Llamo a mi amiga de Valldoreix para felicitarla y bromeo con que el año que viene seguramente ya podrá comprar los regalos de Reyes en Ikea, porque el Ayuntamiento de Sant Cugat acaba de aprobar los trámites para facilitar una nueva implantación de la multinacional sueca. Sí, me contesta con sorna, ahora ya estaremos a la altura de Badalona y de l´Hospitalet. Cuando le digo que me parece une comentario un poco clasista, se pone seria. Tantos años intentando que Sant Cugat no sea un simple municipio de la periferia metropolitana y ahora Ikea lo echa todo a rodar, me responde.

Mientras, a mí se me aparece en mente el mapa metropolitano con un Ikea en el norte, otro en el sur y el de Sant Cugat cerrando Barcelona por el este. Dicen que quieren dar servicio a la Catalunya central, prosigue mi amiga. Así que no sé por qué no se han ido a Manresa. O a Terrassa, donde el Ayuntamiento quería que se implantara un Corte Inglés. Yo pienso que no son lo mismo unos grandes almacenes, que tienen un componente mucho más urbano, que una tienda de muebles y complementos, donde casi por definición se tiene que acceder en coche. Y más con la política de Ikea de favorecer que cada cliente se lleve y se monte en casa sus muebles. De hecho, conozco gente que viene de Reus a comprar en los centros de Ikea y éstos ahora se quedarán en Sant Cugat en vez de entrar en el área metropolitana hasta l´Hospitalet o Badalona.

Precisamente entonces es cuando mi amiga arremete contra la congestión. Si ahora ya tenemos colas interminables para entrar y salir de Sant Cugat en horas punta - dice-, con los dos nuevos barrios que están construyendo y con Ikea, todos en el sector que limita con Rubí, el colapso va a ser mayúsculo. Yo no puedo más que recordar cómo la eliminación de los peajes de la B-30 primero y la ampliación de carriles después ha coincidido con el despegue de todo tipo de construcciones a lo largo del corredor del Vallès que habían estado largos años aletargadas. Toda la polémica sobre los peajes y sobre el cuarto cinturón tiene unas derivadas poliédricas.

Creo que leí que había una encuesta que decía que los habitantes de Sant Cugat estaban encantados con que llegase Ikea. Sí, me contesta, pero la pagaron los suecos. Mal asunto, pienso, cuando una empresa tiene que recurrir a estas argucias. Por fin, me atrevo a preguntar si las tiendas de muebles de Sant Cugat no se quejan. Qué va, responde. Primero, que como Ikea estará más cerca del núcleo de Rubí que del de Sant Cugat, son los de Rubí los que están más preocupados. Segundo, continúa, la mayoría de las tiendas de muebles de Sant Cugat se mueven en otra categoría de compradores. Y tercero, parece que a los del gremio ya les está bien la limpieza de la oferta más marginal que hace Ikea, que coincide con los establecimientos que no están asociados.

Cuando mi amiga llega a este punto, le hago comprender que ha cerrado el círculo. Pretender vivir a quince kilómetros de Barcelona con la tranquilidad de quien lo hace a 200 se está convirtiendo en una quimera. Es cierto, me contesta mi amiga, me estoy mirando unos terrenos en el Baix Ebre y a la más mínima me voy para allá y me apunto al teletrabajo.