SIETE EPISODIOS DEL GIJÓN FLORECIENTE

VII.- EL BORRON

Consistorio. Puerto. Gijón. Escenarios de veinte años de discordias, que van agotándose. En 1.892, la subasta de las Obras del Musel, rematada en algo más de diez millones de pesetas por D. Lázaro Ballesteros, marcó un punto sin retorno en la cuestión del puerto, que se solemnizó con procesión cívica y Te-Deum; cuatro meses después, se inauguraban en acta de papel, en nombre de la reina regente y del rey niño, las no comenzadas obras del puerto exterior, con firma de autoridades, obispo y del ministro de Fomento don Aureliano Linares Rivas, a quien el consistorio regaló, además de la calle del Rastro a la que puso su nombre, que aún conserva, la pluma de oro con que se “firmó” la inauguración, cuyo paradero se desconoce... El banquete de rúbrica, ¡de 300 cubiertos!, subió a más de 7.000 pesetas.

En el año 1.893, casi sin iniciarse las obras, cae sobre el consistorio pleno el “Borrón” de su “supresión” por graves irregularidades administrativas. De Incapacidad, ilegalidad, corrupción, la acusaba, una y otra vez, el batallador don Vicente Jove y Hevia.

Todo ocurría cuando en el Gijón floreciente había una sola parroquia y durante el tiempo en que el carlistón D. José Frade y Sierra, era el “cura propio” de esta villa y “única feligresía de San Pedro Apóstol”. Dignidad y estipendio que conservó hasta su defunción y entierro en setiembre de 1.892.

Menos perdurables, gracias sean dadas a Dios, fueron los señores alcaldes y concejales que presidieron y compusieron, “sin estipendio”, aunque algunos con no poco provecho, el consistorio en aquellos años de tribulación cívico-portuaria.

De la alcaldía de don José Domínguez Gil, a la de don Juan Alvargonzalez, transcurrieron más doce años de corporaciones apagadoristas, presididas sucesivamente por Jacinto Diaz, Oscar Olavaria, Manuel Prendes, Anselmo Palacio, Casimiro Domínguez Gil; de la de don Alejandro Alvargonzalez a la suprimida de don Faustino del mismo apellido, siete años para tres corporaciones muselistas; entre los dos Alvargonzalez, presidió el consistorio, con el mismo desparpajo con que presidía, ¡Señor! sin sombrero de copa las corridas de toros del mes de agosto, el boticario de la calle San Antonio, y miembro de la Sociedad de Fomento, don Antonino Rodríguez San Pedro...

Los de la facción y fe “muselita” acusaban a las corporaciones de observancia “apagadorista” de haber despilfarrado el dinero del pueblo y dejado un déficit en las arcas del Ayuntamiento de 80.000 duros, ¡cuatrocientas mil pesetas!. “Mal gastadas”, acusaban, en “comilonas y francachelas” en fincas de Somió..., como si ahora, las gaviotas pardo-alpinas imputaran a Doña Dulce, la edil Gallego-asturiana, de consumir el presupuesto de su Medio Ambiente en merendolas veraniegas por los umbríos de “La Isla”.

Reducidos a la oposición, los “apagadoritas” acusaron a los del septenio de haber producido la ruina de la villa, con la carga de un empréstito, ¡horror de los horrores!, de diez millones de reales... “mal gastados” en la traída de las aguas de Llantones, sin que hubieran alcanzado para construir el cuartel, la cárcel, ni el muro de San Lorenzo..., que se fue buena parte por el desagüe de los sueldos “regalados” a amigos, o en el contrato, “a lo grande”, de la Sociedad en la que varios concejales tenían “a riesgo” capitales que no querían perder; amén de los derroches en fiestas, cohetes, Te-Deums y banquetes con que la Corporación rubricaba cada uno de los mil telegramas que anunciaba decretos de concesión u obras en el Musel, y de los tiros y carruajes de lujo...

Las cosas llegaron a tal punto de enfado entre las dos facciones, que a las sesiones municipales acudía medio Gijón por disfrutar de los enfrentamientos dialécticos entre D. Victorino Alvargonzalez, dueño de la mayoría, y D. Vicente Jove, voz implacable de la minoría apagadorista. A primeros de diciembre de 1.892, los concejales de la minoría, Aquilino Cuesta, Claudio Alvarez y Lucio Moreno, -don Vicente no pudo firmar por enfermedad-, presentaron escrito al señor Gobernador Civil denunciando la incompatibilidad de varios compañeros de Corporación, Félix Costales, Juan Pantiga, Alfredo Corzo, Victoriano, Wenceslao y Faustino Alvargonzalez por ser socios, consejeros, director facultativo y presidente, respectivamente, de la Sociedad Electricista con la que el Ayuntamiento, con el voto y participación de este señores, había suscrito acuerdos muy favorables para ella...

