El papel de Irán e Israel en la zona centrará la diplomacia de los próximos 12 meses.
Es arriesgado vaticinar el futuro, sobre todo en el terreno político, donde lo imprevisible suele ser posible. Más vale intentar reflexionar sobre las tendencias profundas que cultivan las relaciones internacionales y, desde ahí, volver a la realidad de la coyuntura. El año 2007 no cambiará nada en las tensiones estructurales que pesan sobre el sistema mundial: la primera variable, la del dólar como moneda de intercambio, seguirá dominando sin concesiones. Este privilegio del dólar bloquea la economía mundial; constituye la mayor presión de la globalización y posibilita, al mismo tiempo, la dominación brutal de EEUU y la anarquía del sistema comercial internacional, convirtiendo a las principales instituciones internacionales (OMC, FMI, Banco Mundial) no en estructuras de regulación de la economía (que debería ser su cometido), sino en oficinas de gestión caótica de la competencia planetaria.
El crecimiento chino
Otra variable que no cambiará: las inversiones productivas seguirán recayendo en intrazonas, es decir, esencialmente en los países ricos (Europa, EEUU, Canadá, Japón), lo que no favorecerá en modo alguno el desarrollo de los países pobres. En cuanto al mercado chino, seguirá siendo de difícil acceso para los productos europeos e incluso norteamericanos, mientras que su crecimiento seguirá en torno al 8% o el 10%, y, muy probablemente, las autoridades de Pekín incrementarán sus adquisiciones de bonos del Tesoro de EEUU.
Las migraciones se desarrollarán todavía más, sobre todo las procedentes de los países del Este, del Africa subsahariana y de Asia, en Europa; y de América Latina, en EEUU.
En suma, persistirán las tensiones actuales del sistema internacional; salvo, claro está, si una guerra o una grave crisis del euro no perturba el juego de los mecanismos del liberalismo imperial en vigor.
En cambio, la situación es más fluida, más incierta, en lo que se refiere a la coyuntura mundial, que se caracteriza por conflictos abiertos, militares o políticos, a partir de los cuales se puede perfilar la lógica probable para el año 2007.
El conflicto más dramático es el de Oriente Próximo, abierto por la invasión estadounidense de Irak. Washington ha destruido el país sin tener en cuenta el derecho internacional; y, como consecuencia de ello, se ha desencadenado una terrible guerra civil, atizada por los norteamericanos y que ya ha causado centenares de miles de muertos. Está claro que EEUU ha perdido la guerra sobre el terreno. De hecho, ya la perdieron las primera semanas de la invasión, pues los iraquís no les acogieron como salvadores y no han hecho nada para ayudarles.
Precisamente por eso, EEUU decidió provocar la guerra civil, atizando los conflictos entre las diferentes comunidades confesionales. La guerra civil así provocada va a proseguir, hasta la sumisión probable de la comunidad suní bajo la férula sangrienta de los shiís.
En el fondo, todo ello no hará más que crear las condiciones de un conflicto sin fin que beneficiará a Irán. Y esta es la principal paradoja de la situación: EEUU ha hecho todo lo posible para que Irán se convierta en la principal potencia de la región y la que reparta el juego en Irak. Hoy quieren retirarse, pero no está claro cómo pueden hacerlo sin dejar vía libre a una fragmentación de Irak (algo que no desean ni los vecinos árabes, ni los turcos) o bien una especie de libanización, que daría más espacio a los islamistas radicales.
El conflicto abierto en torno al asunto nuclear iraní no puede tener solución diplomática contraria al deseo legítimo de los iranís de dotarse de los instrumentos de tecnología atómica que necesitan para el desarrollo de su país. La opción nuclear militar no está en el orden del día de los iranís, aunque no lo excluyan de sus cálculos estratégicos, pues están rodeados de países que ya tienen la bomba: Pakistán, la India, Rusia, China, Israel y, en su frontera, EEUU, que ocupa Irak.
Difícil opción militar
Es igualmente difícil pensar en una opción militar: una intervención armada de EEUU provocaría una guerra regional de consecuencias incalculables, tanto para Israel como para Arabia Saudí. En cuanto a los israelís, no pueden hacer nada sin la autorización y la ayuda de EEUU.
