Me recuerda un viejo amigo de tiempos universitarios que Anthony Giddens, el ideólogo de la Tercera Vía de Tony Blair, ha escrito hace poco que entramos en tiempos malos, con malos guías, ingenuos, que creen que el objetivo político se gana si la rueda de prensa sale bien.

Demoscopia, mensajes cortos y simples, ruedas de prensa en hora punta, poner buena cara al mal tiempo, desacreditar al adversario, son los fardos que se cargan a los lomos del político de hoy en muchas democracias occidentales.

Tiene un perfil suave, tibio, ligero de equipaje, mal leído y poco viajado, con una sonrisa perenne que las cámaras agradecen y el gran público acepta como una señal del estadista moderno.

A pesar de varios días en silencio, Zapatero habló con la palidez en el rostro, como quien ha recibido una noticia familiar de extrema gravedad. No dijo si el proceso de paz con ETA estaba definitivamente roto. Lo tuvo que confirmar con la profesionalidad que le caracteriza el ministro Rubalcaba.

Zapatero tuvo el reflejo retardado de visitar a las familias del ecuatoriano sepultado bajo los escombros de Barajas. Luego recorrió la zona siniestrada y aseguró que su "energía y determinación para alcanzar la paz es hoy aún mucho mayor". No he entendido este mensaje.

El presidente confía contar con el consenso de todos los ciudadanos y de todas las fuerzas políticas para acabar con ETA y que comparecerá en el Congreso cuando Rubalcaba haya hablado con los representantes de los partidos.

Palabras, palabras, palabras. Es el discurso que se apodera de muchos políticos europeos que no van por delante de la opinión pública sino que actúan detrás de ella. La filosofía política de Zapatero se basa en un pacifismo casi infantil en política exterior y en unos cambios sociales que le salen gratis, aunque molesten a muchos, mientras la economía marcha viento en popa.

Un político tiene que escuchar lo que piensa y lo que interesa a los ciudadanos. Pero tiene que ir por delante para ganarse su confianza. Pensábamos que el proceso de paz con ETA estaba encauzado con quienes tenían la capacidad para controlar a la organización terrorista. No ha sido así.

El panorama en la oposición no invita al optimismo. El Partido Popular quiere recuperar el poder que le fue arrebatado en Atocha y ahora pretende obtenerlo en Barajas. El mensaje simplificado de Mariano Rajoy se centra más en destruir la estrategia de Zapatero que en la peligrosidad de ETA que ha hecho naufragar a muchos gobiernos de la democracia.

Es triste que una organización que ha asesinado a españoles de todas las condiciones, de izquierda y de derecha, de catedráticos y de políticos, de guardias civiles y militares, vuelva a poner en grave riesgo la seguridad y la convivencia de los españoles.

Aznar se convirtió en los últimos años de su segundo mandato en un radical de derechas. Ahora tenemos un socialista radical. Los dos han simplificado sus mensajes hasta el punto de que la sociedad española está más dividida ahora que en 1996.

Hasta el año 2004, populares y socialistas, aparcaban sus diferencias para alcanzar puntos de acuerdo en una cuestión tan relevante como la lucha contra el terrorismo. Ahora, no estoy seguro que el astuto Rubalcaba sea capaz de encontrar un acuerdo de mínimos entre socialistas y populares.

Básicamente, porque el terrorismo se ha convertido en una principal baza electoral. Podemos caer bajo los discursos radicales, populistas, de izquierdas o de derechas. Es una pena.