La Coctelera

Categoría: La Voz de Galicia

La epidemia de errores llega a Pakistán, de Xosé Luís Barreiro Rivas en La Voz de Galicia

El lenguaje correcto, que sirve de comodín para los analistas menos comprometidos, se empeña en decirnos todos los días que Pakistán es una pieza clave para la estabilidad de Oriente Medio y para la paz del mundo. Y en aras de esa información, totalmente acrítica, se montan los castillos en el aire con los que se pretende dar una salida democrática a la crisis nacional generada por Musharraf. Pero la realidad dista mucho de esta verdad oficial, y todo empieza a demostrar que, al igual que sucede en otros lugares, lo que Occidente presenta como solución es parte esencial del problema.

Pakistán es en sí mismo un volcán, porque, a pesar de la apariencia de Estado unificado que le dio la descolonización inglesa, constituye una aglomeración de razas, territorios, religiones y culturas que, haciendo de puente entre los mundos árabe e hindú, solo permanece cohesionado por unas élites militares, compactas y corruptas, que se perpetúan en el poder.

Los períodos de democracia son una pátina superficial que jamás ha calado en las estructuras sociales y económicas de un país empobrecido y desigual. Y el Estado, apenas visible para sus ciudadanos, está sustituido por organizaciones tribales que, sobre el hecho de mantener amplios sectores de la población bajo un régimen feudal, están sirviendo de cauce para la implantación de un fundamentalismo islámico que se expande como la pólvora.

Por eso hay que tener muy claro que este Pakistán -artificial, militarista, dictatorial y deslavazado- solo es esencial para la política exterior norteamericana, que trata de incendiar la frontera entre dos mundos -Afganistán, Irán e Irak- utilizando a Pakistán e Israel como cortafuegos de seguridad. El papel de Pakistán solo es esencial para esta política, no para otras. Y esa especialización estratégica se pone de manifiesto en dos procesos complementarios que encierran a los paquistaníes en un infierno sin salida. Porque, además de ser cierto que Pakistán es una pieza clave de la desgraciada política exterior americana, también es verdad que a la Casa Blanca solo le sirve este Pakistán artificioso, cautivo de élites proclives a Occidente.

Todo lo demás -una democracia integradora y pacífica, o una posible segregación de las partes irreconciliables, como la que se practicó en Bosnia y Kosovo- son inaceptables para Washington, que, en vez de ver a Pakistán como un territorio lleno de paquistaníes, solo lo ve como una frontera de choque con el área de influencia china y como un cortafuegos para las arriesgadas operaciones de remodelación estratégica del Medio Oriente. Y eso es tanto como decir que ya tenemos servida otra guerra, aunque sea, esta vez, de baja intensidad.

Repicar y estar en la conclusión, de Roberto L. Blanco Valdés en La Voz de Galicia

Es posible que, como -con impúdica autocomplacencia- sostienen sus portavoces, Touriño se ausentara de la votación del dictamen del Gaiás porque el presidente «solo atiende a sus principios» y «hace lo que piensa al margen de beneficios o perjuicios».

Es posible. Aunque, visto desde fuera -es decir, sin la necesidad de justificar al propio jefe- cabe una interpretación bastante diferente: la de que la ausencia de Touriño, o es fruto de la debilidad, o del oportunismo.

Lo primero resulta muy plausible. Si el presidente creía que el dictamen del Gaiás no debía ir a la Fiscalía, según el propio texto establecía, tendría que haber empleado toda la autoridad que se le supone para lograr que el Grupo Socialista, siguiendo su criterio, o forzase la retirada de la decisión objeto de litigio o, en su caso, lo rechazase. Visto el resultado, si las cosas hubieran sucedido así, Touriño habría sido desautorizado en toda regla por su grupo.

La hipótesis del oportunismo tampoco puede descartarse, pues la tentación de jugar a todas las cartas suele ser irresistible. El Grupo Socialista hace una cosa y Touriño la contraria, de modo que, sea cual sea la decisión de la Fiscalía, los socialistas ganan siempre: si el fiscal da curso a la denuncia, gana el grupo y, si la archiva, gana el presidente.

A la postre, todo este enredo del dictamen constituye una muestra inmejorable de la confusión que domina una vida pública en la que los líderes políticos proclaman lo que en cada momento les conviene, convencidos de que los ciudadanos tragarán.

