La Coctelera

Categoría: Project Syndicate

El desafío de la corrupción en América Latina, de Susan Ackerman y Bjørn Lomborg en Project Syndicate

Es difícil distinguir las consecuencias de las causas de la corrupción que afecta de manera persistente a muchas naciones de América Latina y el Caribe. La corrupción limita el crecimiento, pero el mismo bajo crecimiento la estimula, haciendo difícil mejorar la eficacia del gobierno. En todo caso, la corrupción por si sola no es el problema esencial. Más bien simboliza y resalta debilidades subyacentes del funcionamiento del estado y su interacción con los ciudadanos y las empresas.

Algunas instituciones son tan vitales que producen un estado competente y justo si funcionan bien, o un estado corrupto, ineficaz e injusto si funcionan mal. El saneamiento de dos de estas instituciones –el sector público y el poder judicial- debe ser una prioridad para varios gobiernos de la región.

Los estudios realizados en El Salvador, Nicaragua, Bolivia y Paraguay en la última década han mostrado que la gente expuesta a la corrupción tiene menos confianza en el sistema político y se fía menos de sus conciudadanos. Se preguntó a los nicaragüenses si el pago de sobornos “facilita que las cosas se hagan en la burocracia". Quienes estaban de acuerdo con que la corrupción funcionaba sentían menor respeto hacia la legitimidad del sistema político.

También es necesaria una burocracia que funcione bien, ya que contribuye al crecimiento económico. Pocos de los retos más importantes de esta región se pueden enfrentar con éxito si el estado no puede administrar programas públicos complejos.

Las causas del fracaso de la administración pública son, entre otras, la falta de profesionalismo en el cuerpo de funcionarios públicos, normativas vagas, complejas o que se prestan a confusión, manejo inadecuado de las finanzas del gobierno, mala distribución de las tareas entre los niveles de gobierno, falta de transparencia en los procesos gubernamentales y dificultad para que los funcionarios se hagan responsables de sus acciones. Si cualquiera de estas áreas, o todas ellas, presentan debilidades, se crean incentivos para la corrupción, la ociosidad y la incompetencia.

No basta con aumentar los salarios de los funcionarios públicos; también se necesitan reformas estructurales. Los países con funcionarios públicos más independientes y profesionales tienden a tener burocracias de mayor calidad y menos corrupción.

Un sistema judicial competente y eficaz es una condición necesaria para establecer el imperio de la ley. Los niveles del crimen organizado son menores en los países con un poder judicial independiente. En Ecuador, la incertidumbre judicial y las demoras en la aplicación de los contratos son un obstáculo para las inversiones. Otro estudio basado en entrevistas en profundidad a empresarios ecuatorianos sugirió que la inversión aumentaría en un 10% si el poder judicial estuviera a la par que los sistemas de tribunales más eficaces.

Una encuesta realizada recientemente en todo el continente mostró que entre un 10% y un 40% de los latinoamericanos expresaron que no sienten “nada de confianza” en el poder judicial. Los investigadores hallaron que en México ocho de cada diez casos que van a los tribunales eran abandonados. Esta cifra sugiere que ir a juicio puede ser un ejercicio infructuoso y que muchas disputas probablemente nunca lleguen a los tribunales. Una encuesta peruana reveló que el poder judicial era la institución más corrupta. La incidencia de sobornos era alta, con un notable 42% de personas que dijeron haberlos pagado a funcionarios judiciales.

Una manera de mejorar la administración de los programas públicos es ir a la raíz del problema y cambiar la manera en que los gobiernos proporcionan bienes y servicios y gestionan programas. Si se pone énfasis en sistemas automatizados y basados en la informática para las adquisiciones y la recaudación tributaria, se dará grandes pasos para limitar la corrupción.

Esta reforma debe ir de la mano con una cuidadosa evaluación del clima normativo para las empresas, diseñado para eliminar o simplificar las reglas. Por ejemplo, aunque en Perú la corrupción estaba presente en todos los demás ámbitos, las reformas del gobierno que redujeron los impuestos lograron aumentar la recaudación desde un 8,4% del PGB en 1991 a un 12,3% en 1998, y aumentar el número de contribuyentes de 895.000 en 1993 a 1.766.000 en 1999.

Por supuesto, no todos los programas tienen éxito, pero algunos casos eficaces de reformas a los sistemas de adquisiciones y recaudación tributaria rinden beneficios 100 veces mayores que sus costes. Incluso si la ganancia fuera mucho menor, es evidente que sería una sólida inversión en el futuro de la región.

Los gobiernos también pueden reducir la corrupción limitando el alcance de sus actividades. Actualmente América Latina está experimentando una reacción contra las privatizaciones, en una tendencia que subraya la importancia de la reforma del sector público. A menudo, las iniciativas de privatización tienen gran notoriedad política y son impopulares. Se debería considerar tercerizar algunas actividades a organizaciones no gubernamentales o sin fines de lucro, además de mejorar la supervisión externa. Por ejemplo, Guatemala contrató servicios de nutrición y atención primaria para 3,4 millones de personas a US$ 6,25 por persona. Los estudios demuestran que los beneficios son mayores que los costes.

El desempeño de la burocracia también se beneficiaría si se mejoraran las entidades de auditoría y defensoría del pueblo, y mediante el control de la corrupción a nivel de base, gracias a la asignación centralizada de mecanismos de entrega de información y asistencia técnica por parte de los gobiernos u organizaciones no gubernamentales.

Con respecto al poder judicial, es evidente que el aumento de los salarios de los jueces y secretarios, además de la dotación de mejores sistemas informáticos y otros equipos técnicos, mejoraría la eficacia y el desempeño de los tribunales, lo que significaría una menor pérdida de tiempo y más claridad para los litigantes. No costaría nada eliminar las trabas burocráticas que obstaculizan los procesos legales, y hacerlo tendría grandes beneficios potenciales.

Crear un nuevo sistema alternativo e independiente de solución de disputas fuera de los tribunales costaría algo de recursos, pero aseguraría una solución más rápida y aceptable de las disputas más comunes. Colombia ha implementado con éxito un sistema judicial alternativo usando “Juntas comunitarias” que tratan las disputas sobre títulos de dominio de tierras.

La reforma del poder judicial y la burocracia debería ser prioritaria en la mayoría de los países de América Latina. Como mínimo, existe una crisis de confianza y, en el peor de los casos, esa falta de confianza es bien merecida.

Susan Ackerman es Profesora de Derecho y ciencias políticas en la Universidad de Yale y autora de Corruption and Government: Causes, Consequences and Reform (Corrupción y gobierno: causas, consecuencias y reforma). Bjørn Lomborg es el organizador del Consenso de Copenhague, profesor adjunto de la Escuela de Negocios de Copenhague y editor del nuevo libro How to spend $ 50 billion to make the world a better place (Cómo gastar US$ 50 mil millones para hacer del mundo un mejor lugar).

Copyright: Project Syndicate, 2007.
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Traducido del inglés por David Meléndez Tormen

El fin de la luna de miel del BCE, de Melvyn Krauss en Project Syndicate

La luna de miel del Banco Central Europeo ha terminado. Puesto que las tasas de interés europeas ya no están claramente desconectadas de los fundamentos de la economía de la zona del euro, la política monetaria se ha vuelto más compleja.

Al mismo tiempo, Francia le ha dado un fuerte mandato a su nuevo presidente, Nicolas Sarkozy, que es sin duda el adversario político más formidable al que el BCE ha tenido que enfrentarse en su corta historia. Sarkozy está al acecho de cualquier error que el Banco pueda cometer en este ambiente de política más difícil.

Dado que las tasas de interés han aumentado 200 puntos de base desde finales de 2005 y que el euro está cerca de su nivel histórico más alto, Sarkozy quiere que el BCE ya deje de aumentarlas. El presidente del Banco, Jean-Claude Trichet, y el Consejo de Gobierno discrepan firmemente.

En la conferencia de prensa del BCE de principios de julio, Trichet indicó que habría al menos otro aumento de las tasas –en septiembre u octubre. Se sabe que algunos miembros del consejo están a favor de que haya dos aumentos adicionales de las tasas antes de que termine este año.

Lo que hace que la política monetaria sea espinosa en este momento es que la economía alemana –que ha sido la locomotora de Europa en el actual repunte cíclico—puede estar llegando a un punto de inflexión. Las encuestas de confianza de las empresas y los consumidores muestran resultados más débiles –el respetado índice IFO de confianza de las empresas alemanas cayó de 107.0 a 106.4 en julio-- y los llamados "datos duros" --producción industrial, ventas al menudeo, etc.—han sido ambiguos. El PIB alemán en el segundo trimestre se ha estancado, después de un primer trimestre sorpresivamente fuerte.

Hay motivos de preocupación. El euro está a un nivel sin precedentes, los precios del petróleo están aumentando y se espera que las tasas de interés aumenten más. La economía de la eurozona --incluyendo la de Alemania-- no es a prueba de balas, aunque los halcones del Consejo de Gobierno a menudo se expresan como si lo fuera.

Así como el año pasado hubo un pesimismo injustificado sobre el crecimiento en Europa, este año hay una euforia sin motivo. Muchos alemanes, en particular, se niegan a creer que el repunte cíclico puede estar llegando a su fin.

Si el Consejo de Gobierno no distingue el próximo cambio en la economía europea y sigue aumentando alegremente las tasas de interés, se les describiría como marineros ebrios en medio de una borrachera de aumento de las tasas. El rugido para exigir un mayor control político sobre el BCE sería ensordecedor --y no sólo por parte de Francia.

Los costos políticos para el BCE de cometer este tipo de errores podrían ser exorbitantes. Por eso el Banco debe ser muy prudente al considerar si debe mantener el ritmo actual de aumentos de las tasas, en cuyo caso las elevaría 25 puntos en septiembre, o si debe relajar un poco el paso, con lo que el próximo incremento llegaría no antes de octubre.

En el ambiente político actual, las amenazas de interferencia política externa para el BCE son mucho mayores si aumenta las tasas demasiado rápido que si lo hace demasiado despacio. Si va demasiado lento, el BCE se ha ganado la credibilidad suficiente como luchador contra la inflación para poder compensar en el futuro con poco o ningún costo económico o político. Pero si va demasiado rápido, el costo político podría ser sustancial e irreversible. Los políticos presionarán para obtener mayor control y probablemente lo conseguirán, con o sin Tratado de Maastricht. Esperar a octubre para llevar a cabo el siguiente movimiento es como comprar un seguro contra una pérdida catastrófica.

Pero, ¿lo verá así el BCE? Como cuestión de principios, los halcones se niegan a considerar los costos políticos de sus actos. En tiempos pasados, cuando no había adversarios formidables en la arena política, esta era una pose inofensiva. Pero es una actitud extremadamente peligrosa cuando hay personas como Sarkozy que están dispuestas a imponer altos costos políticos al Banco y tienen la voluntad y los medios para hacerlo si llega a tropezar.

Hay más interés en las ideas populistas de Sarkozy sobre la intervención en los tipos de cambio y sobre añadir una nueva dimensión a la política monetaria de lo que suele creerse.

Los halcones también padecen de lo que podría llamarse un complejo de "alcanzar". Sin importar lo elevadas que puedan estar las tasas, ellos sienten que se quedan atrás. Quieren actuar en septiembre para poder volver a hacerlo en diciembre (aun sin conocer los datos)—y tampoco se detendrán entonces.

Incluso las palomas podrían apoyar un aumento de las tasas en septiembre para contrarrestar la acusación de que Sarkozy los está presionando para que no lo aprueben. No cabe duda de que los ataques de Sarkozy contra el BCE están teniendo un efecto contraproducente en este sentido. Están presionando al BCE a que aumente las tasas más temprano que tarde.

Pero un movimiento de las tasas en septiembre también conviene a los intereses de Sarkozy, ya que le dará más elementos para afirmar que el BCE está fuera de control y que es necesario que se le discipline políticamente. Para que el BCE se proteja de esas acusaciones es mucho mejor esperar a octubre, cuando puedan decirle al público: "Miren lo razonables que hemos sido. Ahora tenemos que aumentar las tasas".

A final de cuentas, ya sea que el próximo aumento de las tasas llegue en septiembre, octubre o cuando sea—y parece que será en septiembre, a pesar de las actuales señales de alarma como el IFO que indican que posiblemente habrá una desaceleración en los próximos meses—los datos determinarán qué tan lejos irá el Banco con esos aumentos, si es que es lo suficientemente astuto para mantener alejados a los políticos. Pero eso es mucho suponer.

La lucha entre los dos titanes franceses—Trichet y Sarkozy— sigue, y lo que está en juego es el destino del Banco Central Europeo.

Melvyn Krauss es miembro asociado de la Hoover Institution en la Universidad de Stanford.

Copyright: Project Syndicate, 2007.
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Traducción de Kena Nequiz

Estados Unidos débiles = Europa debilitada, de Christoph Bertram en Project Syndicate

El poder de Estados Unidos ha sido tan abrumador durante tanto tiempo que muchos piensan que el país sobrevivió indemne a la presidencia de George W. Bush. Que esta suposición es errónea lo demuestran quienes, desde Vladimir Putin de Rusia y Hugo Chávez de Venezuela hasta Mahmoud Ahmadinejad de Irán y Robert Mugabe de Zimbabwe, están explotando la pérdida de reputación e influencia de Estados Unidos. Esto no es motivo de alegría malsana. Por el contrario, es hora de que los amigos de Estados Unidos, particularmente en Europa, se den cuenta de que la debilidad de Estados Unidos socava también su influencia internacional.

La evidencia de la debilidad de Estados Unidos es suficientemente clara. En el pico del poder norteamericano, Rusia se había resignado a la intromisión aparentemente imparable de la OTAN en lo que había sido la esfera de influencia de la Unión Soviética. El presidente Putin toleró una presencia estadounidense en Asia central para colaborar en la campaña contra los talibanes en Afganistán y no planteó ninguna objeción seria cuando Estados Unidos echó por tierra el Tratado de Misiles Antibalístico al prohibir las defensas de misiles estratégicos. Estados Unidos, ansioso porque Ucrania y Georgia ingresaran en la OTAN, sintió escasa necesidad de considerar las preocupaciones rusas, convencido de que el Kremlin no tendría otra opción que ceder ante lo inevitable.

Eso fue antes. Hoy, Putin busca recuperar la influencia que Rusia perdió en los años anteriores. Está jugando hábilmente la carta antinorteamericana en toda Europa, al mismo tiempo que ejerce presión en los Estados bálticos, una clara advertencia para que la OTAN no se extienda aún más. En Ucrania, las fuerzas políticas que resisten los vínculos estratégicos más estrechos con Occidente ganaron terreno. Y el Kremlin retrata de manera agresiva el planeado establecimiento de una modesta instalación de defensa de misiles norteamericana en Polonia y la República Checa como una amenaza para los intereses vitales de seguridad de Rusia.

O consideremos el caso de Irán, otra potencia que explota la debilidad norteamericana. Hace apenas unos años, el gobierno de Irán parecía bastante deslumbrado por Estados Unidos como para avanzar hacia un acuerdo sobre su programa nuclear que habría interrumpido, y quizás incluso suspendido, sus actividades de enriquecimiento. Se habló de posibles contactos bilaterales con Estados Unidos que, de haber resultado exitosos, habrían puesto fin a casi tres décadas de relaciones hostiles. Hoy, el programa de enriquecimiento de Irán está avanzando a pesar de las advertencias de nuevas sanciones de parte del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, mientras las autoridades iraníes se burlan públicamente de las amenazas de una acción militar norteamericana.

Estos ejemplos reflejan el mismo mensaje: Estados Unidos está perdiendo autoridad en todo el mundo. La administración Bush está expuesta internacionalmente tanto en la arrogancia de sus conceptos como en los límites de su poder. Carece de apoyo interno y de respeto en el extranjero.

Nunca desde que Estados Unidos se convirtió en la potencia predominante del mundo durante la Segunda Guerra Mundial hubo un deterioro similar de su influencia internacional. Incluso durante la guerra de Vietnam y tras su humillante retiro del sudeste de Asia, nunca se dudó seriamente de la autoridad de Estados Unidos ni de su capacidad para hacer frente a lo que entonces era el desafío estratégico central, la Guerra Fría.

Sin embargo, en el mundo interdependiente de hoy, ya no es la cantidad de ojivas nucleares lo que confiere influencia, sino la capacidad de un país para lograr que otros acepten las políticas que, a su entender, sirven a sus principales intereses. Los Estados Unidos de Bush capitularon a esa influencia –en Oriente Medio, en Asia y Africa, y en gran parte de Europa.

A muchos en Estados Unidos les gusta pensar que ésta es una situación temporaria que desaparecerá con la elección de un nuevo presidente y Congreso en 2008. Pero no son lo suficientemente conscientes del daño realizado ni lo suficientemente realistas frente a las posibilidades de los potenciales sucesores de Bush –muchos de los cuales inicialmente respaldaron su aventurismo- de recuperar la confianza y el respeto de los que su país alguna vez gozara.

Lograr esto demandará algo más que una nueva cara en la Casa Blanca. Requerirá años de trabajo duro para reconciliar los recursos y los requerimientos de Estados Unidos, y para asegurar que, una vez más, se pueda pensar que sus iniciativas no están destinadas a servir a las estrechas ideologías norteamericanas sino a fomentar un orden internacional justo.

El resultado de la prolongada debilidad norteamericana también es una Europa más débil. En el apogeo del dominio norteamericano, los gobiernos europeos se beneficiaron doblemente: formaban parte de un Occidente poderoso y eran cortejados como un potencial contrapeso para el domino norteamericano por terceros países. Si discrepaban con las posiciones norteamericanas, la eficacia estratégica de Occidente no se veía afectada seriamente porque el poder norteamericano era más que suficiente para compensar.

Ese acuerdo ya no funciona. Si los gobiernos europeos hoy se distancian de Estados Unidos, como exigen frecuentemente sus ciudadanos, se enemistarán con Estados Unidos y lo debilitarán aún más. Al mismo tiempo, socavarán su propia influencia internacional y le permitirán a otros enfrentar a Europa con Estados Unidos, destruyendo también la posibilidad que pueda existir de reconstruir Occidente con un Estados Unidos reformado. Los líderes europeos, aunque no estén conformes con las posturas norteamericanas, necesitan por ende combinar un respaldo enérgico de la comunidad transatlántica de intereses con un lobby discreto aunque firme en Washington para no tensar la situación hasta el punto de rotura.

Todavía está por verse si pueden llevar a cabo con éxito esta acción difícil. Afortunadamente, Angela Merkel, Nicolas Sarkozy y Gordon Brown entienden el desafío, y al menos algunos sectores del gobierno de Bush parecen conscientes del problema. En el largo período de debilidad norteamericana, los líderes europeos tendrán que demostrar habilidad política para Occidente en su totalidad. Es un papel para el cual décadas de supremacía norteamericana escasamente los prepararon.

Christoph Bertram fue director del Instituto Alemán para Asuntos Internacionales y de Seguridad.

Copyright: Project Syndicate, 2007.
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Traducción de Claudia Martínez

Recortándole las alas del euro, de Roman Frydman y Michael D. Goldberg en Project Syndicate

El pedido del presidente francés Nicolas Sarkozy al Banco Central Europeo para que intervenga y frene la subida del euro comúnmente se ve como una señal de que Sarkozy ni entiende los mercados ni confía en ellos. De hecho, algunos hoy lo ven como un gaullista tradicional que quiere ayudar a los productores franceses devaluando artificialmente el euro.

Pero, ¿podría Sarkozy tener razón al creer que los mercados monetarios no impulsan automáticamente los tipos de cambio a niveles consistentes con los fundamentos del comercio internacional? Después de todo, los bienes comparables suelen venderse internacionalmente a precios muy diferentes. Por ejemplo, según The Economist , una hamburguesa Big Mac se vende en la zona del euro a unos tres euros –aproximadamente 4 dólares al tipo de cambio actual-, pero sólo a unos 3,20 dólares en Estados Unidos, lo que implica que el euro está sobrevaluado en alrededor del 25%.

A partir de las últimas tres décadas de monedas flotantes, resulta evidente que los tipos de cambio determinados por el mercado tienden a alejarse de manera amplia y persistente de los niveles de paridad que harían que los bienes comparables se vendieran a precios comparables en diferentes países. De manera que los políticos como Sarkozy pueden tener fundamentos para sostener que los bancos centrales deberían intervenir para limitar este tipo de oscilaciones.

Sin embargo, los economistas, entre ellos muchos integrantes de bancos centrales, normalmente no ven las cosas de esta manera. A pesar de las oscilaciones amplias y persistentes en los mercados monetarios reales, sus llamados “modelos de expectativas racionales” predicen que los tipos de cambio no deberían alejarse de la paridad de una manera perdurable. Como creen haber encontrado la manera de modelar precisamente cómo deberían pensar los agentes monetarios sobre el futuro, no ven ninguna necesidad de intervención porque, salvo por desviaciones temporarias, los mercados siempre entienden bien los valores monetarios.

En contraste, los “economistas conductistas” admiten que las monedas pueden alejarse de la paridad por un tiempo prolongado, pero sostienen que esto no resulta de los intentos por parte de los agentes de interpretar los movimientos en los principios macroeconómicos, sino de la psicología del mercado y las operaciones mercantiles irracionales. Para ellos, la intervención no es tan innecesaria como imposible. Frente a amplias oscilaciones, los bancos centrales son incompetentes a la hora de contrarrestar el celo irracional de los operadores para alejar una moneda un poco más de los niveles históricos de referencia. Después de todo, los flujos especulativos responden por más del 95% de los 2 billones de dólares comercializados diariamente en los mercados monetarios.

Pero tanto las “expectativas racionales” como los modelos “conductistas” son básicamente defectuosos a la hora de evaluar las intervenciones en políticas. Por más diferentes que puedan parecer, intentan generar predicciones exactas del comportamiento humano, ya sea “racional” o “irracional”. Ambos ignoran el hecho de que la racionalidad depende tanto de los malentendidos imperfectos de la historia y la sociedad por parte de los individuos como de su motivación. También ignoran la importancia para los resultados del mercado de la creatividad individual y el cambio socio-político imprevisible.

Una vez que se coloca este “conocimiento imperfecto” en el corazón del análisis económico, las implicancias de nuestra capacidad inherentemente limitada para predecir los resultados de los mercados se vuelven claras. Cuando se trata de los mercados monetarios, los niveles de paridad basados en el comercio internacional son simplemente uno de los muchos factores que los operadores pueden considerar. Al intentar hacer frente al conocimiento imperfecto, no son irracionales cuando le prestan atención a otros principios macroeconómicos y, por ende, hacen alejar un tipo de cambio de su nivel de paridad.

La reciente suba del euro frente al dólar es un buen ejemplo: en términos generales, las alzas del euro han estado reaccionando frente al enorme déficit de cuenta corriente de Estados Unidos, a una economía emergente de la zona del euro y a las crecientes tasas de interés en euros. ¿Qué tiene de irracional tener en cuenta estos fundamentos cuando se comercializa una moneda?

Por supuesto, los alejamientos persistentes de la paridad no duran para siempre. Si bien los movimientos en los principios macroeconómicos pueden derivar en un impulso del valor de una moneda un poco más por encima de la paridad, simultáneamente se preocupan por un contra-movimiento de regreso a la paridad –y, por ende, a pérdidas de capital- que modera su deseo de incrementar sus posiciones largas.

