El fin de un dictador
Una soga gruesa, pesada y bien apretada es mostrada a Sadam por unos hombres con pasamontañas. Son sus verdugos, los encargados de ejecutar materialmente la sentencia de muerte pronunciada a principios de noviembre por el tribunal de Bagdad. Sadam está tranquilo. Envuelto en un abrigo negro, avanza con dignidad, él que tanto hurtó la dignidad a su pueblo. Ha sabido comportarse ante la muerte, sin recordar quizá la que tanto administró a sus conciudadanos. Algunos, como los habitantes de Halabya, dormían cuando los visitó la muerte sadamista. La soga es nueva, diferente de la que hizo caer su estatua de bronce el 21 de marzo del 2003. Sadam ha muerto dos veces. Su cabeza cayó una primera vez en el símbolo de una revuelta; la segunda, a consecuencia de una justicia sobre la que habría mucho que hablar.
Tanto en su detención como en su ejecución, las cámaras estaban presentes. La imagen es importante. Hay que mostrar lo que les ocurre a quienes martirizan a su pueblo. Ahora bien, todos sabemos que esa justicia no es la justicia de la verdad, sino la de cierta política estadounidense. A Sadam se lo condena y ejecuta para dar ejemplo, pero ¿qué vale ese ejemplo en un país encenagado en el caos y la guerra civil? ¿Qué vale esa justicia administrada entre los escombros de un país que ya no es un país sino un campo de batalla ocupado por ejércitos extranjeros?
La imagen de esa soga en el cuello de Sadam es tan poderosa como la del médico buscándole piojos en la cabeza el día en que lo capturaron en un escondite subterráneo.
Sadam ha pagado sus crímenes, no todos. Sin embargo, la pena de muerte es una barbarie del mismo género que la mentalidad sadamista. Había que juzgar no sólo a un individuo, un ser despreciable sin duda, un criminal sin duda, sino también su sistema, que lo sobrevive y lo sobrevivirá durante mucho tiempo. Ese sistema es una dictadura surgida de un partido único que negó todos los derechos humanos, que mató y ejecutó sin juicio a los sospechosos de oponerse a él. Sadam no sólo reinó como amo absoluto sobre su pueblo, también lo arrastró a dos guerras absurdas e inútiles, dos guerras especialmente sanguinarias. Sin embargo, ocurre que ese hombre fue amigo de los estadounidenses, los franceses, los alemanes. No vivió aislado. Fue armado y sostenido por estados occidentales democráticos. Fue un buen cliente del sector nuclear francés, del sector armamentístico alemán entre otros. Se creyó autorizado a hacer lo que hizo. Pero le faltó inteligencia. Su vecino y enemigo íntimo, el presidente sirio Hafez el Asad, murió en la cama a pesar de haber provocado una matanza en una ciudad, Hama, donde se habían reunido detractores de su régimen. Varios miles de muertos en una sola noche.
La imagen de esta muerte en directo es insoportable, porque se inscribe en la misma estela de la falta de respeto a los derechos humanos, surge del mismo procedimiento que utilizaba Sadam cuando quería deshacerse de alguien de quien sospechaba una sumisión incompleta. A la mente vienen las imágenes de una reunión en que Sadam aparecía fumando un habano, pronunciaba tranquilamente el nombre de un hombre al que dos agentes hacían salir de la sala y luego se oían las detonaciones de los disparos que lo ejecutaban. Esas imágenes volvieron a emitirse el sábado pasado para recordar quién era Sadam. Sí, todo el mundo lo sabe, Sadam era un personaje horrible, un gran criminal, pero ¿qué ha hecho la justicia iraquí-estadounidense? Lo mismo.
No había que ejecutarlo, pero no por prurito humanitario, sino porque su muerte no arreglará nada en el Iraq actual. Además, había que juzgarlo por todos los otros crímenes cometidos y mantenerlo con vida para que viviera a perpetuidad el recuerdo de todas las muertes ordenadas.
El rechazo a la pena de muerte es un principio de ética elevada y de civilización. Sabemos que Bush es un partidario acérrimo de la pena capital. Matar fríamente a un gran criminal sólo contribuirá a que Iraq se hunda más aún en el caos y la guerra. Por lo demás, hacerlo ejecutar en el Id al Adha, el día de la fiesta del Sacrificio, constituye un simbolismo fácil.
Quedan esas imágenes que se emiten y vuelven a emitir en todas las pantallas del mundo. Dan fe de una barbarie que el propio Sadam no habría desaprobado. ¿Qué va a ser de esa soga tan bien anudada en torno al cuello de Sadam? ¿La expondrán en el museo de los horrores? ¿La convertirán en regalo de Año Nuevo para George W. Bush, que escribió su comentario antes de que se llevara a cabo la ejecución? Sería una buena idea. Es su trofeo. No hará olvidar sus mentiras, su cinismo y sus desastres políticos en el mundo. En cuanto a Sadam, encontró en Gadafi un aliado tardío. Con la imagen de esa soga podemos decir que las estatuas también mueren. Desde el momento en que fue derribada la de Sadam, sabíamos que un día otra soga le apretaría el cuello hasta la asfixia y la muerte.
TAHAR BEN JELLOUN, escritor. Premio Goncourt 1987. Traducción: Juan Gabriel López Guix.

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