Es verdad que los dos grupos con capacidad para imponer el dictamen del Gaiás (PSdeG y BNG) podían incluir o no en su texto afirmaciones de las que cupiera deducir no solo la existencia de graves irregularidades de gestión, sino también de responsabilidades penales por lo actuado en la Ciudad de la Cultura. Lo que no parece, sin embargo, razonable es incluir imputaciones delictivas y pedir luego que el dictamen no se remita a la Fiscalía, aludiendo a la necesidad de no judicializar la vida política.

¡Seamos serios! Si quiere evitarse esa judicialización no deberían realizarse imputaciones delictivas con la esperanza de que todo el daño sea para el acusado y ninguno para el acusador, que, negándose a acudir al fiscal, se vería así exento del perjuicio que podría derivarse para él de una acusación sin fundamento. Considerar esa actitud como una muestra de la voluntad de no judicializar la política constituye un cuento chino, pues en realidad se trata de otra cosa: de tirar la piedra y esconder la conclusión. O, aun mejor, de tratar de pescar pepes sin mojarse el cu... tis, que es como me permite decirlo el libro de estilo de La Voz de Galicia.

El que avisa no es traidor, de Ernesto Sánchez Pombo en La Voz de Galicia

Aviso. Un servidor de todos ustedes, a partir de ya mismo, se va a poner ciego de bajar de la red música, imágenes, largometrajes, cortometrajes, documentales y cuanto se le ponga por delante. Con el debido respeto de artistas, titiriteros, comediantes, saltimbanquis, actores, estrellas, virtuosos, barítonos; de Teddy Bautista, de Rodríguez Zapatero y de todos los demás miembros del Gobierno. El que avisa no es traidor.

Porque resulta que a uno, que le queda tan lejos eso de bajar música o cine de Internet como pasearse por el Valle de los Reyes de Luxor de la mano de Carla Bruni, le acaban de endilgar un nuevo impuesto, por si las moscas. Por si en algún momento tuviera la ocurrencia de hacer lo que no se debe hacer. Como si cuando entramos en la autopista nos sancionan con 300 euros, por si pudiéramos sobrepasar el límite de velocidad. Por si tuviéramos pensado obrar mal, ya van tomando medidas preventivas, después de tanto criticar al pensador Aznar por actuar siempre de forma preventiva.

El canon digital es un impuesto, endosado al presidente Zapatero por sus organilleros del mundo del espectáculo. Es un impuesto que, como los demás, ha de ser público y no puede ser gestionado por una entidad privada como la SGAE. Es un impuesto que no va a solucionar la crisis del sector porque con actores como Silvia Tortosa y cantantes como Paulina Rubio no hay quien la solucione. Y, en fin, es un impuesto que irá a parar a los bolsillos de los grandes, pero nunca de los que lo necesitan.

Para lo que está muy bien el nuevo canon digital es para revelarnos lo que hacen las malas compañías. Los Bautistas, los Bardem, las Velasco y los Víctor y Ana aconsejaron al presidente Zapatero que le colocara a todo un país la etiqueta de malhechores. Y un servidor de ustedes está encantado. Porque ahora mismo empieza a bajar música gratis. Para eso paga el canon. Y el que avisa no es traidor.

Un patriota gallego, de Fernando Ónega en La Voz de Galicia

Hace muchos años que no compro pan el día de Nochebuena. En mi casa se cenó esa noche tan señalada pan de Lalín, porque un hombre de Lalín, Xosé Cuíña, se encargó de enviármelo, y yo lo recibí como una enorme expresión de cariño que no puedo olvidar. Esta última Nochebuena también me ha llegado, a pesar de que Cuíña estaba en el hospital. Le llamé, pero solo pude hablar con su conductor. No podía imaginar que esas hogazas eran la última expresión de su afecto. Durante años fue un obsequio de poco valor material. Pero era pan gallego. Era pan de mi tierra. Contenía una cura de morriña. Hoy lo cuento, porque necesito contarlo. Y para aclarar que cuanto vais a leer tiene tanto de respeto político como de aprecio a la persona.

Galicia ha perdido ayer a un patriota. Un patriota gallego, que llamaba a su tierra «nai e señora». Con su muerte se ha truncado algo más que la biografía de un hombre que recorrió todas las escalas de la política, desde la alcaldía de su pueblo al puesto de hombre fuerte de la Xunta. Pudo haber regido los destinos de Galicia, si no fuera por lo ocurrido: no era simpático a quienes pensaban que el problema del Partido Popular gallego era el «aldeanismo» ?-la boina- que Cuíña representaba.