No habían pasado veinte días, cuando los vecinos de Gijón don José Molleda y don Eugenio (o Eusebio) Cabeza, formularon también cargos contra los ediles “muselistas” ante el señor Gobernador Civil, señalando además de la incompatibilidad de los “electricistas”, la inobservancia de formalidades legales, “de precepto”, en la administración y manejo del “empréstito”, y en la compra y venta de bienes y servicios..., carruajes de lujo, caballos de alzada y piensos de calidad para su alimento...

Extremóse la diligencia de la autoridad competente, don Francisco Moreno Rivas era a la sazón, Gobernador Civil, ordenándose la inmediata inspección en libros, cuadras y graneros municipales. En el mes de marzo de 1.893 ya era vox populi, y se dijo, incluso en sesión municipal, la próxima “suspensión” de aquel Ayuntamiento. Y no faltaba razón al pueblo. Que el día 21 de junio se convocó a la Corporación de forma extraordinaria, bajo la presidencia del delegado del señor Gobernador, don Fermín Rodríguez Fernández, para despachar el trámite de ser escuchados los señores concejales sobre los cargos que figuraban en el expediente instruido a consecuencia de las denuncias formuladas. Gran expectación. Lleno completo. Dimes. Diretes. Disputas. Disgustos. Enfrentamientos. Triduos y rosarios.

En el expediente quedó acreditada, y no desmentida por los descargos que por escrito formuló el Alcalde por todos, la existencia de carruajes y caballerías, sin fecha de compra, de cuantiosos gastos, más de once mil pesetas en un solo año, para sus “raciones”; de la constitución de la sociedad Electricista por don José Cienfuegos Jovellanos, Faustino, Victorino y Wenceslao Alvargonzalez, Félix Costales, Demetrio González Castrillón, Juan Pantiga, José Ocano, Jacinto Pérez, Claudio Menéndez Baizán y José García, todos en la actualidad concejales del Ayuntamiento...

A la vista de tanta irregularidad, el 28 de junio, -víspera de la festividad de San Pedro, música, iluminación y paseo-, se convocó nueva sesión extraordinaria, bajo la presidencia del mismo Delegado, para dar cuenta de la Resolución del Señor Gobernador, en la que “consideraba los señores concejales responsables de haber ejecutado obras y compra de materiales sin la consiguiente subasta; de haber pagado varias sumas sin los justificantes de su inversión; de haber satisfecho intereses de demora que no debían figurar, pues debían existir fondos (del empréstito) para las obras; la falta de verificar la amortización de obligaciones según se establecía en las condiciones del empréstito; y en uso de las atribuciones que me confiere la Ley, -terminaba el señor Gobernador- he acordado la supresión (no física, sino sólo administrativa) de los dichos concejales”... Nombrando en su reemplazo, con arreglo a la Ley, entre otros, a los señores, don Segundo Moran, Fabriciano Díaz Cifuentes, Victoriano García de la Cruz, José Palacios, Julián Cifuentes, Elías Díaz Cifuentes, Juan Alvarez Tejera, Juan Alvargonzalez y Sánchez, José Domínguez Gil, Anselmo Palacios, Domingo Crossa, Joaquín Menchaca, Francisco Roces, Gerardo Uría, Antonio Rollan, Buenaventura Barbachano, Vicente Pérez Valdés, Eduardo M. Marina, Jacobo Olañeta y Juan de Jove y Hevia, propietarios, comerciantes, navieros... Escándalo mayúsculo. Pitos. Voces. Aplausos. En la plaza Mayor, el acabóse.

Una corporación provisional enteramente “apagadorista” iniciaba la transición a la paz social y portuaria, y para comenzar el camino acordaba, inmediatamente, sacar a subasta caballos y carruajes; dejaba sin efecto los contratos con “La Electricista”; y el nuevo Alcalde don Eduardo Martínez Marina, por el buen nombre de la villa, adelantaba siete mil duros de su bolsillo para evitar el embargo del Ayuntamiento por deudas a la Hacienda...

Y Gijón, siguió y siguió floreciendo en su comercio, industria y navegación. Y se instaló la luz, tres puntos, en el Natahoyo, acordada años antes... Los obreros, por fin, podían ver sus fábricas y talleres... que entraban en el trabajo de noche y de noche lo dejaban...