La Coctelera

Categoría: La Vanguardia

Cumbres lejanas, de Magí Camps en La Vanguardia

LETRA PEQUEÑA

En tiempos del president Pujol, cuando Jesús Quintero era El loco de la colina, corría el chiste de que nunca le permitirían hacer el programa en catalán porque sería El boig del pujol. Sinónimos para la colina hay un montón: loma, altozano, cerro, collado, otero, montículo... Del mismo modo que para cima tenemos pico, cúspide o cumbre. Y esta última tiene otro sentido, metafórico, heredado del inglés. La política anglosajona bautizó las reuniones internacionales entre jefes de Estado con la palabra summit, porque por encima de esos políticos de mayor rango internacional ya no había otra cota posible. En nuestro país, el calco cumbre se empezó a usar en la transición (conferencia cumbre) y, prudentes, lo escribíamos entre comillas (en aquella época en La Vanguardia aún no se empleaba la cursiva).

El nuevo sentido gustó tanto -los periodistas somos, al fin, víctimas de nuestras propias modas léxicas- que la Academia no tuvo más remedio que incluirlo en su diccionario, de modo que cumbre perdió el resalte tipográfico -las comillas o la cursiva- y, desde hace unos lustros, ya la escribimos en letra redonda.

Pero los políticos también son hábiles con las palabras: las saben emplear y, si es necesario, tergiversar. Así, no es extraño que algún jefe de la oposición, para darse lustre, haya pedido a su presidente autonómico "celebrar una cumbre". El error es de base -semántica, claro-, porque una cumbre es una "reunión de máximos dignatarios nacionales o internacionales para tratar asuntos de especial importancia", reza el diccionario. Si se quiere, desde que Catalunya es una nación de preámbulo, podemos llamar cumbres a los encuentros del presidente de la Generalitat con otros presidentes de nación. Pero a los jefes de la oposición aún no se les ha permitido reunirse en tan altas cimas.

Si no queremos vaciar de contenido la tan celebrada cumbre, no podemos perder la perspectiva semántica.

mcamps@ lavanguardia. es

Pioneros del diseño, de Oriol Pi de Cabanyes en La Vanguardia

El diseño empezó siendo dibujo publicitario: el dibujo al servicio de un texto con finalidades comerciales. Al principio, pues, la también llamada "plástica publicitaria" ilustraba un escrito, sin pensar que la imagen no sólo reforzaba sino que podía transmitir ya en ella misma el mensaje. Generalizada esta idea, la imagen se independizó del texto y en cierta manera lo suplantó, al considerar también a la escritura sólo en su mera forma. Y en ello estamos.

El diseño gráfico, que es como ahora se le llama, busca la máxima efectividad con el mínimo de elementos. Y, ya que es una "pragmática del ojo", en la feliz definición de Pla-Narbona, uno de sus grandes, busca resultados por el impacto visual y tiende a lo básico prescindiendo de florituras distractivas. El mejor diseño es el que, siendo lo más económico posible en recursos, es el que mejor se adapta a las necesidades de comunicación a las que sirve. El que obtiene más con menos.

Hace unos años, todo lo relacionado con el mundo del diseño era considerado tan glamouroso que se popularizó aquello de "¿estudias o diseñas?". Pero lo cierto es que, antes de que existieran por aquí escuelas donde estudiar técnicas de diseño, prestigiaron el oficio unos precursores que, sin ellos saberlo, estaban creando una profesión nueva, "abriendo a las generaciones posteriores una nueva forma de relacionarse con la comunicación y al disfrute de una forma atractiva de proponerla".

