LOS ANALISTAS de un periódico no surgimos por generación espontánea, sino que somos -igual que decía Oakeshot de las instituciones- el resultado de una forma de hacer continuada que se transmite, como una herencia y como una sabiduría de trabajosa factura, en las propias páginas de cada periódico.

Nosotros, los que escribimos en La Voz de Galicia, cumplimos ayer 125 años, con clara conciencia de que ese siglo y cuarto de supervivencia lo hemos ganado mientras se perdía el imperio español, en dos guerras mundiales, en la Guerra Civil de 1936 y en la gran depresión de 1929. También hemos visto cómo nacía y moría la Unión Soviética, cómo se hacía realidad el sueño de Europa, cómo el hombre llegaba a la Luna, y cómo se iban poniendo los prodigiosos cimientos de la revolución científica y tecnológica que marcó el paso del segundo al tercer milenio. Por eso estamos obligados a interpretar los hechos en sus contextos, con la firme convicción de que la historia y la cultura progresan en quebrada -¡pero progresan!-, en medio de hombres que sirven abnegadamente a la humanidad y de otros que parecen haber nacido para aniquilarla o para avergonzarla.

Hace sólo cuatro años suponíamos que íbamos a celebrar este 125 aniversario con el mundo en paz, con los palestinos en su Estado, con la Constitución europea plenamente vigente y con España pletórica de paz y libertad. Pero la historia quiso que lleguemos al día de hoy sumidos en fuertes crisis, con el Oriente Medio al borde del abismo, con la Constitución europea varada, con la justicia internacional retrocediendo al Medievo, con peligrosos atisbos de dictaduras que reclaman su papel de salvadoras, y con ETA empeñada en demostrar que la historia sigue presa de monstruos eternos.

Desde La Voz de Galicia contemplamos este exasperante panorama con un siglo y cuarto de experiencia, con la seguridad de que todo puede ser integrado en la ruta del progreso, y con la convicción de que las duras lecciones que nos da la realidad contribuyen a orientar y moralizar el proceso de la historia. Y esa es la razón por la que, a la hora de buscar un motivo para encontrarme con ustedes en este día feliz, he elegido el firme compromiso con la ética y la libertad. Porque es necesario volver a la creencia de que sólo las fuerzas morales mantienen su rumbo en las crisis de la historia. Y porque sólo la libertad -de hacer, de pensar y de decir- nos ayuda a recomponer en positivo los sucesos puntuales que jalonan el camino atormentado de la humanidad. Si trabajamos como debemos, saldremos airosos de este bache. Y nosotros podemos garantizárselo, porque estamos en el mundo -en la cresta de sus olas- desde hace 125 años.