La Coctelera

Categoría: Público

Mentiras solemnes, de Javier Ortiz en Público

Mentiras solemnes

El político de turno dice: “Todo el pueblo de Balmaseda se ha manifestado en contra del atentado”. Y uno ve la imagen de la concentración que se realizó, realmente desangelada (había casi más organizaciones convocantes que asistentes), y comenta: “Andá, ¿y ése es todo el pueblo de Balmaseda? No sabía que tuviera tan pocos habitantes”.

El otro dice: “Euskal Herria ha demostrado en la calle que está en contra de la acción represiva del Estado español”. Y uno ve la escasa asistencia a las pocas manifestaciones que se han producido en contra de la sentencia del sumario 18/98 y piensa, inevitablemente: “¿Que Euskal Herria ha demostrado su rechazo en la calle? ¿En qué calle?”

Los tramposos de toda suerte y nacionalidad se han acostumbrado a hacer afirmaciones tajantes que ellos mismos saben que son falsas, cuando no directas estupideces.

El pasado jueves, George W. Bush dijo que el atentado que causó la muerte de la señora Bhutto fue “un acto cobarde”. ¿Cobarde, en concreto? Pues no sé qué habría tenido que hacer el asesino para demostrar su valor. Se lió a tiros contra todos y luego hizo estallar una bomba que llevaba adosada al cuerpo, sucumbiendo también él mismo. Un kamikaze. Si decidimos que quienes atacan al enemigo sacrificando sus propias vidas son unos cobardes, ya podemos empezar a retirar estatuas honoríficas en todas las ciudades de todas las naciones del mundo. A no ser que establezcamos que sólo es héroe el que muere por nuestra causa (sea la que sea), y que todos los que dan su vida en defensa de otras ideologías son unos gallinas.

La política profesional de estos tiempos de ahora exige a sus practicantes que muestren su desparpajo con creciente insolencia. A ellos les corresponde decir lo que les dicen que conviene, porque así se lo indican los expertos en mercadotecnia, aunque la realidad esté clamando a gritos todo lo contrario.

Para mí que esos expertos se piensan que los ciudadanos no salimos a la calle nunca, o que cuando salimos vamos con las anteojeras que ellos nos han puesto y somos incapaces de ver lo que tenemos delante de nuestras narices.
Lo peor de todo es que puede que tengan razón.

Euskadi, 2008, de Javier Ortiz en Público

Euskadi, 2008

Decía Antonio Machado en su Juan de Mairena que no hay nada que sea absolutamente inempeorable, y seguro que tenía razón. Pero muy mal tienen que venirnos dadas en 2008 para descender por debajo de la cota marcada durante el bienio negro 2006-2007.

Como vasco, para mí la imagen más representativa del pasado reciente ha sido la de esa joven camarera gallega, tan entrevistada en los últimos días, a la que le tocó el pasado 22 el primer premio de la lotería y que, cuando fue a recoger su décimo de la suerte, que había metido en la lata de las propinas, se encontró con que alguien se lo había robado.

La mayoría de los vascos hemos pasado por idéntico trauma. Creímos que nos había tocado la lotería con la tregua de ETA y el anuncio de conversaciones de paz pero, cuando nos preparamos a cobrar el premio una vez concluidos los actos de festejo, descubrimos que alguien nos había robado la participación.

Habré de decir en mi descargo que alerté varias veces sobre la imprudencia que suponía dejar el décimo en la lata de las propinas, o sea, que no era verdad que la tregua fuera un hecho irreversible, en contra de lo que estaban diciendo muchos políticos, tanto de la Villa y Corte como de Euskadi. Pero mi descargo no sirve para nada, fuera del clásico dixi et salvavi animam meam.

Hace mucho tiempo que tengo asumido que a algunos nos persigue la maldición de Casandra, condenada a hacer profecías que nadie tomaba en consideración. Lo que no me lleva a confundir el objetivo principal: sé que, por imprudentes que fueran quienes dejaron el décimo al alcance de cualquiera en vez de sellarlo con siete llaves, la culpa principal recae en quienes lo robaron.