Lo escribe Emilio Gil en la justificación del gran libro Pioneros del diseño gráfico en España,con un excelente estudio de conjunto de Anna Calvera, en el que se repasa la trayectoria de los mejores de aquellos pioneros del diseño gráfico en España (la mayoría de ellos, catalanes) entre 1939 y 1975. Y son Josep Artigas, Alexandre Cirici-Pellicer, Armand Domènech, Elías & Santamaría, Jordi Fornas, Fermín Gabayo, Daniel Gil, Ricard Giralt Miracle, Ernest Moradell, Antoni Morillas, Joan Pedragosa, Manolo Prieto, Julián Santamaría, Tomàs Vellvé y el ya citado Josep Pla-Narbona, que, siempre gran dibujante y ahora dedicado del todo a la pintura, expone estos días en el Museu Monjo de Vilassar de Mar, que dirige Francesc Rodon.

En este libro no hay ningún diseño realizado con ordenador. Ahora que las facilidades técnicas que permite la informática parecen haber reducido, paradójicamente, la nómina de diseñadores realmente vocacionales, con auténtica creatividad artística, es bueno que tengamos presentes a aquellos grandes pioneros del diseño que, sintiéndose gentes de cultura en el sentido más amplio de la palabra, o sintiéndose continuadores de una tradición artística en la que la mano todavía no había sido sustituida por la máquina, bien merecerían ver reconocidas sus obras en un museo específico.

Un año para hacer el PAM, de Enric Sierra en La Vanguardia

Ya se ha cumplido el primer medio año de la legislatura. En el caso de Barcelona, como en cada mandato, estos primeros meses han servido para elaborar un plan de trabajo de todo el mandato en el que se incorporan las actuaciones que se deben llevar a cabo tanto a escala de barrio y distrito, como a escala global de ciudad. La experiencia acumulada en todos estos años de democracia municipal debería haber hecho reflexionar a los gobernantes sobre el método que se sigue a la hora de elaborar este plan, oficialmente llamado Programa de Actuación Municipal (PAM). Los mandatos de cuatro años ya son cortos, pero todavía se convierten en más breves si nos pasamos casi un año debatiendo qué caray hay que poner en el dichoso PAM.

Desde el Consistorio me dirán que hay que hacerlo así para garantizar la participación de la ciudadanía en la redacción del plan y eso requiere reuniones con los vecinos y, por tanto, tiempo. Tienen razón, pero la cuestión es que todo este proceso se puede adelantar y llevarlo a cabo durante la precampaña y campaña electoral. Ese es el momento idóneo, ya que es cuando los partidos elaboran sus programas electorales. Los barrios pueden también redactar su carta a los Reyes, su plan de futuro, y los partidos, asumirlo o no, con plazos más largos o más cortos. El grado de compromiso que adquiera cada uno de los partidos con esos planes vecinales podrá determinar también el nivel de confianza, es decir de voto, que puedan obtener en las elecciones.

Una vez escrutado el resultado, los partidos sólo deberían aplicar el compromiso alcanzado con la ciudadanía sin tener que volver a elaborar un nuevo plan que hace perder una cuarta parte del mandato. En el caso concreto de Barcelona, el proceso de participación ha atraído a casi 30.000 personas que han realizado cerca de 100.000 aportaciones. Unas tres propuestas por cada ciudadano que ha participado. Está claro que todas no se podrán realizar y otras se deberán priorizar. Una vez hecho esto, el gobierno en minoría necesitará de, al menos, uno de los tres partidos de la oposición para aprobar el PAM. Esta cuestión no será fácil porque los tres meses que quedan de aquí a las elecciones generales serán políticamente inhábiles para el Consistorio, dado que ningún partido se querrá significar.

