El fin de un dictador

Mantuvo la cabeza alta hasta el final. Incluso ayer, cuando lo escoltaban hacia la horca, Sadam volvió a marcar contra sus detractores manifestando un gran estilo y valor.

Eso les gusta a los árabes, y es probable que contribuya a la leyenda de Sadam Husein que hace un año habría parecido imposible. El Sadam que nos acaba de dejar está muy lejos del hombre que arrestaron en el fondo de un pozo hace tres años, con el pelo sucio, los ojos rojos y desorbitados y la mirada vacía y lejana de los dementes.

Sadam siempre ha conseguido sorprendernos, pero su habilidad para reinventarse a sí mismo tras su arresto, sometido a las indignidades de los americanos, es bastante formidable. En contraste, el torpe Gobierno de Nuri al Maliki parece incapaz de hacer nada a derechas. No han reparado en las potenciales consecuencias negativas de colgar a Sadam en Id al Adha, el día santo del islam, hasta después de hecho.

Durante meses, Sadam ha rebatido los argumentos de los jueces que lo juzgaban y ha gritado más que ellos. Incluso cuando tres de sus abogados fueron asesinados en circunstancias sospechosas que sugerían la complicidad del Gobierno, fue imposible subyugarlo. Combativo como siempre, jamás permitió que los intentos del Gobierno de manipular al tribunal le afectaran. Aferrado permanentemente a una copia del Corán, su uso del lenguaje, muy superior al de los jueces, deslumbró al tribunal con fuegos artificiales verbales. Y por primera vez Sadam dedicó a la cámara una encantadora sonrisa que no habíamos visto antes. Fue una actuación digna de recordar.

Éste es el mismo Sadam Husein que empezó una guerra de ocho años contra Irán, usó armas químicas contra los kurdos, lanzó cohetes a Israel, permitió a los miembros de su familia encarcelar, torturar y matar y, por último, invadió Kuwait y desafió a las Naciones Unidas.

Aparte de estas cuestiones, será recordado como el hombre que plantó cara a Occidente y casi consiguió modelar Iraq como un país con identidad propia. Sus sucesores jamás han sido capaces de dotar Iraq de sentido alguno. Bajo su mandato, se ha convertido en un lugar dividido con un grado de violencia impensable, un país que, incluso para los relajados estándares árabes, es excepcionalmente corrupto. Según fuentes oficiales de EE. UU., han desaparecido 17.000 millones de dólares en los últimos tres años. Las posibilidades de que el país permanezca unido disminuyen cada día.

El lugar que ocupará Sadam en la historia dependerá más del papel de sus sucesores y sus patrocinadores estadounidenses que de sus propios logros. No parece que los actuales gobernantes de Iraq sean capaces de hacer nada bien. Quizá éste sea el resultado que debemos esperar cuando George W. Bush es el gran jefe del mundo occidental. Quizá sea EE. UU. el culpable, y no Sadam. Quizá, con la derrota tan cercana, Bush debería observar los últimos pasos de Sadam para aprender a perder con carácter y estilo.

SAID. K ABURISH, escritor y biógrafo de Sadam Husein Traducción: Libertad Aguilera Ballester.