OPUS MEI
Me imagino la cara que puso el obispo de Córdoba, monseñor Juan José Asenjo, al saber que la Junta Islámica de España proponía a Roma la convivencia de rezos musulmanes y cristianos en la catedral, que antes fue la famosa mezquita de Abderramán I, orgullo del arte de la Morería. La misma cara que pondrían los accionistas de El Corte Inglés si los descendientes del señor Jorba reclamaran algún derecho sobre el gran edificio comercial del Portal de l'Àngel, que mandó construir su antepasado y que ahora luce el triángulo verde de la cadena de almacenes.
Así se explica la rápida reacción del prelado, antes de que Benedicto XVI expusiera su parecer sobre la idea: bajo los arcos del templo que en el siglo XIII cambió de Dios, no habría más rezos que los dedicados al que durante 800 años dirigió la batallas contra los soldados de la media luna. Las palabras no fueron éstas, pero el sentido era exacto. Una respuesta terminante a una propuesta moderada, que, según voces autorizadas, aspiraba sólo a pedir a las dos divinidades una mejora en las relaciones entre las dos comunidades.
Está visto que con intermediarios nada se va a arreglar. Ahora un desaire a las autoridades islamistas en Córdoba y hace poco al Papa de Roma en su viaje a Turquía, que por cierto rezó a Cristo en la Mezquita Azul de Estambul. Los mismos dioses tendrían que ocuparse de mejorar las relaciones entre sus seguidores.
La competencia es necesaria en todos los órdenes, porque estimula a las partes. Pero ordenada. La hay en los deportes, en los negocios. La de las religiones desborda a todas. La del Barça y el Real Madrid es una balsa de aceite comparada con la de los dioses.

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