Así que nos vamos a un año sin hoja de ruta. ¿Se puede permitir una ciudad como Barcelona tirar por la borda el 25% del mandato? Los ciudadanos demandan mucha más agilidad y procesos de participación constantes y permanentes en el tiempo, no cada cuatro años. Ese es el reto. Sería más productivo y la ciudad lo agradecería.

esierra@ lavanguardia. es

En la muerte de Benazir Bhutto, de Fred Halliday en La Vanguardia

Pakistán, un país sumido en la convulsión

En términos de sus consecuencias, los asesinatos políticos -o si se quiere los magnicidios- presentan abanico. Algunos de radicalmente la historia e inauguran una nueva fase en la política del país, en tanto que otros no dan paso fundamentalmente a nuevas eras. El siglo XX, época jalonada de asesinatos, guerras y descubrimientos, aportó numerosos ejemplos al respecto: en su faceta más dramática, el asesinato del archiduque Francisco Fernando en Sarajevo en junio de 1914 condujo no sólo a la Primera Guerra Mundial sino también al desmoronamiento del orden de cosas anterior en Europa y Oriente Medio. El asesinato del líder comunista afgano Mir Akbar Khyber en abril de 1978, inadvertido a ojos de la mayoría de los observadores extranjeros, pero con enormes consecuencias para su país y para su vecino Pakistán, condujo al golpe prosoviético en el mismo mes. Siguieron tres decenios de guerra y se propagó la violencia islamista en el mundo. En la moderna historia española, las muertes en 1923 de Primo de Rivera y, en 1973, de Luis Carrero Blanco fueron también momentos de cambio dramático, de diversas consecuencias.

En materia de asesinatos, según parece, el siglo XXI escribirá sin duda su propio capítulo sangriento y singular. Ya hemos presenciado asesinatos de consecuencias políticas importantes o que auguran episodios dramáticos: el asesinato del líder libanés Rafiq al Hariri en el 2005 polarizó aún más la política nacional y regional de su país, aunque no fue el primero ni el último de las voces críticas de Siria en la historia reciente de ese país. Suele olvidarse que los acontecimientos del 11-S fueron precedidos por los del 10-S, la muerte en el norte de Afganistán del líder guerrillero Ahmed Shah Masud, asesinado por agentes de Bin Laden que simulaban ser periodistas y deseosos, como anticipo de la operación prevista en Nueva York, de liquidar al único líder afgano capaz de desafiar el régimen vigente en Kabul. Y ahora, el asesinato de Benazir Bhutto, anticipado por ella misma: la política de Pakistán y de hecho del conjunto de Asia occidental se sumerge en una incertidumbre cuyos efectos exceden en gran medida las fronteras de su país.

Nadie que como yo mismo se haya reunido con Benazir Bhutto y haya conversado con ella podrá olvidar tal experiencia. Era mujer de gran inteligencia, resolución y agallas combinadas con todo el encanto, cultura y a veces grandilocuencia propia de la elite asiática poscolonial (acuden a la mente los nombres de Salman Rushdie, Tariq Ali, Imran Jan, que no son mancos a la hora de mostrar su ego o su lengua afilada). Como al fundador de Pakistán, Mohammed Ali Jinnah, a Benazir le encantaba sostener su vaso vespertino de whisky, y como a las elites políticas de los cuatro estados herederos del imperio británico (British Raj),a los que cabría añadir Birmania, Benazir hizo gala de su compromiso político firme y leal respecto de la memoria de los familiares próximos que habían perdido la vida en asesinatos políticos: su padre Zulfiqar Ali Bhutto, primer ministro de 1973 a 1977, a quien oí hablar en la Oxford Union a mediados de los sesenta, cuando era ministro de Exteriores (muerto por el ejército pakistaní en 1979); gran orador, impulsivo y enérgico. Benazir, como antes Sanjay Gandhi en India, Aung San Suu Kyi en Birmania - cuyo padre fue asesinado cuando era primer ministro en 1946-, Sirimavo Bandaranaike en Sri Lanka - cuyo marido, primer ministro, había sido asesinado anteriormente- y la viuda del líder de la independencia de Bangladesh, Mujib, asumió el legado de su padre como una obligación y asunción de legitimidad, como también un billete para el poder político y la riqueza económica. Cuando en una ocasión, en casa de su biógrafo estadounidense, le censuré que en calidad de mujer laica hubiera apoyado a las guerrillas islamistas en Afganistán, puso fin abruptamente a la conversación con las palabras: "¡Era la política de papá!". Me quedé sin respuesta.

