Quizá el destino de más de 2.000 millones de pobres en el mundo dependa de un grupo de generosos multimillonarios. La primera década del siglo XXI se ha convertido en la edad dorada de la filantropía, que se postula como la mejor arma para luchar por el desarrollo.
Los gobiernos ven cómo las grandes fortunas asumen cada vez más responsabilidad en una tarea en la que, según los expertos, éstos deberían representar un papel con mayor protagonismo.
Peter Singer, profesor de Bioética en el Centro para los Valores Humanos de la Universidad de Princeton, escribe en The New York Times que “muchos de los que aplaudimos la labor de empresarios como Bill Gates o Warren Buffet, también estamos preocupados por un sistema que deja el destino de millones de personas en manos de dos o tres ciudadanos privados. Por ejemplo, el Gobierno estadounidense destina un 0,22% del PIB a ayuda al desarrollo, lo mismo que Portugal y aproximademente la mitad que Reino Unido. Lo peor es que la mayor parte de ese presupuesto está dirigido a zonas donde Estados Unidos tiene intereses estratégicos”.
Reducir la pobreza, la enfermedad y la muerte prematura en los países en desarrollo aplicando criterios empresariales es el objetivo de esta nueva generación de filántropos a la que ya se han unido multimillonarios de todo el mundo. Sólo la donación que realizó Warren Buffet el pasado verano (31.000 millones de dólares a la Fundación Gates y 6.000 millones más a otras instituciones de caridad) supera lo que otorgaron a lo largo de toda su vida Andrew Carnegie y John D. Rockefeller, precursores de la filantropía actual.
“Estos hombres tienen un conocimiento de primera mano del poder del mercado, y se preguntan por qué no pueden ganar dinero y atacar al mismo tiempo algunos de los problemas que en otro tiempo abordaba principalmente el gobierno”, señala Alan Abramson, director del programa del Sector Sin Ánimo de lucro y Filantropía en el Instituto Aspen, un grupo de pensadores de Washington centrado en políticas públicas.
Estados Unidos, Reino Unido y los países emergentes de Asia acaparan las mayores fortunas y también a los multimillonarios más generosos. “La cultura anglosajona es más receptiva a este tipo de iniciativas que, al igual que en el mundo empresarial, buscan conseguir resultados visibles”, explica Juan Luis Martínez, profesor del IE Business School, en Madrid. Es lo que se llama dividendo social: la cantidad de bien que se consigue por cada dólar donado. “Cuando Warren Buffet decidió donar su capital a la Fundación Bill y Melinda Gates, lo hizo después de valorar qué organización le iba a dar mayor dividendo social.
Y llegó a la conclusión de que la de los Gates era la apropiada”. La filantropía especializada también ha llegado a la ayuda al desarrollo de la mano del matrimonio Gates. El fundador de Microsoft y su mujer han focalizado sus donaciones en la supresión de las enfermedades infecciosas en el mundo, por lo que la cantidad que se destina de una sola vez suele ser mayor. Gates está actuando no sólo como filántropo sino como abanderado de una causa, señalan los expertos.
Para el director de Desarrollo Corporativo de IESE Business School en Madrid, Joaquín Molina, sólo existe una pega a la filantropía perfecta de Gates: “Es necesario que se dirijan más recursos a crear empresarios que generen riqueza en los países en vías de desarrollo y que se conviertan en futuros donantes”.

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