Asistiremos, pues, a la continuación del pulso entablado entre Irán y la ONU, con una probable condena de Irán y un endurecimiento del embargo. Pero, a la inversa, tampoco hay que excluir una gran negociación entre EEUU e Irán que tendría por base una solución iraní en Irak y una solución nuclear tutelada por EEUU en Irán. Algunos consejeros de George Bush abogan por esta solución desde hace meses.
Es probable que en Oriente Próximo asistamos a una nueva ofensiva del Ejército israelí en Líbano, pues el Estado hebreo no ha digerido su derrota ante Hizbulá. En cuanto al conflicto palestino-israelí, tiene pocas posibilidades de evolución, pues el rechazo de Israel a reconocer los derechos legítimos del pueblo palestino es fuerte, y ahora le ayuda Hamás, que no quiere suscribir la declaración de reconocimiento del Estado de Israel. Situación podrida, que no cambiará tan pronto.
Otro foco de crisis, aunque de otra naturaleza: Europa. El proceso institucional está bloqueado desde los referendos francés y holandés. La evidencia salta a la vista: es imposible construir Europa si los asociados no están de acuerdo en el modelo de sociedad. Esta es la gran originalidad del desafío europeo. Y, dicho sea de paso, por eso quienes quieren forzar a los franceses y los holandeses a votar otra vez el mismo texto cometen un dramático error que perjudicará a Europa más que el no al tratado constitucional, que está muerto.
Ha llegado el momento de hablar con franqueza: Europa ya no beneficia a todos de la misma manera por dos razones fundamentales. Por una parte, el eje francoalemán que dirigía Europa está en crisis porque la dinámica ultraliberal adoptada por la Comisión de Bruselas ha acabado por favorecer al comercio exterior alemán en detrimento del resto. Alemania ya domina Europa con un euro fuerte, que no deja de recordar el papel director del marco en la época de la serpiente monetaria europea; una concepción del Banco Central independiente que es típicamente alemana y que administra a las sociedades europeas como si fueran consejos de administración de bancos, rechazando toda regulación de la moneda europea para favorecer el empleo y el crecimiento.
Además, Alemania prefiere abogar por una Constitución europea federal, parecida a la suya, que tener en cuenta las especificidades nacionales e históricas de los pueblos europeos. Obsesión tanto más sorprendente cuanto que en primer lugar, como le piden desde hace más de diez años, habría que crear un gobierno económico europeo, que ya estaba previsto por el Tratado de Maastricht, para coordinar la política económica de los países de la zona euro. Solo este Eurogrupo tendría hoy la posibilidad de controlar la deriva ultraliberal en que la política de competencia ciega y terriblemente costosa en empleos de la Comisión Europea nos ha sumido.
Está claro que ni Francia ni Gran Bretaña aceptarán el modelo federal alemán como futuro de Europa.
Por otra parte, la ampliación a los diez países del Este va a plantear problemas de competencia fiscal que reforzarán a las multinacionales y debilitarán las capacidades de reacción de las sociedades europeas. El dúmping fiscal y social va a convertirse en norma con la entrada de estos países. Hubiera sido necesario prever unos círculos de cooperación reforzados, unas etapas de integración y, sobre todo y previamente, una armonización fiscal europea, al menos para los países de la zona euro, antes de lanzarse a esta aventura de la Europa de los 30 que solo favorece a las multinacionales.
Hay que rendirse a la evidencia, los europeos quieren la Europa de la prueba social: empleos estables, seguridad social, dinamismo económico a través de una política común de investigación e innovación, construcción de grandes infraestructuras gracias a los préstamos públicos, etcétera. Solo después de haber dado pruebas de que queremos una Europa social podremos ir más lejos en el plano institucional. Por eso, ahora lo más sabio sería prever un minitratado que regulara la cuestión de las competencias políticas de cada uno de los miembros y dejara el resto al futuro. Europa tiene necesidad de proyectos, no de estatutos constitucionales que encierren a los pueblos en la mordaza de hierro del ultraliberalismo. Es un auténtico desafío.

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados