El lenguaje correcto, que sirve de comodín para los analistas menos comprometidos, se empeña en decirnos todos los días que Pakistán es una pieza clave para la estabilidad de Oriente Medio y para la paz del mundo. Y en aras de esa información, totalmente acrítica, se montan los castillos en el aire con los que se pretende dar una salida democrática a la crisis nacional generada por Musharraf. Pero la realidad dista mucho de esta verdad oficial, y todo empieza a demostrar que, al igual que sucede en otros lugares, lo que Occidente presenta como solución es parte esencial del problema.
Pakistán es en sí mismo un volcán, porque, a pesar de la apariencia de Estado unificado que le dio la descolonización inglesa, constituye una aglomeración de razas, territorios, religiones y culturas que, haciendo de puente entre los mundos árabe e hindú, solo permanece cohesionado por unas élites militares, compactas y corruptas, que se perpetúan en el poder.
Los períodos de democracia son una pátina superficial que jamás ha calado en las estructuras sociales y económicas de un país empobrecido y desigual. Y el Estado, apenas visible para sus ciudadanos, está sustituido por organizaciones tribales que, sobre el hecho de mantener amplios sectores de la población bajo un régimen feudal, están sirviendo de cauce para la implantación de un fundamentalismo islámico que se expande como la pólvora.
Por eso hay que tener muy claro que este Pakistán -artificial, militarista, dictatorial y deslavazado- solo es esencial para la política exterior norteamericana, que trata de incendiar la frontera entre dos mundos -Afganistán, Irán e Irak- utilizando a Pakistán e Israel como cortafuegos de seguridad. El papel de Pakistán solo es esencial para esta política, no para otras. Y esa especialización estratégica se pone de manifiesto en dos procesos complementarios que encierran a los paquistaníes en un infierno sin salida. Porque, además de ser cierto que Pakistán es una pieza clave de la desgraciada política exterior americana, también es verdad que a la Casa Blanca solo le sirve este Pakistán artificioso, cautivo de élites proclives a Occidente.
Todo lo demás -una democracia integradora y pacífica, o una posible segregación de las partes irreconciliables, como la que se practicó en Bosnia y Kosovo- son inaceptables para Washington, que, en vez de ver a Pakistán como un territorio lleno de paquistaníes, solo lo ve como una frontera de choque con el área de influencia china y como un cortafuegos para las arriesgadas operaciones de remodelación estratégica del Medio Oriente. Y eso es tanto como decir que ya tenemos servida otra guerra, aunque sea, esta vez, de baja intensidad.
