LA IDONEIDAD DE LAS MEDIDAS CONTRA LA CONTAMINACIÓN

Los diarios informaron hace unos días de las nuevas medidas del Govern para mejorar la calidad del aire en Catalunya. De las 77 medidas que se proponen, la única que ha llenado páginas de diarios en pocos días es la de la limitación de velocidad de circulación a 80 kilómetros por hora en el área metropolitana de Barcelona. La focalización de todos los medios de comunicación sobre esta medida se debe seguramente a que, mientras las normas para plantas de cemento preocupan a unos pocos empresarios, las de circulación nos afectan a todos. También es posible que seamos más sensibles a esta medida porque va en la línea, a la que últimamente nos tienen acostumbrados nuestros políticos, de proponer soluciones a los problemas con prohibiciones adicionales.
Desgraciadamente se ha de admitir que ese tipo de medidas son muy efectivas.

AUNQUE EL objetivo es reducir la contaminación en valores absolutos, esto no puede lograrse sin condicionantes, como sucedería si se prohibiese toda circulación. Parece deseable reducir la contaminación permitiendo una movilidad adecuada al ciudadano. El indicador a utilizar es la contaminación por kilómetro recorrido o, aún mejor, por kilómetro y pasajero desplazado. Así se justifica el transporte público (o privado) colectivo como más eficiente, a pesar de que en valores absolutos un autobús contamina más que un turismo.

También es lógica y consistente con el objetivo la medida por la que se incentiva con carriles especiales a aquellos vehículos que lleven a dos o más personas. Pero hecha la ley, hecha la trampa. Podemos prever ya un mercado de jubilados contratados para acompañar a personas que van a trabajar en coche, de manera que no tengan que ir solas, o bien la venta de muñecos inflables para ocupar el asiento del acompañante.

PODEMOS cuestionar si la mejor velocidad es 80 kilómetros por hora para todos. Depende de si la contaminación está relacionada con la velocidad del coche o más bien con las características de diseño y funcionamiento del motor. La norma que se va a aplicar pone en el mismo saco un camión (esté lleno o vacío), un coche deportivo, un 4x4 y una moto, a pesar de que sus motores tienen características muy diferentes.

Al diseñar un motor se tiene en cuenta el número de revoluciones, el par de potencia, etcétera, a que se espera que funcione. No se diseña igual un motor para que sea eficiente en un camión circulando a 40 kilómetros por hora, que otro para un coche que se espera que circule habitualmente a 120 kilómetros por hora.

Si, en cambio, se tuviera en cuenta el motor, el límite de velocidad tendría que vincularse a cada tipo de vehículo, en vez de ser uniforme para todos. Ya se ve que eso complicaría mucho el control, y como parece más fácil medir solo la velocidad y hemos hecho una inversión importante en radares fijos y móviles, se puede decidir tirar por el camino del medio.

Hay otros factores que tienen un impacto importante en la contaminación de un vehículo, como la existencia y el uso de las marchas (la quinta y sexta en velocidades altas generan menos consumo de combustible) o el estilo de conducción y las condiciones de la ruta, que pueden obligar a frecuentes aceleraciones y frenadas. Parece lógico que mantener una velocidad constante de 120 kilómetros por hora es más efectivo que estar alternativamente acelerando hasta 80 y frenando el vehículo.

Los técnicos nos han mostrado unos mapas que indican una contaminación alta ligada a las principales vías de acceso a Barcelona. Pero mirando los mapas de TV-3 cada mañana no parece tan evidente que por estas vías se circule a una alta velocidad y, por tanto, haga falta limitarla. Más bien sucede que los coches pasan mucho rato parados en atascos, con los motores en marcha, y no cabe duda de que cuando el motor está en marcha y el coche casi no se mueve, la contaminación por kilómetro se aproxima al infinito.

CON ESTA evidencia, las autoridades deberían poner en marcha acciones que aseguren una capacidad viaria suficiente para mantener una velocidad de crucero adecuada. Lo que los ciudadanos no entenderán es que después de pasarse 20 minutos parados en un atasco, cuando la carretera queda libre y pueden circular un poco más deprisa, las autoridades (que no han mostrado efectividad para eliminar el atasco) intervengan limitando la velocidad y haciendo que no se pueda recuperar el tiempo perdido.

En puntos concretos en los que hay cuellos de botella evidentes, que afectan a diario a miles de coches que se pasan mucho rato parados, la contaminación se reduciría mucho más eliminando el cuello de botella que con un cartel limitando la velocidad.

El desdoblamiento de carriles o la creación de nuevos cinturones serían soluciones adecuadas para que todos los vehículos puedan disfrutar de una circulación estable y tendrían un efecto positivo en la reducción de la contaminación. Pero esta solución lógica topa frontalmente con principios fundamentales de algún socio del Govern. Y ya se sabe, los principios son sagrados, aunque la realidad sea muy tozuda y no siempre los avale.

Jaume Ribera. Profesor del IESE.