Iba a desearles un feliz año nuevo, pero ¿tiene sentido hacerlo? Para un inmenso y creciente número de personas de todo el mundo, el 1 de enero no ha marcado el inicio del nuevo año.
Por lo que respecta a los 1.300 millones de musulmanes, el Año Nuevo es el primer día de muharram, el primer mes del calendario lunar que comienza a contar desde la Hégira, la huida de Mahoma de La Meca a Medina. El año 1428 no empezará hasta el 20 de enero.
Ypor lo que respecta a los 1.300 millones de chinos (la cifra es superior si contamos a muchos chinos que viven fuera de la República Popular), el Año Nuevo suele coincidir con el día de la segunda luna nueva tras el solsticio de invierno. El año del Perro no dará paso al año del Cerdo hasta el 18 de febrero.
De modo que al menos el 40 por ciento de la población mundial no habrá celebrado las campanadas del año que empieza, como es tradicional en los países de habla inglesa, entonando la canción Auld Lang Syne. En realidad, sólo una minúscula y decreciente minoría de los habitantes del planeta conoce el significado de estas palabras de la canción de Robert Burns, puesto que está escrita en escocés antiguo. En inglés actual, la expresión equivale literalmente a old long since (mucho tiempo atrás) y podría traducirse por "los viejos tiempos", puesto que el objeto de la canción es (como dice el estribillo) "tomar una copa de amabilidad" (es decir, consumir otra bebida alcohólica) "por los viejos tiempos".
No deja de ser irónico que esa canción escocesa se cante sobre todo en los países de habla inglesa, en el ámbito que el escritor estadounidense James C. Bennett ha llamado la "anglosfera". Vale la pena detenernos en este concepto ahora que nace el nuevo año. Bennett lo define como una "civilización reticular" cuyos "nodos más densos" son Estados Unidos y el Reino Unido, pero que también se extiende a "las regiones anglófonas de Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Irlanda y Sudáfrica". También incluye, como miembros honorarios, a las poblaciones anglohablantes cultas del Caribe, Oceanía, África e India.
En cambio, el historiador Andrew Roberts sólo considera a Australia, Canadá, Nueva Zelanda, el Reino Unido y Estados Unidos los auténticos hogares de los "pueblos anglohablantes" (en su nuevo libro A history of the English-speaking peoples since 1900); arroja a Irlanda a las tinieblas exteriores por su neutralidad en la Segunda Guerra Mundial y hace caso omiso olímpicamente de los demás.
Estoy de acuerdo en que una definición demasiado amplia resulta inútil. Al menos 472 millones de personas hablan inglés como lengua materna y más de un tercio del planeta como segunda lengua, pero sólo una minoría comparte lo que Winston Churchill definió como el patrimonio común de los pueblos anglófonos: "El derecho, la lengua, la literatura..., concepciones comunes acerca de lo correcto y lo decente, una gran consideración por el juego limpio, en especial, en relación con los débiles y los pobres, una severa estima por la justicia imparcial y, por encima de todo, un amor a la libertad personal".
La definición de Roberts, en cambio, parece demasiado restringida. Se equivoca sin duda, por ejemplo, al omitir a los irlandeses. Es cierto que obligan a sus hijos a aprender gaélico en la escuela, pero según mi experiencia no hablan esa lengua muerta fuera de las aulas más de lo que mis hijos hablan latín. Si se propone uno descalificar a los irlandeses (meridionales) por rebelarse contra el imperio británico, también habría que descalificar a los habitantes de Nueva Inglaterra, en Estados Unidos.
Quizá sea más correcto hablar de anglodiáspora más que de anglosfera. Al fin y al cabo, tras más de tres siglos de comercio, conquista, migraciones y evangelización, son pocas las regiones del planeta que los habitantes de las islas británicas han dejado sin tocar. Incluso es posible encontrar rastros dispersos de lo que llamo "anglobalización": desde Buenos Aires hasta las Bermudas, desde Calcuta hasta Ciudad del Cabo, desde Kingston hasta Hong Kong. Seguro que en todos esos lugares y en muchos más hubo gente que cantó Auld Lang Syne en Nochevieja.
La clave reside en la cuarta estrofa de Burns: "But seas between us braid hae roar´d / Sin´auld lang syne", "Anchos mares han rugido entre nosotros / desde los viejos tiempos". Eso da un sabor auténtico a nuestra historia, cuando los británicos éramos una hermandad dispersa separada por los crueles océanos.
