EL FIN DE UN DICTADOR
En un comunicado emitido tras la ejecución de Sadam Husein, el presidente Bush hizo saber que el hecho de llevar a Sadam ante los tribunales constituía un "hito importante" en la evolución de Iraq para convertirse en una democracia y en aliado en la guerra contra el terrorismo. Sin embargo, en vista de que los ataques en ese país van en aumento y de que el número de militares estadounidenses fallecidos pasa ya de los tres mil, debemos preguntarnos si no se tratará de otra maniobra de Bush para que no veamos la verdad. Es decir, que la ejecución de Sadam resulta sumamente peligrosa y no es más que un revés para la unidad de Iraq.
En lugar de cortar por lo sano y dejar atrás el pasado sangriento, los actuales líderes iraquíes se dejan cegar por las lealtades sectarias y un deseo primitivo de eliminar a sus antiguos torturadores. No han aprendido las lecciones que les enseña el trágico pasado del país, donde, después de la celebración de juicios manifiestamente irregulares, los gobernantes ejecutores alimentaron el espíritu de venganza, engendrando así más violencia.
Desde que en 1958 el ejército derrocó el régimen monárquico, Iraq ha establecido un récord mundial en el asesinato de sus hombres poderosos. Sadam y sus esbirros perfeccionaron esta práctica criminal.
La historia moderna de Iraq está empapada en sangre y ha atormentado al país y a sus gentes, causando una división entre sus comunidades étnicas y religiosas. La estabilidad política sólo se consiguió tras un coste moral y humano exorbitante.
Se esperaba que el nuevo Iraq iba a construirse sobre unos cimientos más humanos y democráticos que el antiguo. Sin embargo, como hemos visto en el caso de otras anteriores decisiones cruciales, los gobernantes iraquíes y la Administración Bush hacen caso omiso de las repercusiones legales, morales y políticas más amplias derivadas de la ejecución de Sadam Husein.
Según todas las normas, la condena a muerte de Sadam es considerada ilegítima por muchos, del mismo modo que su juicio no fue ni imparcial ni justo. En el año 2003, después de ser capturado por las tropas estadounidenses en un escondite subterráneo, los gobernantes iraquíes manifestaron que lo querían ver muerto cuanto antes mejor. Pidieron su pellejo a gritos, pese a que las organizaciones de derechos humanos ponían en duda la credibilidad del proceso judicial. Los asesores de Bush colmaron de elogios el juicio y su desenlace.
Resulta irónico pensar que Sadam ya estaba políticamente muerto y que su amargo legado había caído en el más completo descrédito. Pero ahora, su ahorcamiento, unido a su desafío, lo han convertido en un mártir para los musulmanes suníes de todo el mundo; las principales autoridades religiosas manifiestan que Sadam fue un luchador por la libertad y que defendió a su país de la ocupación de Estados Unidos.
Sadam debe de estar riéndose en la tumba, transformado póstumamente en un héroe de guerra y en símbolo de la resistencia gracias a los errores garrafales de la Administración Bush y del gobierno chií.
La muerte en la horca de Sadam Husein, que se produjo el día de la fiesta de Id al Adha (la fiesta del Sacrificio, una de las dos más importantes para los creyentes musulmanes), contribuyó a que la opinión de los suníes se volviera en contra de Estados Unidos. Prohibida por el islam, la ejecución se ve como un insulto, como una humillación infligida en uno de sus días más sagrados.
Aunque los funcionarios de Bush trataron de no llamar la atención diciendo que la ejecución era una operación iraquí, en la zona central suní casi nadie lo acepta. Existe la creencia popular de que la Administración Bush orquestó la muerte de Sadam. "¿Quién capturó a Sadam? ¿Quién legitimó su juicio plagado de irregularidades? ¿Quién entregó a Sadam a sus verdugos iraquíes?", son algunas de las preguntas que se escuchan en las calles árabes, seguidas de la conclusión: "Estados Unidos se arrepentirá de haber entregado a Sadam a sus verdugos chiíes". Al final, la venganza tribal se impuso al imperio de la ley, la humanidad y la tolerancia.
En la banda sonora del nuevo vídeo de la ejecución de Sadam, que la cadena de televisión Al Yazira transmitió por satélite en todos los países árabes, se oye a sus guardias provocándolo, mientras que él, desde la horca, da la impresión de sonreírles. Consumada la ejecución, algunos testigos, incluido el verdugo, fueron incapaces de contenerse y lo celebraron bailando alrededor del cuerpo de Sadam.
Para justificar el comportamiento vengativo de funcionarios y testigos, Muafak al Rubaie, asesor nacional de seguridad iraquí, comentó que "se trata de una reacción natural", porque habían sufrido bajo el gobierno de Sadam. El nuevo Iraq se parece al de Sadam.
Llegan gritos de venganza desde todos los rincones del país y del mundo árabe dominado por los suníes. Una guerra civil más amplia entre las comunidades suní y chií va tomando impulso.
La reconstrucción de una sociedad rota requiere sabiduría, perdón y la voluntad de incluir a todos, cualidades que escasean tanto en la zona verde de Bagdad como en la Casa Blanca de Bush. Una sarta de errores estratégicos - la disolución del ejército iraquí, la exclusión de baasistas del gobierno, el permitir que las milicias chiíes se infiltraran en las fuerzas de seguridad y ahora la ejecución de Sadam en la horca- ha provocado una fractura entre las comunidades y los grupos étnicos de Iraq.
Los iraquíes deben reflexionar profundamente sobre el futuro de su país. ¿Vencerán las amargas herencias de sus dictadores? ¿Antepondrán el interés nacional a sus estrechos intereses sectarios? ¿Se unirán y dirán adiós a los ocupantes extranjeros y a los entrometidos? Los gobernantes iraquíes deben tomar medidas urgentes para restañar las heridas e iniciar el proceso de reconciliación antes de que sea demasiado tarde. Si continúan por su camino de destrucción, el nuevo Iraq puede llegar a adquirir un aspecto mucho peor que bajo Sadam.
F. A. GERGES , titular de la cátedra Christian A. Johnson de Asuntos Internacionales y de Oriente Medio, Universidad Sarah Lawrence Nueva York. Autor de ´Journey of the jihadist: inside muslim militancy´. Traducción: Celia Filipetto.

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