Y una parte importante, la más influyente del partido en la dirección de Madrid, se dedicó a fomentar esa imagen y a aplicar la técnica que mejor practican los conspiradores: esperar a que cometiera un pequeño error para cortar su cabeza. Y el error estuvo en las palas del chapapote. Aquel día de enero del 2003, Cuíña no dimitió como conselleiro. Fue destituido, porque lo obligaron a dimitir.

Se quiso, y se consiguió, apartar de la primera línea a un líder natural al que se criticaba por populista. Y lo fue. Cuíña fue un populista, pero no en el sentido caciquil de algunas críticas, sino en el significado noble del término: era un hombre de pueblo, que hablaba como las gentes del pueblo, que entendía el lenguaje y la inquietud del campesino. Ese populismo tan denostado fue un vivero del votos del Partido Popular. Fue el que le facilitó las mayorías absolutas. Fue el tono que le dio credencial de galleguidad al partido. Y fue, en el fondo, el puente que unía sentimientos de Castelao y de la derecha estatal.

Estos últimos cinco años, el luchador de Lalín se debatió en un conflicto que no consiguió superar. De la misma forma que quiso galleguizar el PP, quería promover un partido nacionalista gallego de centro-derecha, con un modelo parecido al de Pujol. Soñó con volver a empezar desde abajo, como concejal de Lalín, y hacer de Lalín su pista de despegue. Pero, cada vez que se ilusionaba con la idea, le frenaba su lealtad: no podía abandonar el PP. Y menos, construir algo que provocara una escisión. Esa misma lealtad le llevaba a seguir queriendo a Manuel Fraga, el hombre que lo aupó y el instrumento usado para derribarlo.

Xosé Cuíña fue un prisionero de sus lealtades. A veces pienso que sufrió su primer infarto por esa tensión íntima que terminó por desgarrarle el corazón.

En memoria de Xosé Cuíña, de Xosé Luís Barreiro Rivas en La Voz de Galicia

A Xosé Cuíña, el todopoderoso delfín, le quedan dos días de gloria, en los que todos hablaremos de él y cantaremos sus maravillas, y una fría historia de olvidos, hacia la que todos caminamos de forma inexorable. También le quedará en su familia -para mí muy querida- un caudal perdurable de ausencias, y la dulce memoria de los que fuimos sus amigos antes de que tuviese tanto poder y después de haberlo perdido. Porque Xosé Cuíña Crespo, el hijo del molinero de Prado, se ha derrumbado con el mismo fulgor con el que entró en la escena. Y todo lo que fue y representó en la política de este país empezará a fundirse, en la tarde del fin de año, con la neblina del tiempo.

Porque fui su amigo en el alma, a quien di las llaves de mi casa, conocí por igual sus virtudes y defectos, aunque nunca sabré si fueron virtud o pecado nuestra ambición compartida, que un día nos separó, y nuestra caída en desgracia, que nos reunió otra vez. Fue un gestor inteligente, un trabajador incansable y un gallego sin afectaciones. Pero no supo ver, ni quiso aprender, que hay vida después de la política. Y por eso transformó su injusto destierro a la segunda línea en una melancolía del poder que nunca le abandonó.

A sus cargos de alcalde de Lalín, de presidente de la Diputación de Pontevedra, de diputado en O Hórreo y de conselleiro de Política Territorial, se llevó una idea de nuestra juventud -la vertebración- que quiso convertir en la estrella polar de su firmamento galaico. Hasta que, en el último café que nos sirvió de Peripato, tuvo que reconocer que la política es una máquina difícil de pilotar, que siempre le cierra al conductor la perspectiva del tajo, y que muchos caminos que vamos apisonando con las ruedas delanteras se convierten en campos minados cuando pasan las traseras. «Por eso -concluimos- se nos olvida tan pronto».

«Si la muerte de un viejo es un atraque en el puerto -decía Plutarco-, la de un joven es un naufragio en la mar». Y es evidente que Pepe se nos fue muy temprano, sin darnos tiempo a reconducirlo a la fecunda tierra de los ciudadanos de a pie, y sin que nadie -ni él mismo- pudiese ver su azarosa historia política convertida en una lección de la vida. Por eso le debemos un rescoldo prolongado en la memoria. Aunque solo sea para devolverle el crédito que le quitaron con su injusta caída, y para que quede muy claro que la memoria de los grandes políticos no la administran sus partidos, gracias a Dios, sino la gente de toda condición.

Mi amistad con Pepe no fue un camino de rosas. Y, aprovechando el momento de mayor distancia, levanté entre él y yo un injusto muro de soberbia. Aunque ahora, llorando por él, sé que siempre fuimos amigos.