Este concepto de riesgo se basa en un discernimiento descuidado de John Maynard Keynes, que era profundamente consciente de la centralidad del conocimiento imperfecto para entender las fluctuaciones de precios en los mercados de activos. Es más, relacionar el riesgo de mantener una posición abierta en un mercado monetario a la divergencia del tipo de cambio con respecto a los niveles de paridad sugiere una manera novedosa de pensar cómo los bancos centrales pueden influir en el mercado para limitar los alejamientos de la paridad.

Cada mes, el banco central debería anunciar su estimación de un rango de valores de paridad respaldada por análisis, lo cual, a diferencia de un valor preciso, refleja la imperfección inherente del conocimiento con respecto a la paridad de una moneda. Cuando el tipo de cambio se aleja de este rango, los anuncios regulares del banco central aumentarían la preocupación de los agentes monetarios de que otros agentes consideren cada vez más riesgoso mantener posiciones abiertas. Esto debería moderar su voluntad de hacerlo, limitando así la magnitud de la oscilación monetaria.

Esta estrategia no implica que los bancos centrales deban intentar confinar el tipo de cambio a una zona predeterminada. Dada la enorme dimensión de los volúmenes diarios en los mercados monetarios, este tipo de intentos casi siempre fallan, derivando en crisis monetarias. En cambio, la estrategia de “ limitar las oscilaciones ” aquí propuesta implica que, cuando el tipo de cambio se aleja un poco más de la paridad, los bancos centrales deberían utilizar sus reservas para intervenir en momentos impredecibles a fin de reforzar el efecto de sus anuncios regulares del rango de paridad en la percepción de los agentes de un mayor riesgo de pérdidas de capital.

Nuestra propuesta de reducir –pero no limitar- los alejamientos de la paridad reconoce que las fluctuaciones de precios pueden ser cruciales para que los mercados se cercioren del precio de los activos que prometen una utilidad incierta. Pero las oscilaciones monetarias, si son demasiado amplias y prolongadas, pueden obstruir la actividad económica real, razón por la cual a veces es necesaria la intervención. Sólo si se admiten explícitamente los límites del conocimiento de los economistas y los estrategas políticos este tipo de políticas tienen posibilidades de éxito.

Roman Frydman, profesor de Economía en la Universidad de Nueva York, y Michael D. Goldberg, profesor de Economía en la Universidad de New Hampshire, son los autores del inminente libro Imperfect Knowledge Economics: Exchange Rates and Risk.

Copyright: Project Syndicate, 2007.
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Traducción de Claudia Martínez

Live Earth, sordo a la realidad, de Bjørn Lomborg en Project Syndicate

Los organizadores de los conciertos Live Earth del próximo sábado esperan que el mundo entero escuche un claro mensaje: el cambio climático es la mayor amenaza que enfrenta el planeta. Planificado por el ex Vicepresidente de EE.UU. Al Gore, Live Earth será el espectáculo más grande y promovido a mayor escala en todo la historia del activismo de personajes famosos.

Sin embargo, hacer del calentamiento global la principal prioridad significa que pasemos para abajo otros reto en nuestra lista de cosas pendientes. Algunos activistas del cambio climático de hecho así lo reconocen: el autor australiano Tim Flannery dijo en una entrevista que el cambio climático es “el único problema del que debemos preocuparnos a lo largo de la próxima década”.

Digan eso a las 4 millones de personas que están muriendo de inanición, a las 3 millones de víctimas del VIH/SIDA, o a los miles de millones de personas que carecen de acceso a agua potable y limpia.

El cambio climático causado por el ser humano merece atención, y ya la ha recibido, gracias a Gore, Flannery y otros. Incluso antes de que se haya tocado una sola nota en los conciertos de “concientización”, gran parte del mundo desarrollado cree ya que el calentamiento global es el mayor problema del planeta.

Sin embargo, el mundo enfrenta muchos otros grandes desafíos. Nos guste o no, tenemos limitados recursos y una capacidad de atención limitada para las causas globales. Debemos centrarnos primero en lograr el mayor bien para la mayor cantidad posible de personas.

El Consenso de Copenhague reunió a pensadores de primer nivel, entre ellos cuatro Premios Nobel de Economía, para estudiar lo que podríamos lograr con una inversión de US$ 50 mil millones creada para “hacer bien” al planeta.

Examinaron los mejores estudios disponibles y llegaron a la conclusión de que los proyectos que requerían una inversión relativamente pequeña –hacer que quienes sufren de desnutrición reciban micronutrientes, asignar más recursos a la prevención del VIH/SIDA, hacer un esfuerzo adecuado para dar acceso a agua potable a quienes carecen de ella- haría mucho más bien que los miles de millones de dólares que podríamos dedicar a reducir las emisiones de gases de carbono para combatir el cambio climático.

Los activistas de la reducción de las emisiones de gases de carbono arguyen que centrarse exclusivamente en el cambio climático generaría muchos beneficios. Por ejemplo, señalan que las muertes por malaria aumentarán junto con las temperaturas, ya que los mosquitos potencialmente asesinos crecen más en las áreas más cálidas. Y puede que tengan razón. Pero no es tan simple como un eslogan de autoadhesivo: “Luchemos contra el cambio climático y detengamos la malaria.”

Si de algún modo Estados Unidos y Australia reciben inspiración con los conciertos LIve Earth para firmar el Protocolo de Kyoto, las temperaturas aumentarían ligeramente menos. La cantidad de personas en riesgo de contraer malaria se reduciría en cerca de un 0,02% para el año 2085. Sin embargo, el costo del Protocolo de Kyoto serían unos increíbles US$ 180 mil millones al año. En otras palabras, los activistas del cambio climático creen que debemos gastar US$ 180 mil millones para salvar apenas 1.000 vidas al año.

