Es el miembro del Gobierno mejor valorado, por encima del presidente del Ejecutivo, algo paradógico teniendo en cuenta el cargo que ocupa.

María Teresa Fernández de la Vega ha logrado, en poco más de dos años, lo que ningún vicepresidente del Gobierno español había conseguido hasta la fecha: superar en seis puntos la popularidad de su propio jefe, el presidente del Ejecutivo. Es más, según el último barómetro España Hoy de EXPANSIÓN-Ipsos, correspondiente a diciembre, De la Vega está a sólo un paso de convertirse en la personalidad política más apreciada por los españoles.

Le supera el alcalde de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón, que cuenta con el respaldo del 60% de los ciudadanos. A la vicepresidenta le apoya el 59%, mientras que Zapatero es el político español mejor valorado para el 53% de los españoles. El barómetro de octubre del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) apunta la misma tendencia. La vicepresidenta es el único miembro del Gabinete socialista que supera el aprobado (5,23 puntos), por delante de Zapatero (4,76 puntos).

El éxito de De la Vega resulta paradójico teniendo en cuenta el cargo que ocupa. Los vicepresidentes primeros del Gobierno han funcionado, tradicionalmente, como pararrayos del Ejecutivo, asumiendo decisiones polémicas para salvaguardar la imagen del presidente. Eso ocurrió, por ejemplo, con dos de los antecesores de De la Vega, Alfonso Guerra (PSOE) y Francisco Álvarez Cascos (PP) para quien los socialistas acuñaron el sobrenombre de doberman–, que prácticamente quemaron sus carreras políticas cuando ejercieron la vicepresidencia del Gobierno. Su predecesor, el actual presidente del PP, Mariano Rajoy, tuvo mejor suerte. Logró capear el desastre del Prestige y la entrada de España en la guerra de Irak. En el último barómetro del CIS en el que participó –julio de 2003– antes de dejar el Ejecutivo para suceder a José María Aznar, Rajoy era el miembro del Gobierno mejor valorado, aunque su nota no llegaba al aprobado (4,54 puntos).

De la Vega, sin embargo, ha salido indemne de todos los debates políticos en los que ha estado involucrado el Gabinete socialista. En primer lugar, porque Zapatero asumió personalmente la responsabilidad de llevar a buen puerto el proceso de diálogo con ETA y las reformas estatutarias. Dos asuntos clave de esta legislatura que han erosionado la imagen del jefe del Ejecutivo, pero no así la de la vicepresidenta.

En segundo lugar, porque De la Vega consiguió recomponer las maltrechas relaciones del Gobierno socialista con la Iglesia –fue la artífice del acuerdo con la Conferencia Episcopal para establecer un nuevo marco de financiación de la Iglesia–, cuando se hallaban definitivamente encalladas, lo que alimentó su imagen de buena negociadora y trabajadora eficaz.

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Ello ayudó a dejar atrás definitivamente la frivolidad que le reprocharon desde muchos sectores tras su famoso posado para la revista Vogue, pocas semanas después de llegar a La Moncloa.

A la hora de interpretar las claves del éxito de la vicepresidenta, los expertos coinciden en señalar su capacidad de trabajo. Carlos Barrera, director del Máster en Comunicación Política de la Universidad de Navarra, subraya además las “dotes de mando” de De la Vega, así como un “carácter fuerte” que le aporta “respetabilidad”.

Jorge Santiago, profesor de Comunicación Política de la Universidad Pontificia de Salamanca, añade a esta lista la “autoestima” y el “optimismo” que se traduce de sus comparecencias televisadas, cada viernes, en la conferencia de prensa posterior al Consejo de Ministros.

A ello se suma su experiencia política y el bagaje que le ha aportado el hecho de haber ejercido con éxito una carrera –la judicial– antes de introducirse de lleno en el terreno de la política. De la Vega llegó a ser vocal del Consejo General del Poder Judicial antes de que el entonces ministro de Justicia, Juan Alberto Belloch, la escogiera en 1994 para ser secretaria de Estado de Justicia.

Sea o no una estrategia calculada, lo cierto es que el hecho de haber liberado a la vicepresidenta de asumir responsabilidades públicas en los dos asuntos más espinosos de la arena política podría ser una decisión acertada. Gracias a ello, el PSOE cuenta, hoy por hoy, con un recambio viable para Zapatero, en el caso de que el presidente del Ejecutivo tuviera que ser reemplazado por cualquier circunstancia.

De la Vega aventaja claramente al otro vicepresidente del Gobierno, Pedro Solbes, que se ha dedicado principalmente a dirigir la política económica del Ejecutivo y ha tenido una visibilidad mucho menor que la vicepresidenta.