Un asesinato que nos afecta, de Inocencio F. Arias en La Voz de Galicia

El frente de Irak mejoraba, muchos menos atentados, el de Irán bajaba en tensión, se frenó la construcción de proyectiles nucleares?, y ahora estalla con toda crudeza el de Pakistán. El asesinato de Benazir Bhutto abre una sima en el país de consecuencias inciertas no solo para Pakistán.

En Estados Unidos, el hecho, que inundó ayer la primera de todos los medios, provoca enorme inquietud. No debería sernos indiferente. La estabilidad de Pakistán está en juego y el país no es una islita perdida en el Pacífico y, dato esencial, tiene varias bombas atómicas. Es un elemento clave para que los talibanes ?-que originaron una guerra- no vuelvan a Afganistán y para coartar los movimientos de Al Qaida. Que pueda controlarlas, después de una revolución, un régimen loco inquietaría inmediatamente a la India, 1.100 millones de habitantes, adversaria contumaz de Pakistán y también poseedora del arma, lo que inquietaría a China, lo que inquietaría a Japón?

Bhutto, que valientemente regresó al país hace tres meses y que abogaba por la democratización de este y por una mayor secularización, está marcada por la contradicción y la tragedia. En el terreno personal, como los Kennedy, los hados le han sido funestos. En el político vienen las contradicciones. Apóstol de la regeneración democrática, tiene un pasado como jefa de Gobierno un tanto ambiguo. Sus dos períodos estuvieron marcados por la corrupción y por su carácter autoritario. Defensora a ultranza de la emancipación de la mujer, aceptó un matrimonio arreglado por su madre. Era culta, estudió en Oxford y Harvard, ingeniosa, inteligente y maniobrera. Su desprecio al peligro le ha costado la vida.

La paternidad del atentado, aunque los entusiastas seguidores de Bhutto apunten al presidente paquistaní, parece ser de los extremistas islámicos. Al Qaida, que son los que tenían más que perder si regresaba al poder en las elecciones del día 8. Ese resultado electoral era el deseado por Estados Unidos, que había diseñado el regreso de Bhutto para que pactando con su enemigo el presidente Musharraf alumbrara un Gobierno salido de las urnas con Benazir de primera ministra y el general manteniendo la presidencia. Era la salida democrática soñada por la Administración de EE.?UU.

Alguien ha dicho que Pakistán está al borde la guerra civil. Suena a alarmista, pero el problema es saber qué ocurre ahora. El partido de la señora Bhutto, el PPP, está descabezado, pero, si se inventa una cabeza, podría sacarle rédito en las urnas al «efecto mártir». El otro partido civil importante, el de Shariff, ha dicho que boicoteará las elecciones. El presidente Musharraf podría haber caído en la tentación de, ante los crecientes disturbios por el asesinato, decretar el estado de emergencia y aplazarlas. Pero ha decidido mantenerlas.

Otro efecto que nos concierne: el magnicidio de la Bhutto ha entrado en la campaña electoral americana. Puede incidir en las primarias del miércoles al favorecer a algún candidato y descartar a otro. Lo que no debería dejarnos fríos.

El último gran crimen político, de Fernando Ónega en La Voz de Galicia

Pakistán nos queda muy lejos. Tan lejos como para ser un país desconocido para la inmensa mayoría de los españoles. Pero Benazir Bhutto, una mujer de la misma edad que José María Aznar, tenía tal fuerza mediática que su imagen resultaba familiar para los mismos ciudadanos que desconocemos su país. Era una mujer atractiva, de palabra ardiente y culta, formada en las mejores universidades del mundo. Era una valiente, a la que no han detenido ni las acusaciones de corrupción ni la enemistad de una oposición radical. Era una visionaria, en el buen sentido de la palabra, que se sentía llamada a llevar la democracia a una nación minada por el fundamentalismo. La oportunidad estaba en las urnas. Y contaba con el apoyo de las potencias occidentales.

Pero no pudo llegar. La frenó en seco, cruelmente, un atentado en un mitin en Rawalpindi. Tenía que ocurrir, y ella lo intuía. El día que regresó a Pakistán después de ocho años de exilio fue recibida con una traca de bombas: más de 120 muertos y centenares de heridos. Era el saludo y el aviso de los anónimos enemigos de la mujer y de la democracia. En aquel momento confesó que esperaba más ataques, pero siguió su camino. Solo le permitieron recorrerlo durante 69 días. La última etapa la hizo a hombros de quienes la recogieron difunta.