Sin embargo, la esencia es que esos días gloriosos de la anglodiáspora se encuentran precisamente en "los viejos tiempos". Sería alentador creer, con Bennett y Roberts, que sigue habiendo un futuro para su característica cultura (en tanto que algo opuesto a su lengua, tan conveniente). El caso es que mis dudas al respecto volvieron a renacer hace dos semanas, con ocasión de una fugaz visita a Marruecos.
La última vez que había estado en Marrakech, en 1982, la medina de muros rosados parecía surgir del desierto como un espejismo, y la ciudad nueva colonial parecía igual de pintoresca. Sin embargo, desde entonces, el lugar ha crecido de forma vertiginosa y se ha extendido con nuevos barrios llenos de hormigón. La población de Marruecos ha aumentado un 50 por ciento desde el año 1982. Sin embargo, da la impresión de que Marrakech se ha multiplicado por cinco.
La demografía no siempre es el destino. Sin embargo, para los pueblos de habla inglesa, parece como si fuera el fin. En su cenit, en la década de 1950, utilizando incluso la definición restringida de Roberts, representaban el nueve por ciento de la humanidad. Hoy ese porcentaje ronda el 6,5 por ciento. En el 2050, si atendemos a las proyecciones demográficas de las Naciones Unidas, se habrá reducido al 5,8 por ciento.
Además, esos cálculos dejan de lado los enormes efectos de la emigración - por no hablar del mestizaje y la transformación de las identidades- sobre el Reino Unido y sus antiguas colonias. Si la emigración se mantiene en sus niveles actuales, según una estimación reciente realizada por demógrafos de Oxford, el porcentaje de inmigrantes y de personas nacidas en el extranjero de la población del Reino Unido crecerá del 10 por ciento actual a más del 20 por ciento en el 2050. En términos de autoidentificación étnica, la parte de británicos blancos de la población de Inglaterra y Gales ya se ha reducido al 87,5 por ciento.
Los datos de la Oficina del Censo estadounidense no permiten saber cuántos residentes en el país son de ascendencia británica. Lo que sabemos es que en el 2050 la proporción de blancos no hispanos habrá descendido probablemente del 70 al 50 por ciento. Los wasps (protestantes anglosajones blancos) corren el riesgo de convertirse en una especie en vías de extinción.
En 1947 casi el 90 por ciento de la población de Australia se identificaba como anglocelta (de origen inglés, irlandés y escocés). Hoy ese porcentaje es del 70 por ciento y en el 2025, según un demógrafo, podría llegar a reducirse al 62 por ciento. Y los australianos asiáticos superarán a los australianos irlandeses. La historia es similar en Nueva Zelanda, donde se prevé que los europeos desciendan del actual 79 por ciento de la población al 72 por ciento en el 2016. Se prevé una duplicación de la población asiática. En el 2016 un tercio de la población de Auckland será asiática.
El bilingüe Canadá siempre ha sido un miembro problemático de la anglosfera, puesto que (según las estadísticas oficiales) las personas con un origen parcial o total británico o irlandés representan sólo un 28 por ciento de la población; los francocanadienses representan un 23 por ciento, y otros grupos europeos, un 15 por ciento. Sin embargo, la identidad canadiense de ascendencia europea también está cambiando a toda prisa como consecuencia de la inmigración. En la actualidad, un 13 por ciento de la población de Canadá se identifica como perteneciente a un "grupo minoritario visible" (oficialmente definido como "personas no aborígenes de raza no caucasiana y no blancas"). En el 2017, se prevé que ese porcentaje se sitúe entre el 19 y el 23 por ciento, con los asiáticos, los coreanos y los árabes como grupos de mayor crecimiento.
Para algunos esta realidad resulta difícil de digerir, del mismo modo que sienten nostalgia por los días en que los anglohablantes gobernaban el mundo. Lo cierto es que el estudio de la historia me ha convertido en un fatalista. La anglosfera y la anglodiáspora me recuerdan las ruinas de Nínive y Tiro: piezas en el gran museo de los imperios desaparecidos.
Así que con ese solemne espíritu entoné mi canto en Nochevieja. Sí, bebamos una copa "por los viejos tiempos". Porque tenemos los mejores años a nuestra espalda.
NIALL FERGUSON, titular de la cátedra Laurence A. Tisch de Historia en la Universidad de Harvard. © Niall Ferguson Traducción: Juan Gabriel López Guix.

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