Asturias seguirá pendiente de las grandes obras de infraestructura durante el año entrante: variante ferroviaria de Pajares, ampliación del puerto de El Musel, autovía del Cantábrico, el nuevo Hospital Central, el Palacio de Congresos de Calatrava, el Centro Niemeyer o la Ciudad de las Artes de la Universidad Laboral, aparte de otras de menor tamaño pero parecida importancia. Es decir que 25 años después de aprobado el Estatuto de Autonomía la región sigue dando vueltas a su secular problema de aislamiento, a punto ya de acabarse por los cuatro costados. Y cuando deje de ser el territorio insular que definió con acierto Juan Cueto, habrá productos que transportar por medio de esas nuevas vías o solo servirán para recibirlos?

En un año en el que se celebrarán elecciones autonómicas y municipales saldrán a relucir con toda la pasión del mundo los viejos traumas de este Principado. Y el de las grandes infraestructuras es un debate recurrente, inagotable e imparable, por más que esté bastante demostrado que para la producción de las principales empresas ya ha dejado de significar un problema. Asturias es una región periférica pero que ya está conectada a su entorno: la ausencia de un ferrocarril de alta velocidad o los tramos pendientes de autopistas no penalizan en absoluto su tarea industrial y empresarial. Otra cosa son los viajeros, los turistas o ese afán secular asturiano por comunicarse rápido con los territorios vecinos venciendo los complicados vericuetos orográficos.

El debate se centrará en si todas esas obras van a la velocidad deseada o si se empapizan en exceso como consecuencia precisamente de las altas inversiones necesarias y de los obstáculos naturales que hay que salvar. Y ahí las discrepancias son sonoras y rotundas. Pero se mire como se mire, se va avanzando. Hace ahora un año los automovilistas confiaban en cruzar los ríos Nalón y Navia por autopista en su recorrido hacia el occidente, pero solo ha sido posible inaugurar un pequeño tramo que salva el segundo. En Soto del Barco las complicaciones derivadas de la caída de uno de los tableros del nuevo puente ha retrasado la obra que ya de por sí iba lenta. Pero en 2007 seguramente se llegará, por fin, a Muros sin pasar por la famosa rotonda de Soto.

A las otras grandes obras les queda una buena temporada por delante. La variante del Pajares necesitará unos años antes de estar disponible, aunque se acortarán en breve los tiempos de viaje en tren hasta Madrid gracias a que se pondrá en marcha la variante de Guadarrama que está casi lista. Lo mismo que al puerto de El Musel que, aunque a la vista va rápido, se trata de una obra de gran calado y nunca mejor dicho. Y sobre ese nuevo espacio habrá una regasificadora, que es también una aspiración largamente perseguida por el Gobierno saliente.

Pero la obra más emblemática será, sin duda, el nuevo Hospital Central cuya estructura ya asoma en La Cadellada, un lugar ciertamente privilegiado que alterará por completo la zona norte de Oviedo. Ya se han anunciado inversiones para los nuevos enlaces desde ese complejo, que dará empleo directo a más de cinco mil personas aparte del movimiento que generarán pacientes y familiares, con las dos autopistas que lo rodean. Una de las cuales, la nueva Oviedo-Gijón por la falda del Naranco, parece que estará abierta en unos meses, y no se trata tampoco de una obra baladí.

Como no lo es el enlace de la ronda sur en Gijón con la autovía minera, a punto de completarse y el enlace de la autovía del Cantábrico con la misma minera entre El Berrón y Siero que probablemente comenzará este mismo año. Así que solo queda, aislado y casi irreverente, el ya famoso tramo Unquera-Llanes pendiente de mil y un informes y documentos que lo retrasan y lo retrasan para demostrar que, aunque ahora en pequeñas porciones, Asturias siempre ha sido un lugar difícil para entrar y para salir. Es como un estandarte de los tiempos pasados.

Europa a la vista

Pero no solo de grandes obras viven los asturianos. La región tiene que ir acostumbrándose a una paulatina reducción de ese ritmo fuertemente inversor de las administraciones públicas. Entra en vigor el nuevo sistema de financiación europea para el período 2007-2013 y aunque momentáneamente hemos salido bien librados, las perspectivas son que en el futuro cada vez más dinero europeo irá a los países del Este, donde son muy necesarias las infraestructuras que nosotros ya tenemos. A partir de ahora cada vez habrá menos fondos y menos ayudas para salir adelante.

Los asturianos han tenido un cuarto de siglo para aprender a andar solos, pero siguen quejándose con mucha frecuencia de una soledad y abandono que no siempre se corresponde con la realidad. Ese tono pedigüeño y lastimero podrá sobrevivir pero ya no tiene argumentos de peso, salvo que se manipulen los datos. Otra cosa es que tantos años de paternalismo estatal nos haya impedido madurar para enfrentarnos al mundo -que ahora se llama mercado- solos.

