EL RUNRÚN
El viernes, Alberto Fernández Díaz -presidente del grupo del PP en el Ayuntamiento de Barcelona- decidió que valía la pena ser más "socialmente responsable" que "políticamente correcto" y propuso prohibir el uso de la burka en la vía pública. Como era previsible, sus rivales en el Consistorio se han opuesto y han dicho que la propuesta es frívola, desacertada o inconsistente; o las tres cosas a la vez. Fernández Díaz explica que se trata de una cuestión de dignidad de la mujer, y que en las calles del Raval el proceso de integración retrocede: hay ahora muchos más velos y burkas que años atrás. (Y más retrocederá cuantos más imanes vayan llegando, para controlar la vida de sus rebaños).
Hay en las declaraciones de Fernández Díaz tres puntos interesantes. El primero: cuando dice que en países como Holanda o el Reino Unido ese debate ya está "encima de la mesa". El segundo: cuando señala la incongruencia entre la nueva regulación de las estatuas vivientes de la Rambla - que no pueden llevar máscaras- y la libertad de ir con burka por la calle. (Una persona ¿no puede cubrirse la cara con burka si hace de estatua viviente en la Rambla y en cambio puede llevarla de paseo por esa misma calle?). El tercero: cuando se pregunta qué pasaría si, en el futuro, la policía tuviera que buscar a una mujer con burka por las calles de Ciutat Vella y se encontrara con centenares de mujeres vestidas de esa guisa.
Cuando leí esos argumentos en el diario del sábado, recordé un breve que había visto el día anterior. Recapitulé: Fernández Díaz hizo esa propuesta el viernes. Pues, justo el jueves, la agencia Reuters dio la noticia de que - desde anteayer, 1 de enero- los joyeros de la ciudad india de Pune (en el estado de Maharashtra) prohíben la entrada a sus establecimientos "de mujeres vestidas con burka o con velos que oculten la cara". Los comerciantes dicen que están hartos de que les roben. En algunos casos "las cámaras de seguridad han detectado a mujeres vestidas con burka que hurtaban adornos de oro". El presidente de la Asociación de Joyeros de Maharashtra explicaba las dificultades de identificación que presenta la prenda: "La policía no pudo encontrar ninguna pista de los rasgos de las mujeres porque llevaban las caras cubiertas". (Los musulmanes de la ciudad han reaccionado de dos formas. Unos dicen que si una musulmana quiere ir a comprar en burka tiene derecho a hacerlo, y que "el siguiente paso será prohibir la entrada a los sijs que lleven turbante, porque dentro podrían llevar una pistola". Otros - el Consejo de Clérigos Islámicos, por ejemplo- dicen que los joyeros tienen razón y que es lógico que defiendan su negocio).
Fernández Díaz pone a Holanda y al Reino Unido como ejemplos de países en los que esa cuestión ya está en la mesa, pero, como se ve, está en las mesas del mundo entero. ¡Lo que hubiese dado yo por una burka cuando, de niño, robaba tebeos en la papelería de la calle Tenor Masini! Y, por cierto (viendo que de la burka se va a hablar bastante en los próximos años), igual que ponemos póquer y quiosco donde antes poníamos póker y kiosko,¿no sería hora, Magí Camps, de poder empezar a escribirla con c:burca?Así, de paso, las okupas que la llevasen - en moda, todo se andará- podrían escribirla con k sin el enojo de no distinguirse de la plebe.

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