El relativamente reciente fallecimiento de Milton Friedman ha dado origen a un torrente de comentarios sobre su figura y sobre su grandeza como economista, sólo comparable, en el siglo XX, con la de Keynes.
Baste con mencionar aquí la excelente pieza que apareció en el Financial Times el 22 de noviembre firmada por Martín Wolf; Keynes versus Friedman: both men can claim victory. No trataré aquí de realizar un ejercicio de erudición similar, sino de comparar a ambos gigantes para preguntarme qué diablos es esto de ser un buen economista.
Hay una primera similitud obvia. Tanto para Milton como para Maynard era obvio que su misión como economistas era la de afinar la política económica en beneficio de sus países y de sus conciudadanos. Esta convicción ha dejado de ser la piedra angular de la ciencia económica, pero hasta hace 30 ó 40 años la política económica era el evidente fin último del esfuerzo intelectual de los economistas. En tiempos así lo que había que hacer era encontrar un punto de apoyo firme desde el que pensar.
Para Maynard, este punto de apoyo fue la función de consumo, una relación entre ese componente de la demanda agregada, el consumo, y la renta disponible de una colectividad. Para Milton, ese punto de apoyo sería la teoría cuantitativa que nos dice lo que pasa con el nivel de precios y el output de un sistema cuando cambia de una u otra manera la oferta monetaria.
Hoy sabemos que la función de consumo no es tan sencilla como la imaginaba Keynes y que el mecanismo de transmisión entre la oferta monetaria y el output tampoco es tan simple como pretende la teoría cuantitativa. Estos conocimientos más recientes hacen de las esperanzas de Maynard y de Milton algo ilusorio; pero su espíritu no debiera perderse. Necesitamos puntos de apoyo en los que sujetarnos para poder opinar con conocimiento de causa sobre las posibles consecuencias de cambios en los parámetros de la política económica.
La similitud mencionada basta para entender la afirmación de Martín Wolf de que ambos pueden cantar victoria; pero también para entender que ambos han sido, en cierto modo, sobrepasados puesto que el punto de apoyo ya no es ni esta teoría ni aquella función; sino el sistema en sí. Explorar esa vía nos llevaría lejos y al examen de otras aportaciones teóricas que hoy no tocan. Lo que hoy toca es comparar a Milton y Maynard.
Lo fiscal versus lo monetario
Veamos pues su diferencia más llamativa y en la que se fijan los observadores en general. No consiste ésta en que Maynard se fijara más en lo fiscal y Milton en lo monetario. El primero adquirió fama profesional en su día gracias a su tratado sobre el dinero, aunque sólo se recuerde su Teoría General, y Milton escribió de todo, incluyendo fiscalidad, aunque sea cierto que su historia monetaria de los EEUU, escrita con Anna Schwartz, es una pieza monumental.
La diferencia más significativa está en la fe en la discreción de la política económica que tenía Keynes y la fe en las reglas que tenía Frieman en relación a esa política económica. Siendo de momento muy poco preciso podría decir que Maynard el cacique piensa que lo mejor para el sistema es que alguien como él lo dirija con libertad haciendo lo que le dé la gana de manera activa y de forma que pueda sorprender a los actores económicos. Para Milton el alto funcionario, y dado que no parece que le vayan a dejar hacerse cargo de todo directamente, lo mejor es que las autoridades sigan reglas claras prefijadas sin embarcarse en experimentos de forma que su actividad pueda ser previsible. Como en este punto parece que el joven Milton ha ganado la partida, creo que merece la pena reexaminar la cuestión a la búsqueda de una reivindicación del viejo Maynard.
Reglas claras y estables
Para enfocar la cuestión empecemos por recordar lo que siempre piden los empresarios: reglas claras y estables en todo lo que respecta a la política general, la regulación, la política cambiaria y las políticas económicas básicas como la monetaria y la fiscal. Estas reglas claras y estables les permitiría, según ellos, contar con un horizonte de planeación suficiente como para tomar poder tomar decisiones valientes en materia de inversión.