Ahora todo es volver a empezar. Desde el principio.

Antes he mencionado a Casandra. Sigamos con la guerra de Troya y sus avatares: éste es el momento de Penélope, tejiendo y destejiendo todos los días, ganando tiempo. Perdiéndolo, en realidad.

Nunca nada es lo mismo. Otro griego lo dejó bien sentado: nadie se baña dos veces en el mismo río. Ahora las gentes, vascas y españolas, no tienen las mismas ganas de entusiasmarse. Ni a favor ni en contra.

No me atrevería a decir si eso es mejor o peor.

¿Y quién los mata?, de Javier Ortiz en Público

¿Y quién los mata?

Hay una variedad de canciones dentro de la música folk anglosajona que ha dado y sigue dando espléndidos frutos. Me refiero a las llamadas topic songs, compuestas por el cantautor de turno a partir de una noticia leída en un periódico, oída en la radio o vista en la televisión.

Woody Guthrie fue maestro en el género –su Deportee (Plane Wreck at Los Gatos ) está en la cumbre–, pero muchos otros, antes y después, han alimentado esa tradición con notable genio creativo. Entre los últimos, Bruce Springsteen. Entre los penúltimos, Bob Dylan, autor no sólo del célebre Hurricane , sino también de varias piezas juveniles impresionantes. ¿Quién mató a Davey Moore? es una de ellas.

En esa canción demoledora, Dylan disecciona un combate de boxeo que acabó con la muerte de un contendiente. Pregunta quién fue el culpable de su muerte. Uno tras otro, todos los hipotéticos responsables (el árbitro, el público, el entrenador, el corredor de apuestas, el cronista deportivo, el otro boxeador) se van lavando las manos. Dylan tiene la inteligencia de no proporcionar ninguna respuesta final, pero la rabia y el desdén de la letra nos la sirve en bandeja. No hay un culpable específico. Todos son culpables.

El mismo presunto deporte terminó el martes más o menos en las mismas en Corea del Sur. Uno de los púgiles, Cho Yoi-sam, se desplomó nada más acabar un combate, víctima de una lesión cerebral.

La conclusión más sencilla –que comparto, dicho sea de paso– es que el boxeo debería ser prohibido. No sólo por los riesgos que comporta para quienes lo practican, que suelen acabar tronados, sino también porque es una vergüenza que haya gente que disfrute viendo cómo se dan de sopapos dos seres humanos.

Pero, a continuación –yo también practicante del género de las topic songs, a mi modo–, leo la espantosa cifra de muertos que ha habido en las carreteras durante estos días, y me digo si no deberíamos tomar ejemplo de la canción sobre Davey Moore y empezar a preguntarnos quiénes los han matado.

La salida más sencilla y más cómoda está ya en la letra de Dylan: ellos sabía qué riesgos corrían; fue el destino, la voluntad de Dios.

A mí no me vale.

La heredera de una dinastía acostumbrada a gobernar, de Iñigo Sáenz de Ugarte en Público

Pocos líderes políticos han suscitado tantas esperanzas en el Tercer Mundo como Benazir Bhutto. Al mismo tiempo, no hay tantos que hayan causado tantas decepciones. Porque esta mujer, tan valiente como oportunista, ha propiciado un número casi infinito de paradojas a lo largo de su trayectoria.

Su retórica siempre ha sido impecablemente democrática. Pero fue elegida presidenta vitalicia del partido que fundó su padre y en el que ella imponía su voluntad. Su imagen era la de una modernizadora capaz de sacar a Pakistán de una era de intolerancia y fanatismo. En realidad, sus Gobiernos fueron tan corruptos como los de sus adversarios.