Como han señalado numerosos analistas, Benazir Bhutto tenía el talante ambicioso y despiadado de su profesión: la vi por última vez en su exilio en Londres un tanto apartada de los focos tras haber sido destituida como primera ministra por segunda vez en 1996: me persuadió para organizar una reunión sobre su figura en la London School of Economics. Me mostré de acuerdo, a condición de que no fuera yo quien la presentara. El fotógrafo del centro no debía fotografiarla. En el momento previsto y mientras se apiñaban sus seguidores para presenciar su intervención, Benazir atendió una llamada de su móvil y, con semblante afligido, nos comunicó que debía regresar a casa pues había olvidado las notas de la conferencia. Como pudo comprobarse más adelante, se trataba de una estratagema habitual en ella para elevar la temperatura de la sala. Cumplido el ritual y totalmente serena - hora y media más tarde-, ante un auditorio embargado del clásico júbilo asiático propio de la ocasión, se metió al auditorio en el bolsillo. Fue una velada redonda, para ella y para los estudiantes.

Por mi parte, concluida la velada y sana y salva mi invitada, opté por volver a mi despacho y responder unos cuantos correos electrónicos. No volví a verla, pero mi colega Geoffrey Stern la visitó posteriormente en Dubai: la encontró sin cambios, impertérrita. En una ocasión, cuando Stern grababa una serie de entrevistas a destacados políticos y líderes (entre ellos, Helmut Schmidt, Edward Heath y Lee Kuan Yew), preguntó a Bhutto qué echaba de menos, sobre todo tras adoptar la decisión de entrar en la política y aspirar al cargo de primera ministra. Benazir contestó: "¡Echar un trago con los amigos!", palabras que rogó que no se incluyeran en el texto publicado. Sin embargo, esta salida - como la trayectoria un tanto escénica de su vida pública- da idea de su carácter y estatura humana.

F. HALLIDAY, profesor visitante del Institut Barcelona d´Estudis Internacionals (IBEI) y profesor de la London School of Economics. Traducción: José M. ª Puig de la Bellacasa.

China, entre el crecimiento y la justicia social, de Eugenio Bregolat Obiols en La Vanguardia

Mao Tse Tung importó el modelo económico soviético. Un igualitarismo muy primitivo, el "tazón de hierro" regía la distribución del escaso PIB. El resultado fue la pobreza generalizada.

Deng Xiaoping entendió que para sacar a China de la miseria y garantizar su seguridad nacional tenía que reemplazar el modelo de planificación soviético por una economía de mercado. El estímulo era vital: había que permitir que quien más trabajara y produjera ganara más. Y Deng lanzo su famosa consigna: "Enriquecerse es glorioso". Uno de los precios del enorme éxito económico conseguido ha sido un elevado y creciente coste social.

Según Wu Jinglian, el más influyente de los economistas chinos, "las diferencias entre ricos y pobres han alcanzado un punto tan crítico que minan la estabilidad social y frenan la reforma y el desarrollo económico". Esta verdad debe, sin embargo, ser matizada.

La reforma económica empezó con la supresión de las comunas y el reparto de la tierra a los campesinos. En los ochenta tuvo lugar un gran progreso de la agricultura, mientras que la industria, cuya reforma sólo se inició en 1984, apenas se movía. Wu Jinglian facilita datos reveladores: la renta media anual de las familias campesinas era de 150 yuanes en 1978, de 500 en 1985 y de 1.000 en 1990. Es decir, la renta media campesina se multiplicó por siete en doce años. Hay que subrayar este hecho, muy a menudo olvidado.