Por mucho menos dinero podríamos salvar 850.000 vidas cada año. Sabemos que la entrega de redes antimosquito y los programas de prevención de la malaria podrían reducir a la mitad la incidencia de la enfermedad para el año 2015, por cerca de US$ 3 mil millones al año, menos del 2% del coste del Protocolo de Kyoto. No es muy difícil ver cuál es la mejor opción.

Algunos argumentarán que el Protocolo de Kyoto no es lo suficientemente fuerte. Sin embargo, como señalo en mi próximo libro “Cool It”, incluso si pudiéramos detener por completo el calentamiento global hoy mismo –lo que es imposible- sólo podríamos reducir las infecciones de malaria en un 3,2% para el año 2085. ¿Deberíamos despreocuparnos de los que están 100% infectados hoy, a quienes podemos ayudar mejor, de manera mucho más barata y con un mucho mayor efecto?

Cuando miramos la evidencia, vemos una y otra vez que las mejores soluciones a los mayores retos del mundo no son aquellas sobre las que más escuchamos. Podríamos salvar muchas más vidas durante condiciones climáticas extremas, por ejemplo, insistiendo en normas de construcción resistentes a los huracanes, que las que salvaríamos comprometiéndonos al objetivo de Live Earth de un 90% de reducción en las emisiones de carbono para el año 2050. Sería más fácil, mucho menos costoso, y en último término haría mucho más bien. De hecho, los expertos del Consenso de Copenhague descubrieron que por cada dólar invertido en la lucha contra el cambio climático al estilo Kyoto, podríamos hacer hasta 120 mayor bien en numerosas otras áreas.

Es encomiable que los organizadores de Live Earth estén tan preocupados del futuro lejano, pero cabe preguntarse porque hay tan poco interés en el presente, que es mucho peor.

No quiero que nadie deje de preocuparse por el cambio climático, sino que deseo fomentar un sentido de perspectiva. Podemos hacer un gran bien a través de iniciativas prácticas y asequibles como la educación sobre VIH/SIDA, prevención de la malaria, y el acceso a micronutrientes y agua potable.

Este es el mensaje que quisiera hacer escuchar: Deberíamos centrarnos primero en las mejores ideas. Lamentablemente, este sábado eso no es lo que vamos a oír.

Bjørn Lomborg es el organizador del Consenso de Copenhague, profesor adjunto de la Escuela de Negocios de Copenhague y autor de “Cool It” y “The Skeptical Environmentalist.”.

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Traducido del inglés por David Meléndez Tormen

Las clases de francés de Nicolas Sarkozy, de Michel Rocard en Project Syndicate

Francia ha elegido –y lo ha hecho con decisión-. El futuro Presidente francés será Nicolas Sarkozy, electo por el 53.1% del voto popular, con una participación de 84.8%, la más alta desde 1981. Estas elecciones fueron particularmente ricas en lecciones.

Se decía que Francia era un país estancado en la apatía y cada vez más desinteresado en la política. En los últimos veinte años el número de ciudadanos empadronados había estado disminuyendo y, de ellos, el número de los que no salían a votar había estado aumentando. Entre los que sufragaban, el número de los que emitían su voto por los partidos de la extrema derecha y la extrema izquierda, es decir, por los partidos que no están capacitados para gobernar –estaba aumentando continuamente.

Todo eso cambió en las dos vueltas de las elecciones de este año. La primera lección, entonces, es que Francia se está repolitizando. Con una participación de los electores que batió todos los récords europeos, el nuevo presidente de Francia tendrá una legitimidad excepcionalmente fuerte.

Segundo, e igualmente importante, el voto extremo se está debilitando. El apoyo al Frente Nacional cuasi fascista de Jean-Marie Le Pen cayó de un 18% en 2002 a un 10% en esta ocasión, lo que representa un avance importante para la estabilización democrática. Del mismo modo, la extrema izquierda, que en conjunto postuló seis candidatos presidenciales, fue políticamente aniquilada. Solamente el candidato trotskista obtuvo más del 4% del voto, mientras que el resto –incluyendo al Partido Comunista francés, que durante más de treinta años obtuvo una proporción estable del 20% de la votación –ganó menos del 2%. Es el fin de una aventura que para nada fue buena para Francia.

La tercera característica de las elecciones fue el surgimiento de un electorado de centro que buscaba distanciarse –de hecho separarse- de la derecha. Este es un suceso crítico en Francia. El valiente candidato del nuevo centro, François Bayrou, logró triplicar su apoyo comparado con el de 2002, con un 17% de los votos, aunque esto no fue suficiente para que pasara a la segunda vuelta.

Era demasiado pronto, en términos del desarrollo de la cultura política francesa, para que se formara una alianza entre Bayrou y la candidata socialista, Ségolène Royal –propuesta que hice antes de las elecciones. La falta de un acuerdo entre Royal y Bayrou para apoyar al ganador de la primera vuelta en la competencia con Sarkozy explica en gran parte la derrota en última instancia de ambos. Pero esto es entendible. Históricamente, el Partido Socialista no tiene una tradición de gobiernos de coalición, mucho menos la de buscar fórmulas de coalición hacia su derecha. Ese día llegará, pero requiere más tiempo.

La cuarta lección se deriva de la postura de Sarkozy como un ultra-liberal clásico. Si bien es muy francés en lo que se refiere a su educación y formación -¡no habla inglés! –, no es ni jacobino ni gaullista. En efecto, la tradición gaullista termina con él.

Sarkozy hizo público su desacuerdo con el Presidente saliente Jacques Chirac sobre la posición de Francia en contra de la guerra de Iraq encabezada por Estados Unidos. El Presidente George W. Bush, que fue el primero en felicitar a Sarkozy, tiene un nuevo aliado en Europa. Sarkozy cree en la eficiencia de los mercados y va a evitar que el Estado intervenga en la economía. De ese modo, contribuirá a la reconciliación de la hasta ahora nacionalista derecha francesa y el conservadurismo moderno como se practica en otros lugares.

