LA RUEDA

Hay tres cosas indiscutibles: el único responsable del atentado es ETA; se ha roto la ecuación mágica de "sin muertos todo es posible", y la tercera víctima del atentado de Barajas es Zapatero. Había pedido confianza y se la habíamos dado. Se ha demostrado, con la crueldad que solo proporciona el ridículo de su autocomplacencia, que no tenía el control. Cualquier cosa distinta de clausurar definitivamente esta negociación será su suicidio político.

Toda su estrategia se apuntalaba en el mandato de la resolución del Congreso de los Diputados de mayo del 2005. Su premisa esencial era la convicción de que ETA tenía voluntad "inequívoca" de abandonar la violencia. José Luis Rodríguez Zapatero no ha querido ver las señales diáfanas que le ha estado enviando ETA en sentido contrario. En su ingenuidad pensó que le avisarían si decidían romper la tregua. El presidente, con una obcecación difícilmente explicable al margen del deseo casi infantil de tener éxito frente a las circunstancias más adversas, respondió a la violencia de ETA y Batasuna poniendo en valor el tiempo transcurrido sin que ETA causara víctimas mortales. Trasladó a ETA la idea de que mientras no matase podía hacer cualquier otra cosa, que el proceso seguiría abierto. Ahora, con dos posibles víctimas mortales, no hay forma razonable de mantenerlo vigente. El Estado de derecho no necesita negociar con ETA para acabar con el terrorismo.

La última consideración debe erradicar para siempre una comparación que ya se hace odiosa: España no es Irlanda. No hay una sola razón para las concesiones polí- ticas. Irlanda fue un país ocupado y colonizado por Inglaterra. Se tuvo que dividir, tras una brutal guerra, para dar cabida a sus dos comunidades: la de los colonos y la de los colonizados. Y el final de ese proceso en la Irlanda ocupada es una autonomía que no tiene nada que ver con la que gozamos los españoles en cada una de nuestras comunidades. El tiempo de negociar con ETA debería darse por concluido. Si no, podrán seguir matando porque sabrán que al final siempre habrá una puerta abierta. Es hora de cerrarla para siempre.