Así se explica que durante los sucesos de Tiananmen, la primavera de 1989, los ochocientos millones de campesinos de entonces no movieran un dedo, cuando hoy la mayoría de las decenas de miles de manifestaciones de protesta anuales tienen lugar en las zonas rurales. Razón: los campesinos estaban entonces satisfechos, porque las reformas les habían proporcionado una gran mejora en su nivel de vida, mientras que hoy están descontentos porque se han quedado atrás. Tiananmen fue un fenómeno estrictamente urbano: los obreros y empleados de todo tipo veían como los campesinos se enriquecían cuando sus salarios, roídos por la inflación, no alcanzaban para la compra en los cada vez mejor surtidos mercados. La corrupción acentuaba el agravio. La renta per cápita ha pasado de 217 dólares en 1978 a 2.200 hoy. En 1978, según el Banco Mundial, más de 600 millones de personas (60% de la población) vivían con menos de un dólar al día. En el 2005 la cifra se había reducido a 135 millones. Más de 500 millones de personas han sido sacadas de la pobreza.

Hu Jintao dijo al XVII congreso que China, en 1978, tenía 250 millones de pobres en la zona rural ( "pobreza absoluta", renta inferior a medio dólar al día), mientras que ahora tiene 20 millones. El Banco Mundial señala que la notable reducción de la pobreza en el mundo las últimas décadas, se debe a China; si esta se excluye, el número de pobres ha aumentado.

Aunque las rentas rurales siguieron creciendo, lo hicieron en menor medida desde principios de los noventa, mientras que las rentas de la industria y los servicios se disparaban. Se generaron, así, grandes diferencias de renta a favor de las ciudades y de la zona costera, y en contra del campo y del interior del país. Pero a niveles generales de renta mucho más altos que los de 1978. Aunque hay grupos que se ha quedado atrás y bolsas de miseria, la gran mayoría de los menos favorecidos tienen niveles de renta y bienestar que no se habrían atrevido ni a soñar al inicio de la reforma. Ello explica que las diferencias de renta hayan resultado, hasta ahora, manejables.

Entre el capitalismo primitivo, con gran crecimiento al precio de injusticia social, y la fórmula maoísta, de igualitarismo a costa de miseria, es necesario un punto de equilibrio entre ambos. Hay que lograr más igualitarismo sin matar el estímulo. Los países europeos, enfrentados en su día a los mismos dilemas, han alcanzado el punto de equilibrio. En definición de Wu Jinglian, "socialismo, igual a crecimiento económico más justicia social". El énfasis puesto por el XVII congreso en lograr una sociedad más igualitaria demuestra que los dirigentes chinos están a la altura de los tiempos.

E. BREGOLAT OBIOLS, embajador de España en China de 1987 a 1991 y de 1999 al 2003

El cruce de Fin deAño, de Antoni Puigverd en La Vanguardia

Todos los ríos van a dar en el mar, pero el mar no se desborda, afirma un refrán oriental que acude a calmar, con gotas de inspiración taoísta, el estupor causado por la muerte de Benazir Bhutto. Pero la esquina que une el año 2007 con el 2008 no invita precisamente a la visión taoísta (equilibrada, desapasionada y distante) de las cosas. Se habla mucho estos días, en efecto, del potencial explosivo de Pakistán, país de composición étnica complejísima, poseedor de la bomba nuclear y situado en la región más caliente del mundo. Vecino agresivo de India, Pakistán mantiene una morbosa confusión, en la frontera con Afganistán, con los talibanes. El territorio pastún es una terra incognita en la que, según se dice, habita Bin Laden. El caudaloso río Indo, espina dorsal de la geografía de Pakistán, arrastra, teñido de sangre, tremendos lodos. Lodos que pueden acabar provocando un fuerte oleaje no sólo en el mar de Arabia, sino en océanos muy alejados de los misteriosos juegos de poder que se han llevado por delante a Benazir Bhutto.