Lo cierto es que la actividad empresarial y, por tanto, el empleo han dado un vuelco en estos años. Todavía quedan algunas resistencias del pasado que impiden un desarrollo más acelerado y parecido al que se registra en España, pero esta Asturias es bien distinta a la que alumbró el Estatuto. Y en una buena parte los cambios obedecen al impulso de las políticas de desarrollo regional derivadas de los fondos estructurales puestas en marcha por la unión Europea. Sin ese aval la Asturias de la crisis lo hubiera pasado aun peor. Pero esas ayudas se reducen y se acabarán, como han ido disminuyendo las grandes empresas públicas, hoy reducidas a la mínima expresión en Hunosa o en manos privadas como la antigua Ensidesa o los astilleros.

Lo que pase a partir de entonces dependerá de los asturianos más que nunca. De su capacidad para entender los retos del futuro, de saber buscar alternativas a sus activos como el agua, el paisaje, la naturaleza y, sobre todo, el conocimiento, es decir la formación de sus gentes, vital para abrirse paso en un entorno muy competitivo. Agoreros aparte, lo lógico es que esa Asturias siga siendo parecida a la España y a la Europa de la que forma parte, aunque siga por debajo de la media comunitaria y aunque no sea la región más dinámica del mundo. Al fin y al cabo ese, el del crecimiento y el desarrollo económico, es un parámetro más con el que medir las cualidades de un territorio pero no el único. Y Asturias en muchos otros sigue siendo un lugar espléndido para vivir.

Viva la política

Pero el año entrante lo que nos va a traer de verdad es una ración doble de política partidaria con el inconveniente añadido de que no se ha producido ninguna renovación relevante en las formaciones que aspiran a formar parte del Parlamento. Y eso si que significa que algo falla. La nueva sociedad asturiana, aquella que no ha padecido en directo el franquismo, que se ha desprendido de la dependencia de las empresas públicas, que ha asimilado con naturalidad la desintegración de los roles familiares del pasado, todavía no ha asomado con fuerza en las formaciones políticas. Lo ha hecho de manera mucho más evidente en la política nacional o en otras comunidades. Pero aquí siguen los mismos con los mismos discursos, las mismas querellas y parecidas tensiones entre ellos desde hace un cuarto de siglo. Y si faltan algunos es porque se han retirado por iniciativa propia pero no se intuye un cambio inminente.

Lo mismo ocurre en la mayor parte de las alcaldías, con alguna excepción como las candidatas socialistas para Avilés u Oviedo. Todo lo demás significa más de lo mismo o dicho de otra manera, continuismo, lo que dice muy poco de la renovación de la que tanto alardean los partidos y que tan escasamente practican. Si no hay candidatos ni discursos nuevos, no habrá tampoco debates que nos introduzcan en ámbitos desconocidos. Lo que pase desde aquí hasta el día de los comicios ya se lo sabe casi todo el mundo. La sorpresa puede ser el resultado final, pero ni así cambiarán mucho las cosas.

La renovación de Asturias tendrá que venir por parte de sus gentes, de aquellos que, como Fernando Alonso, han conquistado el mundo gracias a su talento y a su pericia. Y que además ejercen de asturianos, que siempre ayuda a la autoestima regional, tan estrepitosamente dañada en los últimos años. Han ido emergiendo estos años algunos jóvenes capacitados para abordar los problemas del futuro con perspectivas diferentes que ya han obtenido algunos éxitos. Ahí está la base del futuro.

Un futuro que nos desvelará el destino de tres proyectos de infraestructura cultural repartidos equitativamente entre las principales ciudades: ese monumental Palacio de Santiago Calatrava que lleva aparejado hotel y centro comercial en los terrenos del antiguo campo de fútbol de Buenavista en Oviedo; la novedosa Ciudad de las Artes en la antigua Universidad Laboral reorientada y el sorprendente proyecto Oscar Niemeyer para la ria de Avilés, que serán ejemplo de la Asturias culta y moderna a la que aspiramos.

Mientras tanto el año que viene se parecerá al actual en los temas que más nos preocupan: la emigración, que seguirá en aumento pero siempre por debajo de la que se registra en otras partes de España; la carestía de la vivienda que aunque se aminore castigará las posibilidades de futuro de los jóvenes; la ausencia de empleo cualificado que obligará a marchar a muchos titulados bien preparados; y, en fin, las carencias sociales ya conocidas que dividen a los ciudadanos en dos grupos básicamente: los que pueden consumir lo que les ofrece el mercado y los que sobreviven malamente con lo poco que tienen.