La quinta lección puede ser la más grave. La izquierda francesa, representada por los socialistas, ha sufrido su tercera derrota consecutiva en una elección presidencial. Dada la erosión del poder de la derecha y la personalidad no demasiado atractiva de Sarkozy, los socialistas tenían la puerta abierta para ganar.

El desastroso fracaso de la izquierda tiene muchas causas. Pero la más importante, en mi opinión, fue la ausencia de una estrategia clara de parte de los socialistas, que se rehúsan sistemáticamente a tomar las decisiones que la socialdemocracia internacional gradualmente ha aceptado y que actualmente encarna el Partido de los Socialistas Europeos. La izquierda internacional ha optado por un rumbo reformista que incluye, cuando es necesario, coaliciones con socios de centro. La opción reformista acepta plenamente la internacionalización de la economía de mercado actual.

El persistente estatismo y etnocentrismo del Partido Socialista Francés y su renuencia a aceptar coaliciones con movimientos que están a su derecha reflejan su historia violenta y turbulenta y la larga dominación de los comunistas franceses. Pero estas características constituyen un obstáculo para que los socialistas puedan ser el partido en el gobierno y se reflejaron en su programa electoral, que estaba lleno de incertidumbre y de indiferencia hacia Europa y el contexto internacional más amplio. A los electores no les pareció creíble.

Esta lección es tan evidente que el Partido Socialista Francés se enfrenta ahora a una clara opción. O moderniza su programa para acercarse a la socialdemocracia internacional, o entrará en un período de decadencia lenta y prolongada. Los socialistas no tienen más alternativa que participar en un debate que con seguridad será arduo y ruidoso. Pero el resultado es mucho menos claro.

Michel Rocard, ex Primer Ministro de Francia y líder del Partido Socialista, es miembro del Parlamento Europeo.

Copyright: Project Syndicate, 2007.
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Traducción de Kena Nequiz

El buen gobierno empieza por casa, de Joseph E. Stiglitz en Project Syndicate

Finalmente, pareciera que todo el episodio lamentable de Wolfowitz está por terminar. Cuesta creer que permanezca mucho tiempo más en el Banco Mundial y es hora de empezar a pensar más detenidamente en el futuro de esa institución. Desde el principio, critiqué la manera en que fue elegido porque me opongo desde hace mucho tiempo al acuerdo de "viejos camaradas" entre Estados Unidos y Europa, por el cual Estados Unidos siempre nombra al titular del Banco Mundial y Europa, al titular del FMI. Este acuerdo tácito data de la fundación de la institución de Bretton Woods en un momento en que el colonialismo todavía estaba vivo, pero no tiene ningún sentido en el siglo XXI.

Hay informes de que líderes europeos le dijeron a Estados Unidos que si logra que Wolfowitz renuncie rápidamente y sin demasiado alboroto, le permitirán elegir al sucesor de Wolfowitz. Es fácil entender por qué Estados Unidos y Europa quieren seguir haciendo las cosas como de costumbre, pero un acuerdo de este tipo implicaría desperdiciar una oportunidad. No se me ocurre mejor manera de restablecer la confianza en estas dos instituciones venerables que logrando finalmente que la elección de sus presidentes sea transparente.

Una de las lecciones de la debacle de Wolfowitz es que, en realidad, lo que piensan los accionistas y los empleados sobre el liderazgo del Banco sí importa. El mundo tenía prejuicios en su contra desde el principio por su participación en la guerra de Irak. Pero la gente estaba dispuesta a darle una oportunidad. Algunos decían que quizá fuera otro Robert McNamara, el secretario de Defensa norteamericano que ayudó a empantanar a Estados Unidos en la guerra de Vietnam, pero que utilizó su gestión en el Banco como penitencia.

Al principio, había motivos para la esperanza: Wolfowitz fue enérgico a la hora de argumentar a favor del perdón de la deuda y del fin a los subsidios agrícolas. Pero también contrató a viejos amigos y aliados políticos –muchos de los cuales no tenían experiencia en desarrollo- y se aisló de su staff, alejándose de la misma gente cuyo apoyo necesitaba. Como aprendimos en el caso de Larry Summers en Harvard, las relaciones dentro de las instituciones (no solamente con los donantes y los financiadores) importan. En este sentido, Wolfowitz, una persona inteligente y agradable en todo respecto, no se hizo ningún favor.

Peor aún, Wolfowitz no parecía tener una gran visión para el Banco. En lugar de una estrategia de desarrollo, hubo simplemente una expansión de la agenda anticorrupción iniciada por su antecesor, James Wolfensohn.

Mientras me desempeñaba como economista en jefe del Banco Mundial en la gestión de Wolfensohn, había dicho que no hacer frente a la corrupción implicaba el riesgo de socavar el crecimiento y el alivio de la pobreza. Cuando me fui del Banco, estas ideas eran ampliamente aceptadas, y me complacía que Wolfowitz estuviera de acuerdo en seguir adelante con los esfuerzos del Banco. Pero la pelea contra la corrupción siempre debía ser sólo parte de una agenda de desarrollo más integral que era necesaria. De hecho, la efectividad de la deuda podría verse afectada tanto por la incompetencia como por la corrupción.

Desafortunadamente, la agenda anticorrupción del Banco se politizó. Hubo una acometida para darle dinero a Irak –un país plagado de corrupción-, mientras que otros países fueron acusados de corrupción sin la evidencia contundente o los detalles específicos adecuados. Y aquí también se perdió una oportunidad. Los objetivos de la campaña eran loables, pero generó hostilidad y mala voluntad, lo que socavó su efectividad.

El Banco Mundial, en sus esfuerzos por respaldar la democracia y el buen gobierno, debe insistir en los más altos estándares del proceso legal: las acusaciones de corrupción se deben tratar seriamente y la evidencia debe ser entregada a las autoridades nacionales para ser utilizada en procedimientos abiertos, transparentes e independientes. Esto es algo que el sucesor de Wolfowitz debe tener en mente. Para que las campañas anticorrupción sean consideradas efectivas, deben ser justas y transparentes.