Notemos, sin embargo, que otros agentes económicos podrían tener las mismas pretensiones y por las mismas razones. Los consumidores, para poder tomar decisiones a largo plazo relativas al consumo, querrían saber con claridad no sólo los precios, sino también las políticas de servicio post-venta, los descuentos y los plazos de pago. Los trabajadores desearían saber con toda seguridad las probabilidades de entrar en el desempleo para así ahorrar de manera inteligente, además de conocer con certidumbre las prestaciones sociales con las que pueden contar. Los contribuyentes están hartos de los continuos cambios en la legislación fiscal o en la política de inspección y los accionistas querrían conocer de antemano la política de dividendos.
No hace falta ser muy perspicaz para darse cuenta de que los deseos de reglas claras por parte todos los agentes no podrían satisfacerse simultáneamente. Pensemos en un par de ejemplos. La estabilidad que quiere el empresario choca con su demanda de flexibilidad en materia laboral, atacada ésta, claro está, por los trabajadores que no quieren incertidumbres. Los Estados dicen que quieren no sólo estabilidad de los tipos de cambio; pero si la paridad estuviera fijada merecería la pena romperla unilateralmente. Parece pues que una cierta discreción es imposible de evitar.
Por esta razón hay que mirar a esta cuestión de reglas versus discreción de otra manera. Para evitar la discrecionalidad cabe imaginar que las reglas fueran contingentes y condicionadas a situaciones tan detalladas que parecería que reina la discreción a pesar de que ahora, con estas reglas, todo parecería previsible.
Sin embargo, cabe todavía una vuelta de tuerca. Si las reglas contingentes fueran completas en el sentido de que toda eventualidad posible está contemplada, entonces no cabrían las sorpresas y, en consecuencia, no cabría ni siquiera la idea de innovación y sin ella difícilmente podríamos imaginar la competencia. Estaríamos en el infierno que aterrorizaba a Hayek. Si las reglas contingentes no fueran completas en el sentido anterior, podemos imaginar la competencia cabalgando a lomos de la innovación; pero en ese caso estaríamos de vuelta en la discreción ya que toda innovación competitiva es, por definición, una contingencia no contemplada. A Maynard le hubiera gustado este argumento; pero también Milton admitía que la Gran Depresión se produjo, en muy buena parte, a causa de las reglas monetarias que las autoridades no supieron cambiar a tiempo.
Creatividad y discrección
Para terminar quizá quepa derivar una última lección de toda esta disquisición. Cuanta más actividad y creatividad, menos espacio hay para reglas por muy sofisticadas que éstas sean. Notemos, sin embargo, que lo contrario no es cierto. No es cierto, en efecto, que cuanta mayor discreción mayor es la creatividad y la actividad económica. ¿Quién ha ganado entonces?; ¿Milton?, ¿Maynard? Yo también creo que ambos. Friedman sería el primero en saltarse las reglas a la torera en situaciones imprevistas. Y Keynes, a su vez, sería el primero en admitir reglas sencillas para situaciones de normalidad.
La segunda lección está relacionada con las expectativas. Ambos eran conscientes de su importancia y quizá por eso ambos se preocuparon de manejar los medios de comunicación. Las columnitas de Friedman en el Newsweek, fueron para mí una revelación en mi época de formación y una continua frustración frente a los torpes intentos de emulación que observo alrededor incluyendo los propios. Sólo más adelante pude hacerme consciente de esa actividad divulgadora por parte de Keynes, actividad que incluía la radio (y hay que escuchar la voz de Maynard para hacerse una idea de lo que sería hoy ser un comentarista con autoridad, algo un poco distinto de lo que hacen nuestros tertulianos más conocidos).
Dejemos este asunto aquí; pero no antes de recordar que esa actividad tan noble ha ido perdiendo a medida que la profesión se hace más científica, más formalizada y menos especulativa.
Con las excepciones notables como las de Krugman y, en menor medida, la de Baghwati, no es corriente hoy que un economista académico pierda su tiempo divulgando o que se enrede en debates sobre política económica. Una pena.
Juan Urrutia. Pte. del Consejo Editorial de EXPANSIÓN y ‘Actualidad Económica’.

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