EL TERRORISMO no debiera ser el principal desafío del país este año. Sin embargo, lo es. La brusca interrupción del diálogo abre un horizonte incierto, cuyas claves iniciales son éstas: 1) ETA está armada, y nadie sabe si en su locura intentará forzar un nuevo proceso de paz a base de presión y sangre para atemorizar a la sociedad y al Estado. 2) El Gobierno está obligado a volver a la solución policial, y además de forma contundente, porque es su deber y por supervivencia: tiene que recuperar la imagen que el fiasco de este proceso le ha quitado. 3) No se puede descartar que la izquierda radical vasca, si se le excluye de las elecciones, agite la calle con acciones de kale borroka para hacer irrespirable la convivencia. 4) El clima político se puede enrarecer, porque surgirán voces de la oposición que tratarán de explotar políticamente el fracaso del diálogo.
Todo esto dibuja un escenario complejo y difícil, donde, desgraciadamente, la iniciativa es de la banda terrorista. Ella es la que decide cuándo y dónde pone los coches bomba. Nos encontramos como antes del alto el fuego: inermes ante la evidencia de que es muy fácil matar. Sólo hace falta un arma y un criminal con voluntad de apretar el gatillo. Y lo peor es que hasta ahora vivíamos con la esperanza de que triunfase la solución dialogada; pero ahora esa esperanza se ha esfumado. Aunque Zapatero y sus interlocutores lo quisieran intentar, no tendrían respaldo social. Creo que ni siquiera se podría reconstruir el respaldo parlamentario del que surgió el último proceso.
¿Debemos caer por ello en el fatalismo y limitarnos a esperar los brotes de violencia? Creo que no. ETA podrá tener las armas que quiera, entre ellas las pistolas robadas en Francia. Querrá imponer por la fuerza la autodeterminación y la anexión de Navarra. Pero, incluso en los momentos de mayor voluntad pactista del Gobierno, nunca hubo voluntad ni gestos de cesión. Y hay algo que demuestran los últimos sondeos de opinión, como el Euskobarómetro: la banda, incluso cuando puso su mejor cara, ha perdido apoyo popular. Dentro de los votantes de Batasuna hay sectores que se oponen a la lucha armada. El atentado de la T4, lejos de aportarle adhesiones, se las ha quitado. Ni el mismísimo Otegi se ha atrevido a incluirlo dentro del «conflicto», como hace siempre, sino que se apresuró a anunciar nuevas propuestas de paz.
Todo esto quiere decir que nos espera un año muy difícil. Pero con una luz de esperanza a medio plazo: ETA ya no es el grupo al que muchos veían como liberador. Es el que ha roto la paz, y eso se paga. Tardará más o menos. Causará todavía mucho dolor. Pero acabará pagando. Y no sólo con la cárcel: también con el rechazo social.

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