Lo mismo es válido para la selección del presidente del Banco Mundial. Todavía existe la posibilidad de arrebatarle la victoria a las garras de la derrota. Lo que ha sido una triste y lamentable saga podría tener un final feliz si el sucesor de Wolfowitz fuera elegido en un proceso abierto y transparente. Esto, es de esperar, es la parte clara del nubarrón que hoy pende sobre el Banco Mundial.

Joseph Stiglitz es premio Nobel de Economía. Su último libro es Making Globalization Work.

Copyright: Project Syndicate, 2007.
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Traducción de Claudia Martínez

La justicia de los vencedores, al estilo iraquí, de Shlomo Avineri en Project Syndicate

Saddam Hussein está muerto, pero no todos los iraquíes lo celebran. Por el contrario, la manera en la que los diversos grupos religiosos y étnicos en Irak respondieron a su ejecución es emblemática de la dificultad que implica mantener unido a Irak como una entidad coherente.

Para la mayoría chiíta, brutalmente oprimida durante mucho tiempo por Saddam y todos los regímenes iraquíes anteriores dominados por los sunitas, la muerte de Saddam simboliza su conquista de hegemonía política. Es más, su regocijo triunfalista es un cruel recordatorio de que cuando los oprimidos se liberan, fácilmente pueden convertirse en opresores.

Para la minoría sunita, expulsada del poder por la invasión norteamericana y que desahoga su frustración con ataques diarios contra la población chiíta y sus sitios sagrados, Saddam seguirá siendo un héroe por mucho tiempo. Los kurdos -que, como los chiítas, fueron víctimas de Saddam durante décadas- se aferran silenciosamente a su independencia de facto en el norte, asegurándose de que nunca más vivirán bajo un régimen árabe.

El primer ministro iraquí, Nuri el-Maliki, que representa a la gobernante coalición kurdo-chiíta, manifestó la esperanza de que el fin del dictador ayude a curar las divisiones sectarias. Pero, por más sinceras que puedan sonar sus palabras, la realidad está avanzando en la dirección contraria y, de hecho, los desagradables intercambios verbales alrededor de la ejecución misma poco ayudarán a disipar la noción de que ésta fue la "justicia de los vencedores" -siendo los vencedores los chiítas y no Estados Unidos.

Nada de esto es un buen augurio para el futuro de lo que deberíamos acostumbrarnos a llamar "el ex Irak". Por cierto, el debate en Washington sobre cómo "reparar a Irak" es irrelevante, ya que algo que no existe más -a saber, Irak como Estado en funcionamiento- no puede repararse. Bajo la apariencia de acuerdos constitucionales inspirados por Estados Unidos, la mayoría chiíta logró atribuirse un poder prácticamente absoluto.

En consecuencia, lo que hace apenas unos meses había parecido desde Washington una transición exitosa a una suerte de gobierno representativo es obviamente una parodia: de la misma manera que bajo el régimen de Saddam, el poder hoy emana del cargador del arma -sólo que hoy el Estado no ejerce un monopolio de los medios de violencia-. Cada milicia, cada ministerio, cada facción política chiíta, tiene sus propias armas, sus propios terroristas y sus propios escuadrones de la muerte -mientras los sunitas siguen usando los arsenales de armas que acumularon bajo el régimen de Saddam para combatir una acción de retaguardia contra el nuevo orden, aparentemente legitimado por las elecciones.

No hay ningún poder -salvo una nueva dictadura violenta- que pueda hacer que chiítas, sunitas y kurdos convivan en un único cuerpo político. El sueño quimérico de Estados Unidos de democratizar de la noche a la mañana a una sociedad profundamente dividida y acostumbrada únicamente a la violencia y la coerción desató una serie aterradora de demonios políticos.

En estas circunstancias, el debate post-Baker-Hamilton en Washington es básicamente irrelevante para el futuro de Irak -aunque siga siendo crucial para el futuro del poder, el prestigio y la reputación de Estados Unidos en el mundo-. El futuro de Irak será decidido por el pueblo de Irak, pero con armas, no con urnas. Estados Unidos y toda la comunidad internacional están absolutamente desprovistos como para tratar con la versión en Oriente Medio de Yugoslavia y sus consecuencias regionales. Y, a diferencia de los Estados sucesores de Yugoslavia, que podrían mirar a Europa, la falta de un legítimo modelo democrático árabe hace que forjar un orden democrático resulte aún más difícil.

Algunos europeos, entre otros, pueden regodearse con el fracaso de Estados Unidos en Irak, y la ineptitud -o algo peor- de la política de post-ocupación norteamericana clama al cielo. Sin embargo, las causas originales de ese fracaso llegan más hondo, hasta la creación de Irak como una entidad artificial en los años 20 por parte de los planificadores imperialistas británicos, que juntaron a tres provincias disímiles del derrotado Imperio Otomano en un Estado que nunca tuvo una identidad coherente.

Por cierto, los cimientos mismos de Irak estaban basados en la justicia de los vencedores: el Imperio Británico, después de vencer a los otomanos, convirtió a los árabes sunitas en jefes supremos en un país en el que eran minoría. Ese arreglo ahora se disolvió tras otro ciclo de justicia de los vencedores.

Las consecuencias de este reordenamiento del poder todavía no son claras. Pero un Estado iraquí coherente -ya sea unitario, federal o confederal- no surgirá de una sociedad en la que una parte de la población ve a Saddam, acertadamente, como un opresor atroz, mientras que otra parte lo reverencia como un héroe y un mártir.

Las guerras siempre tienen consecuencias involuntarias e ironías crueles. En Irak, recién ahora se está tornando evidente que algunos Estados no pueden salvarse sin ser destruidos.

Shlomo Avineri es profesor de ciencia política en la Universidad Hebrea de Jerusalén y fue director general del Ministerio de Relaciones Exteriores de Israel.

Copyright: Project Syndicate, 2006.
Traducción de Claudia Martínez