Iraq sin Sadam: más libertad y menos Iraq, de Bichara Khader en La vanguardia
El fin de un dictador
Treinta de diciembre del 2006, 5.55 (hora iraquí): Bagdad duerme. Aún rige el toque de queda. Sadam comparece ante sus verdugos en la base militar de Kadimiya. Las imágenes no traslucen ni una voz temblorosa ni un rostro crispado. Se niega a que le tapen la cabeza. Avanza hacia el patíbulo y recita con voz audible la profesión de fe musulmana. El paso de la vida a la muerte ocurrió, según un testigo, en un "abrir y cerrar de ojos".
Sadam dirigió Iraq de 1979 al 2003 con mano de hierro; impuso un clima de terror y se embarcó en aventuras ruinosas para el país, que fue descrito como la nueva Prusia del mundo árabe. Al tiempo que prodigaba todo tipo de favores a sus acólitos, los chiíes y los kurdos pagaban un duro tributo a una tiranía implacable. Se presentaba como el campeón de las grandes causas árabes y hacía temblar a sus pares, monarcas y dirigentes, a los que tildaba de cobardes y lacayos. Y, hasta la calamitosa aventura kuwaití de 1990, el señor de Bagdad pudo contar si no con la complicidad culpable de sus amigos occidentales,sí con su dudosa complacencia.
De modo que el 30 de diciembre del 2006 se habrá pasado una tenebrosa página de la historia del país de los Dos Ríos de la peor forma posible, y se habrá marcado la muerte de una cierta idea de Iraq. En efecto, el fin trágico del dictador se decide en el mismo momento en que Iraq se consume lentamente, mientras el Iraq de mañana deja entrever ya los brotes amargos de la desintegración territorial, la polarización comunitaria y confesional, las sacudidas regionales y la colocación bajo una tutela extranjera.
Los adalides de los valores democráticos dirán que "se ha hecho justicia" y que el tirano ha tenido la misma suerte que él disfrutaba infligiendo a sus oponentes. Sus víctimas se sentirán aliviadas y mostrarán alborozo ante unas cámaras ávidas de imágenes de júbilo popular,como las que acompañaron la caída del dictador en el 2003.
Sin embargo, otros, tanto en Iraq como en el resto del mundo, hablarán sin duda de "justicia expeditiva", de "teatro de marionetas", de simulacro e incluso de farsa. Otros más, sobre todo en Kurdistán, lamentarán un proceso "chapucero" y un castigo apresurado, destinado más a eliminar a un preso molesto que a instruir todos los crímenes cometidos por el tirano de Bagdad.
De modo que ese trágico episodio de la historia del Iraq ocupado obsesionará durante mucho tiempo a politólogos, historiadores y juristas. Desde luego, son más las preguntas planteadas que las respuestas ofrecidas. ¿Por qué el Gobierno de Al Maliki actuó con tanta precipitación y eligió el día del Aid el Kebir (o Aid el Adha) para ejecutar la sentencia? ¿Por qué no se instruyeron los demás crímenes, mucho más importantes, cometidos especialmente en Kurdistán? ¿Se han querido evitar revelaciones incómodas acerca de las cobardías y las complicidades de Occidente y Oriente con un régimen mimado cuando resultaba útil? ¿Por qué no se ha esperado la estabilización de Iraq antes de aplicar una sentencia que, para muchos, tiene todos los visos de una venganza? ¿Acaso el primer ministro iraquí temía una vuelta, quimérica sin lugar a dudas, de Sadam al poder?
Existe el riesgo de que esas preguntas legítimas oscurezcan aún más las perspectivas de un Iraq pacificado y de que se introduzcan dudas sobre la equidad del juicio y la naturaleza del castigo. Es cierto que el presidente de Estados Unidos, George W. Bush, verdadero señor de Bagdad, ha descrito la muerte de Sadam como "un importante hito en el camino de la libertad". Quizá Bush tenga razón. Bajo Sadam, había más Iraq y menos libertad. Sin él, habrá quizá más libertad, pero ciertamente menos Iraq.
Y eso es justo lo que inquieta a los vecinos de ese país. ¿Podrá adaptarse Turquía a un cuasi Estado kurdo independiente en sus fronteras sin temer un efecto de contagio? ¿Asistirán los países árabes suníes impasibles a la aparición de un arco chií y un imperio persa beligerante y revanchista susceptible de utilizar a los chiíes de Iraq como caballo de Troya? ¿Se cederá en Iraq el triángulo suní a las bandas armadas, los baasistas desengañados y los aprendices de terroristas sin miedo al deslizamiento de toda una región neurálgica en una espiral de violencias y desgarramientos? ¿Aceptaremos el estallido territorial de Iraq sin temer un precedente histórico peligroso para los países de todo el mundo árabe?
Más que los interrogantes acerca de las dudosas circunstancias que envuelven la ejecución de un tirano, éstas son las verdaderas preguntas geopolíticas que deben plantearse cuantos se preocupan de verdad por el futuro pacífico de la región y, en última instancia, por la paz mundial.
No, mil veces no, no lloraré la muerte de un tirano, sea de donde sea. Sin embargo, se me parte el corazón cuando veo en qué se ha convertido Babilonia, el país de los califas abbasíes y Harun el Rachid, la sede de una de las primeras universidades del mundo. Se me parte el corazón cuando recuerdo que en los últimos tres años han sido asesinados más de 200 profesores universitarios y probablemente más de 500.000 iraquíes; y cuando observo que quedan impunes otros crímenes horribles como los de Sabra y Chatila, como el enclaustramiento de Palestina.
Pero lo que más me duele es constatar que una dictadura se juzga o no se juzga no por la magnitud de los sufrimientos que inflige, sino por su proximidad o distancia del hegemón mundial. Pues tal es el cinismo más abyecto hoy en día: algunos dictadores son enviados al patíbulo y otros, en América Latina, África y en otras partes del mundo, mueren de viejos en la cama.
BICHARA KHADER, director del Centro de Estudios e Investigaciones sobre el Mundo Árabe Contemporáneo de la Universidad Católica de Lovaina. Traducción: Juan Gabriel López Guix
