano al Gobierno para que regrese a la senda de construir juntos un proceso de paz en el que solo podrá haber soluciones si se actúa en el marco del Pacto por las Libertades. Mi coche, la vida de los dos jóvenes asesinados y las ilusiones de los españoles volaron por los aires. Que el Gobierno vuelva a la realidad y aterrice en la pista de la sensatez.
Jesús López-Medel. Diputado por Madrid en el Congreso (PP).

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