Sus relaciones con los Gobiernos occidentales eran excelentes. Pero los talibanes no habrían llegado al poder en Afganistán sin el apoyo decidido de Pakistán cuando Bhutto dirigía el Gobierno. Estudió en Harvard y Oxford y algunos de sus amigos eran intelectuales europeos progresistas. Y aceptó casarse con el marido elegido por su familia siguiendo una tradición de siglos en su país.

Como todo político ventajista, tenía tantas caras como las que necesitara ofrecer a su interlocutor. En cierto modo, Benazir Bhutto, que ha muerto con 54 años de edad y tres hijos, comenzó su carrera política antes de nacer. Su padre, Zulfikar Alí Bhutto, fue el político más poderoso de Pakistán en los años setenta hasta que en 1977 el general Zia le derrocó, juzgó y ejecutó en la horca.

Benazir tenía 24 años y sabía que su juventud había concluido. Al volver a su país, pasó a sufrir arresto domiciliario y durante once años su destino pareció irrelevante. Otra muerte, la de Zia en un sospechoso accidente de avión (probable venganza del KGB por la ayuda de Pakistán a los mu-yahidines afganos), devolvió a la familia Bhutto al lugar que se les había arrebatado.

Ha nacido una estrella

La irrupción en la política paquistaní fue espectacular y fugaz. Los dirigentes del Partido del Pueblo de Pakistán (PPP) quizá pensaron que sólo la necesitaban como atractivo mascarón de proa del movimiento. No podían estar más equivocados.

En primer lugar, Benazir demostró un carácter combativo propio de alguien que había presidido el prestigioso club de debates de la universidad de Oxford. Y además, había un hecho incontrovertible: el partido era propiedad de la familia Bhutto.

A la tierna edad para estos asuntos de 35 años, Benazir llegó al poder en Pakistán en 1988 y causó una conmoción. Ni siquiera en Washington o París una mujer había dirigido el Gobierno, imaginémonos en un país musulmán.

Reforma, modernización, progreso... ésas eran las palabras que salían de su boca. El mundo entero la veía extasiado.Veinte meses después, fue destituida de forma fulminante por el presidente.

En realidad, sus problemas habían comenzado un año antes de presidir el Gobierno cuando se casó con Asif Alí Zardari. Primera decepción: no fue el amor, sino la familia quien tomó la decisión. Aún peor fue la segunda. Zardari se ganó el apodo de Míster 10% por su voracidad en rentabilizar con un porcentaje su cercanía al poder.

La corrupción de los Gobiernos de Bhutto se convirtió en una rémora de la que se aprovecharon sus numerosos enemigos. En su primer paso por el Gobierno, la líder del PPP no tuvo fuerzas suficientes como para presentar batalla.

Pero aprendió la lección.En 1993, Pakistán le dio otra oportunidad y esta vez no había margen para los sueños y las esperanzas. El poder tiene sus propias leyes y Benazir ahora sí había tenido tiempo de memorizarlas. Se rodeó de gente que podía serle de utilidad en sus relaciones con los poderes fácticos, en especial los uniformados. La cúpula militar continuaba despreciándola, aunque descubrió que podía hacer negocios con ella.

Lección aprendida

Bhutto nunca dejó de pactar con el diablo siempre que fuera conveniente para sus intereses. Con los militares y los servicios de inteligencia, llegó a acuerdos para financiar y armar a los talibanes afganos. Eran la mejor carta para poner fin a la guerra civil de los muyahidines y estabilizar el sur de Afganistán, y eso convenía a la poderosa mafia del transporte de Queta.

Una de las ventajas de comenzar tan joven en política es que los fracasos sólo son reveses temporales. Siempre hay tiempo para otra resurrección. Bhutto fue otra vez destituida en 1996, y comenzó un largo periodo de ostracismo, al igual que en la época de la dictadura de Zia.

