LOS DÍAS VENCIDOS
Hace unos cuantos siglos un biólogo llamado Parmentier trajo a Europa un curioso y feo tubérculo procedente de las colonias americanas. Se trataba de la patata. La patata tuvo un desembarco difícil en Europa. Por lo visto, el clero consideraba que, en tanto que alimento del suelo, era patrimonio de la despensa del diablo. Cuentan los cronistas de la época --y si no es cierto, es una buena explicación-- que el taimado Parmentier, convencido de la eficacia nutricional de la patata para dietas precarias, decidió extender su cultivo por los campos europeos. Y para vencer la resistencia mística de los campesinos reclamó del Rey la complicidad de un curioso ardid: plantó los tubérculos en campos apropiados, los rodeó de una sucinta cerca y los hizo proteger por los soldados de la guardia real. Los campesinos, con su sabiduría ancestral, consideraron que un campo protegido por la milicia debía de contener algo muy valioso. Parmentier dio las órdenes de que los guardias vigilaran los campos sembrados de patatas solo de día. De noche, la guarnición abandonaba su vigilancia y dejaba los cultivos desprotegidos. Convencidos de la importancia de aquellas hojas y aquellos tubérculos que merecían la vigilancia armada, los campesinos forzaban cada noche las cercas y se llevaban a sus campos la hortaliza prohibida. Así, violando la ley, fue como la patata se erigió en un elemento de la subsistencia de los europeos. Tanto es así que en el siglo XIX la epidemia del mildiu dejó a Irlanda sin su cosecha de patatas y provocó la hambruna y la emigración de los irlandeses hacia el nuevo mundo, donde crecieron los Kennedy y los Clinton.
Hoy la patata vuelve a estar de actualidad. La humilde y fea patata ha experimentado un 21% de aumento en su precio de mercado. Esa dichosa patata ha alterado el índice de la inflación, y no sabemos todavía los motivos de la especulación patatera. Por el contrario, la anchoa, un pez que ha merecido la atención de la Unión Europea y que ha llevado a una dolorosa moratoria de pesca, ha sufrido un descenso del 7%. La patata, por primera vez en su historia, se convierte en un manjar carísimo. Y, teniendo en cuenta el incremento del aceite de oliva, podemos decir que lo más lujoso de estas fiestas no ha sido ni el jabugo ni el caviar, sino un suculento plato de patatas fritas en aceite de oliva. A veces la economía nos ayuda a reconocer que el placer no puede defenderse con unos cuantos soldados, sino con un poco de sal, unos decilitros de aceite y esa pizca de inflación que acaba de convertir a Parmentier en un héroe precursor de nuestro tiempo.
Milagro
Ayer cayeron enormes de bloques de piedra de Montserrat y cegaron una carretera y un cremallera. Montserrat es una montaña viva. Como las serpientes, cambia de piel y de perfil. Los ángeles de la geología la esculpieron hace años, y continúan con su trabajo. Lo de la carretera y el cremallera es el punto de orgullo de los hombres, y el desprendimiento ha recordado quién estaba antes. Si esa montaña mágica tiene algo de sobrenatural, no hay nada más milagroso que esa naturaleza que no nos daña. Un monte que cambia de perfil es una metáfora del país al que encarna. Caen piedras, aparecen otras. Somos duros pero mudables. Hacemos cosquillas a las paredes, pero a veces las paredes deciden ser polvo. Moriremos algún día, tal vez muy pronto. Y las piedras redondas de Montserrat se convertirán de nuevo en un mar de arena.

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