SEMBRADO. El Bloque está sembrado y mostrando día a día cómo su instalación en el poder le suministra constantes vibraciones sobre los problemas reales del país. Primero fue lo del cambio del huso horario, y ahora es la revolución onomástica que debería acabar, ¡al fin!, con el dominio colonial. ¿Qué puede haber más importante?
El Bloque quería épica descolonizadora y ahora puede conseguirla si se acepta su última propuesta: que los gallegos galeguicemos nuestros apellidos.
Para dar ejemplo, el BNG recomienda que la revolución comience desde arriba, e insta a los políticos a dar un paso al frente. La presidenta del Parlamento de Galicia debería apellidarse Vilariño, y no, como hasta ahora, Villarino, y el líder de la oposición cambiar el Feijoo de su familia por Feixo o Feixoo.
Yo creo que la propuesta es pistonuda, aunque le encuentro tres inconvenientes (los de la confusión, oposición y discriminación), que me permito sugerir con humildad a los revolucionarios.
La confusión sería evidente si miles de personas cambiaran la marca artificial que las identifica entre todos sus congéneres. Para reducir ese Babel, siempre cabría echar mano del procedimiento que utilizaron los franceses cuando cambiaron de moneda -aclarar si se trataba de francos nuevos (FN) o francos viejos (FV)- y añadir junto al apellido las siglas AC (apellido colonial) o AL (apellido liberado). Villarino y Feijoo serían siempre, de este modo, AC y AL Feixo y Vilariño.
La oposición a la medida estaría asegurada por el hecho de que, ya puestos a respetar la identidad, puede que haya miles de gallegos que prefieran su identidad individual -que determina su nombre y apellidos- a una supuesta identidad colectiva que no considerarían, en todo caso, vulnerar por llamarse como sus abuelos y sus padres. Frente a estos recalcitrantes hay que confiar en la fuerza de la emulación y de la corrección política, que ha demostrado ya su utilidad para conseguir que miles de niños estudien en una lengua que desconocen sin que sus padres se atrevan a chistar.
Creo, sin embargo, que el peor inconveniente será al final el de la discriminación, pues ¿qué harán, cómo sufrirán, cuando la revolución empiece, los Gómez o los López, que no podrán galeguizarse ? Recuerdo que hace muchos años pedimos en el cole a la de inglés que tradujese nuestros nombres. Qué fiesta fue aquélla para los Blanco (White) y los Castaño (Brown), y qué tristeza para nuestro compañero Carracedo, que lloró con amargura su desgracia y se quejó, angustiado, al comprobar las chanzas de que era objeto por no tener un apellido inglesizable .

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