Ella sabía que su momento llegaría más tarde o más temprano. Sólo tenía que esperar. Y lo hizo hasta que hace unos meses se convirtió en la última esperanza de Pakistán. Las expectativas ya no eran tan altas como lo fueron hace 20 años. Ya no había sueños que cumplir. Sólo tenía que garantizar que su país no saltaría por los aires.

Monárquicos vocacionales, de Javier Ortiz en Público

Monárquicos vocacionales

Muchos solemos decir que las monarquías no pintan nada en sociedades como las actuales –que son residuos atávicos, pre democráticos–, pero la observación fría y sincera de la realidad debe hacernos matizar esa afirmación y admitir que no pocas repúblicas de nuestro tiempo denotan lo fuerte que puede ser la añoranza de los hábitos monárquicos entre quienes ejercen el Poder.

Muchos parecen echar de menos el carácter hereditario de la Jefatura del Estado.

En eso hay escuelas distintas.

Están los que no comparten los principios de Felipe de Poitiers y su Ley Sálica, razón por la que promueven que la Presidencia la herede su mujer, un poco antes o un poco después. Ahora mismo tenemos en primer plano los procesos sucesorios de Argentina (ya culminado) y el de los Estados Unidos de América, donde el mal podría manifestarse con cierto retraso, pero no por ello con menos virulencia.

Ya sé que son casos en los que se persigue el objetivo pretendido apelando al designio de las urnas. Pero eso es secundario. Lo llamativo es el hecho singular de que tantos los presidentes vacantes como sus respectivos partidos descubran que, de los muchos millones de conciudadanos con los que cuentan, la persona más capacitada para ocupar el cargo sea precisamente la esposa de quien ya estuvo en él. (Nunca al revés. Es curioso.)

Otra escuela, similar pero distinta, es la que postula que la herencia del poder recaiga en un hermano. Ahí, la referencia inevitable es Cuba.

Más tradicionales son los que, como el dirigente norcoreano Kim Il Sung, delegan la vara de mando en su vástago primogénito, al modo monárquico más clásico entre los clásicos.

Se dice que no hay nada nuevo bajo el sol, lo cual es intrínsecamente falso –cada día que nace es nuevo–, pero sabemos, desde que Roma fue república, de la tendencia de muchos gobernantes a colocar en cargos clave del Poder a sus familiares más directos, sea para procurarse favores, sea para agradecerlos.
Siempre ha habido entusiastas de los privilegios de clan. Incluso muy excéntricos. Calígula llegó a presentar la candidatura a senador de su propio caballo. Aunque he conocido a candidatos peores.

No hubo mensaje del Rey, de Javier Ortiz en Público

No hubo mensaje del Rey

Una de las pocas tradiciones navideñas de las que no me aparto, suceda lo que suceda, es la de no tragarme el mensaje protocolario del Rey. En casa de la familia de mi mujer, igual que en tiempos en la de mi madre, tenemos asumido con plena naturalidad que, cuando llega esa hora de la Nochebuena, se apaga la televisión y ya está.

Este año pasamos por un momento de debilidad y zapeamos a ver qué capítulo de los Simpson estaban dando a esa hora (siempre están poniendo algún capítulo de los Simpson en algún canal), pero en cosa de nada comprobamos que los circunstanciales rivales de Juan Carlos de Borbón también se estaban repitiendo.

Al día siguiente pude comprobar lo que compruebo todos los días de Navidad, a saber: en primer lugar, que los medios de comunicación hablaban a coro del mensaje del Rey como si fuera un mensaje del Rey, y, en segundo término, que apenas ninguno se privaba de referirse a la “Monarquía democrática”.

Punto primero: no hay mensajes del Rey. El Rey lee los textos que otros le escriben. Se los ponen en una pantallita y él los recita. El texto de lo que balbucea no lo ha escrito él, que es ágrafo. Se trata de una suma de tópicos que pactan sus amanuenses y los de La Moncloa. Resulta de coña que haya gente dispuesta a hacer año tras año la exégesis solemne de los lugares comunes acordados por los especialistas de la Casa Real y de Presidencia de Gobierno como si fueran ideas de gran trascendencia.