Ayer la vi, en su última foto. Estaba como siempre, con su velo blanco, su rostro casi occidental, su sonrisa que ahora parece tan triste, su vestido azul y sus brazos abiertos. Le habían aconsejado que no se pusiera a tiro, pero ella menospreció el peligro, porque quería sentirse cerca del pueblo. De su pueblo. Esperaba ese ataque, o cualquier otro ataque, pero alguien que se siente llamado a una operación histórica confía, sobre todo, en el destino. Así se titula su libro de memorias: Hija del destino. Y el destino la puso a tiro de los asesinos.

Yo creo que la mirábamos con simpatía, porque nunca habíamos creído las acusaciones de corrupción de sus enemigos. Nos sentíamos atraídos por su aventura imposible, porque teníamos la necesidad de ver a una persona de corte occidental al frente del gobierno de un país islámico. Nos seducía el afán de una dirigente política que habla de democracia, de libertad y derechos sociales en naciones donde solo se impone la ley del sable y otros tratan de imponer la dictadura del terror. Todas esas esperanzas e ilusiones se han truncado de golpe. Todo se ha vuelto decepción.

El asesinato de Benazir Bhutto es el último gran crimen político. Es la última puñalada en una región del mundo que siente la atracción del abismo. La historia dice que esos crímenes nunca vienen solos. Son seguidos por una enorme sangría. A veces la llaman guerra civil.

Adiós a la democracia en Pakistán, de Gonzalo Parente en La Voz de Galicia

La aspirante a la presidencia de Pakistán, Benazir Bhutto, era la esperanza para un país enormemente conflictivo. Musulmán con capacidad para emplear el armamento nuclear, con un régimen de dictadura militar y en cuyas fronteras se refugian los guerrilleros talibanes afganos y terroristas de Al Qaida, su presidente, el general Musharraf, acababa de suprimir la ley marcial por la fuerte contestación que le hacían los jueces y los religiosos islámicos ante unas elecciones a las que se iba a presentar.

La señora Bhutto había regresado del exilio al que la había enviado el líder actual después de un golpe de Estado, cuyo régimen ahora estaba tocando a su fin. Por ello Musharraf tuvo que renunciar a la jefatura del Ejército. La llegada de Benazir Bhutto hace tres meses supuso una esperanza de alcanzar la democracia en un país islámico. Pero nada más llegar del exilio a Pakistán, sus partidarios le dieron una gran bienvenida el 18 de octubre pasado, y ya ese mismo día un suicida trató de matarla, si bien no lo consiguió, aunque murieron 150 personas.

Si la señora Bhutto hubiese alcanzado el poder ocurrirían cambios estratégicos importantes. Primero, llegaría la democracia a un país de gran peso geopolítico al sur de Asia, con mucha influencia en todo el mundo islámico. Segundo, las bases que viene usando el terrorismo islamista en Pakistán se cerrarían, toda vez que la aspirante a la presidencia había afirmado que si alcanzaba el poder lucharía contra los talibanes y Al Qaida en su territorio, y si el Ejército paquistaní no era suficiente, pediría la ayuda a los norteamericanos.

La imagen de la asesinada contrasta con la del líder actual, presentando a una atractiva y refinada mujer islámica, educada en Harvard y Oxford, que podría ganar las elecciones en ese complicado país donde además existe un conflicto con la India por los territorios de Cachemira. Por todo ello esta mujer contaba con las simpatías de las principales potencias mundiales. Tanto Rusia como Estados Unidos han condenado el asesinato de la líder paquistaní que había concentrado tantas esperanzas para la democratización de este importante país. La desestabilización de Pakistán rompe la base que podría facilitar la pacificación de países vecinos, como Afganistán e Irak. El Ejército paquistaní había sido acusado de no emplearse a fondo contra los talibanes y Al Qaida, que seguramente ahora estarán celebrando el atentado como una victoria. Pero queda la esperanza de que el general Musharraf sea capaz de controlar otra vez la ola de terrorismo que sin duda va a desatarse para ganar una base segura en el país. Es curioso lo que sucede con los conflictos en esta región de Oriente Medio; cuando parece que se inicia la pacificación de Palestina e Israel en el Norte, se recrudecen los conflictos en el Sur. ¿Será que el mundo islámico tiene su propia dinámica histórica y no se le puede empujar para pasar a unos sistemas sociales y políticos que la mayoría no aceptan?