Un nuevo año difícil y duro, de Manuel Martín Ferrand en Estrella Digital
Ayer, día uno de enero de 2007, se cumplieron los primeros cinco años desde que el euro se vino a vivir a nuestros bolsillos. Es algo que ha modificado nuestras costumbres, que nos ha convertido –¡por fin!– en ciudadanos europeos y que, del mismo modo que ha resultado benéfico en el mundo de las empresas y los negocios, ha servido para rebajar en algún grado nuestra capacidad adquisitiva. En el mejor de los casos, lo que hace un lustro eran 'veinte duros' –cien pesetas– es hoy, a los efectos prácticos, un solo euro. Se han evaporado en el tránsito sesenta y seis pelas. Se nota al tomar un café en la barra del más modesto de los bares del barrio. Váyase la carestía que el euro genera en el pequeño consumo por la estabilidad que aporta a nuestras grandes cuentas nacionales –nacionales de España, por supuesto–.
Arranco mi primer artículo de este nuevo año, que deseo muy feliz a quienes quieran leerlo, con este apunte dinerario para que no se me advierta el pesimismo. La economía, a pesar de la escasa finura con la que el Gobierno se acerca a ella, aguanta. Mantiene la fuerza del ciclo que, felizmente, ha superado las tormentas de hace poco más de una docena de años. Pero que nadie se llame a engaño. Ese, el económico, es el único augurio moderadamente favorable que permite el análisis prospectivo de 2007.
En el orden político estamos mal y vamos a peor. El atentado terrorista con el que ETA despidió a 2006 marca un punto de inflexión que, además de dejar en pelota viva a José Luis Rodríguez Zapatero, pone en evidencia las carencias de contenido y programa que definen al tan paritario como inútil equipo gubernamental. Zapatero sacó los pies del plato –la política del Parlamento– para convertirse en el “gran pacificador”, en el político capaz de conseguir frente a ETA lo que no habían podido alcanzar ninguno de sus predecesores democráticos. Ahí está el resultado. Dicho con precisión de lenguaje, la contumacia le ha colocado al presidente del Gobierno sobre un inmenso y ridículo pedestal. Es el hombre que ríe. ¿De qué?.
El tiempo nos va demostrando que a Zapatero le cogió por sorpresa la llegada a La Moncloa. Tuvo que improvisar un contenido para rellenar su sobrevenida púrpura y centró su trabajo de política interior –de la exterior más vale no hablar– en retribuir a Pasqual Maragall y a sus socios en el primero de los tripartitos de Cataluña con un nou Estatut que, recién estrenado, ya demuestra su malignidad y que ha precipitado una carrera que, al grito de “yo como los catalanes”, empuja a todos los presidentes de las Autonomías. Al mismo tiempo comenzó, con escaso respeto a las formas democráticas y con la temeraria marginación del otro gran partido nacional, el PP, una negociación con ETA que, por el precio de "un alto el fuego", ha concluido de modo dramático después de permitirle a la banda terrorista un tiempo para su reorganización y rearme.
El daño está hecho. Estamos en vísperas de unas elecciones autonómicas y municipales con media legislatura por delante. No cabe esperar de Zapatero, incapaz para cualquier gesto autocrítico y, menos aún, para cualquier planteamiento de grandeza, un adelantamiento de las elecciones generales; pero ese sería el único zurcido capaz de remendar el roto que la política socialista y la respuesta terrorista han abierto en la vida española.
Zapatero, sin equipo y sin ideas, está condenado a ser un fantasma en la oscuridad de la política más ramplona. De hecho no le queda más contenido que el de la “memoria histórica” con el que ya ha conseguido despertar muchos de los odios que el tiempo y el sentido común, trabajando de consuno, habían conseguido desterrar del horizonte de nuestra convivencia.
El año, ya digo –con palabras de Zapatero–, será duro y difícil. No será largo porque los años están tasados en su tiempo, pero se nos hará insufrible. Ni la oposición, que ha actuado cabalmente frente a los últimos acontecimientos, sirve para la esperanza porque junto a un líder perezoso se juntan unos cuadros llenos de complejos e hipotecados en pactos y asuntos menores.
En cualquier caso, como decía Thomas Jefferson, mejor son los ensueños del futuro que las historias del pasado.