Segundo bobada: lo de la “Monarquía democrática”. ¿Qué diablos es eso? Una Monarquía no puede ser democrática. Por definición. ¿Qué tiene de democrático que alguien ocupe un puesto porque es hijo o nieto de otro señor al que tampoco eligió nadie? Un Rey podrá coexistir con un régimen parlamentario, y hasta llevarse bien con sus administradores (hay gente para todo), pero la única manera que tiene de ser él mismo demócrata pasa forzosamente por abdicar y favorecer que la titularidad de la Jefatura del Estado se decida en las urnas. Aunque resulte elegido otro papanatas.

Ya sé que todo esto es elemental. Pero, como tanta gente se empeña en negarse a admitir hasta lo más elemental, es forzoso insistir.

Las ganas de creer, de Javier Ortiz en Público

Las ganas de creer

Ayer me quedé dormido con la radio encendida, como siempre, pero olvidé presionar el botoncito de sleep, ése que sirve para que el aparato se apague al cabo de un tiempo.

Avanzada la madrugada, me desperté justo a tiempo de oír a un radiopredicador contar la historia del portal de Belén, María y José, los pastorcillos, la estrella, los Reyes Magos y todo lo demás.

Por supuesto que ya me la sabía, pero hacía mucho que no se la oía a alguien que la pormenorizara con tanta fe y tanto entusiasmo.

No es mi deseo ofender a nadie en sus creencias, pero la verdad es que se trata de un relato que presenta grandes lagunas lógicas.

Teniendo en cuenta la duración de la Historia, en la que 20 siglos no es nada, la decisión de Dios de presentarse en la Tierra precisamente en Palestina y precisamente en aquel tiempo no revela una lucidez demasiado divina. Si lo que quería era dar un mensaje a la raza humana, le habría salido más a cuenta esperarse a nuestros días: lo habría podido transmitir por la CNN y su difusión urbi et orbi habría estado garantizada. O, en todo caso, una vez tomada la decisión de bajarse de los cielos para intervenir en nuestros asuntos, ¿por qué hacerlo sólo una vez? Nada le impediría hacerlo cada tantos años, para tenernos firmes. Un Cristo cada década, dedicado a multiplicar los panes y los peces y a fabricar vino en las bodas, resucitando muertos por aquí y por allá, aseguraría nuestra fe hasta el límite de lo imposible. Es como lo de su madre, empeñada en aparecerse a pastorcillos europeos cada tanto, pero siempre hace mucho y siempre en rincones rarísimos.

Hace falta tener ganas de creer para creerse todo eso.

Lo cual nos remite al asunto fundamental: las ganas de creer.

Como suelo decir a mis amigos cristianos, admito humildemente que creen en cosas bastante menos improbables que algunas en las que creo yo. La justicia social, por ejemplo.

Las hay a montones. ¿Han visto ustedes alguna vez la lista de ceros y unos de una fotografía digital? Impresionante.

Que eso se pueda transmitir por el aire resulta mucho más increíble que el misterio de la Santísima Trinidad.

Pues resulta que es verdad.

Hoy no hay nada, de Javier Ortiz en Público (25/12/2007)

Hoy no hay nada

El 25 de diciembre es uno de esos días en los que la prensa de Madrid no sale. En realidad, sólo sale la de Barcelona, que hace lo propio el 26. En consecuencia, no hay “Dedo en la llaga”, salvo en la edición catalana de “Público”. Mañana lo pondré.

Tampoco he escrito “Apunte del Natural”, primero porque me he levantado a las 12 y con un cierto dolor de cabeza, que algún malintencionado podría confundir con algo de resaca; segundo porque tengo que salir de nuevo de viaje, y tercero, porque me imagino que hoy esta página recibirá bastantes menos visitas que de diario.

Así que Feliz Navidad y todo eso, y mañana será otro día.