La ejecución de Sadam Husein no pacificará Irak ni restañará las heridas que tanto él como la ocupación extranjera, han causado a la resquebrajada sociedad iraquí. Ni siquiera es un acto de justicia para con las víctimas de sus atrocidades. El ahorcamiento de Sadam, ocurrido en plena zona verde controlada por las fuerzas de ocupación, lo eleva a la categoría de mártir a los ojos de muchos. Un rango que de ninguna manera corresponde a semejante personaje sanguinario, si sólo se juzgaran sus hechos. El problema, sin embargo, reside en la perspectiva histórica.

Si las fuerzas de ocupación y las poco fiables autoridades iraquíes no mejoran las condiciones de vida del ciudadano medio de forma sustancial (acabando con la inseguridad, atajando la falta de orden, evitando la limpieza étnica, recuperando las infraestructuras y los servicios y facilitando la normalización de la actividad económica), con el tiempo Sadam podría ser recordado como un dirigente menos malo de lo que en realidad fue, incluso por algunos de los que hoy celebran su muerte.

Del mismo modo que la situación en Irak no ha mejorado después del discurso triunfalista del presidente Bush a bordo del USS Abraham Lincoln el 1 de mayo de 2003, ni de la captura del ex dictador el 13 de diciembre de ese mismo año, ni siquiera de la muerte del dirigente yihadista al-Zarqawi en junio pasado, el ajusticiamiento de Sadam difícilmente supondrá un paso en la construcción de un Irak democrático que juegue un papel regional constructivo.

La pena de muerte es una forma más de violencia, inaceptable en la mayoría de países democráticos, pero que aún se practica con gran fervor en muchos países árabes y en Estados Unidos. En el clima de violencia y venganzas que impera en el Irak de hoy -que algunos consideran liberado- y que se extiende por todo Oriente Medio, la horca de Sadam ha sido la transmisora de un mensaje muy negativo para toda la región, en forma de invitación a continuar aplicando la violencia contra los enemigos, aunque sea tras una fachada de dudosa legalidad.

Para todos los partidarios -así como algunos detractores- del dictador, la aplicación de la condena a muerte en un país que aún existe porque permanece la ocupación militar es vista como un ajuste de cuentas de los dirigentes estadounidenses con su antiguo socio convertido en díscolo. Del mismo modo, para muchos iraquíes que aplauden la aplicación de la condena, ésta es considerada más una venganza contra el que fue su verdugo que un acto de justicia.

El llamamiento a la unidad nacional no debería ser el último legado de quien presidió un Irak unido durante 24 años con mano de hierro. Si las actuales fuerzas políticas iraquíes no abandonan sus estrechas miras sectarias, étnicas y tribales, se corre el riesgo de convertir un Estado viable en un Estado fallido y a un tirano en un héroe. La lista de errores en Irak aún puede aumentar. Sadam se ha ido, pero ha dejado plantada una bomba de relojería en un Oriente Medio lleno de pirómanos.

Haizam Amirah Fernández. Investigador principal para el Mediterráneo y Mundo Árabe del Real Instituto Elcano.