Más allá del espanto coyuntural que provoca Pakistán, un miedo impreciso y una rara incertidumbre se han apoderado del presente. Hemos entrado en un periodo en el que a nadie mínimamente informado le extrañaría que el mundo se desbordase como lo hizo a mediados del siglo XX. Se están dando las condiciones de un nuevo temblor histórico. Aunque tal clima de incertidumbre se materializa para mucha gente en términos de bolsillo: creciente inflación, un Euribor aguafiestas, estancamiento, trabajo más precario e inseguro. El malestar del mundo se encarna en una hipoteca impagada.

Venteando de nuestras mentes las imprecisas inquietudes, estamos hoy, sin embargo, concentrados en las lentejuelas, en las doce uvas, en las doradas burbujas del cava. He ahí el cruce de caminos de Fin de Año. La autopista por la que avanza ese algo que no sabemos exactamente qué es, pero que podría conducirnos al temblor histórico, atraviesa el pequeño sendero por el que cada uno de nosotros avanza, iluminado por los sueños personales.

El argentino Ricardo Piglia explica en Formas breves que los buenos cuentos literarios son aquellos en los que se entrecruzan dos historias. Y Augusto Monterroso, lo ejemplificó en aquel brevísimo y famoso cuento: "Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí". Las dos historias de este cuento (¿quién es el tipo que se despierta?, ¿qué está haciendo el dinosaurio?) suscitan menos interés que la verdad esencial que contienen: pasan los siglos, caducan las distintas visiones de la vida, pero siempre que el hombre agudiza su conciencia, descubre que el monstruo está cerca.

Otros grandes cuentos encierran cruces. Aquel de Chejov, por ejemplo, en el que un médico está velando el cadáver de su hijo cuando es solicitado por un tipo desesperado a causa de la enfermedad de su mujer. A regañadientes, pero sin fuerzas para oponerse a la solicitud, el médico atraviesa con el marido la estepa nevada. Cuando llegan a casa, descubren que la mujer simuló la enfermedad y se ha fugado. Entonces el médico explota. De la absurda pelea de estos dos tipos desolados emerge otra verdad esencial: el sufrimiento es, en verdad, lo único que nos une.

El cuento de Chejov fue recreado por Raymond Carver. La vida de un pastelero solitario se cruza con la de una pareja que, un día después de encargar el pastel de aniversario para su hijo, pierde a este hijo en accidente. Mientras la pareja acompaña en el hospital al niño que se debate entre la vida y la muerte, el pastelero reclama, creyéndose burlado, la factura del pastel, dejando en el contestador mensajes cada vez más agresivos. El cuento acaba con los tres protagonistas en el obrador de la pastelería, entre confesiones y cruasanes calientes que evocan la virtud cauterizadora de la compasión.

Pero el mejor cuento de caminos entrecruzados, a mi entender, es el que cierra el libro de James Joyce Dublineses.Gretta y Gabriel han celebrado la Navidad en la casa de una tía, junto a amigos y familiares. Han charlado, comido y bebido, han discutido sobre política, han escuchado el viejo piano. De regreso al hotel, Gretta está como ausente mientras, dominado por la euforia, Gabriel la desea. Varias veces le pregunta qué es lo que le pasa. Hasta que ella lo cuenta: una de las canciones le ha recordado a un amigo de infancia, Michael, que murió de pulmonía poco después de visitarla en una noche glacial. Gabriel la contempla llorar y dormirse, maravillado: tuvo un momento romántico en su vida; un joven murió por ella. Gabriel mira por la ventana. Nieva sobre toda Irlanda, sobre sus bosques y praderas. También sobre el cementerio rural en el que está enterrado el joven Michael. El alma de Gabriel cae lentamente en duermevela "al oír caer la nieve leve sobre el universo y caer leve la nieve, como si fuera la última vez, sobre todos los vivos y los muertos".

Algo cae también sobre todos nosotros, aunque no sabemos muy bien qué. Cae sobre las polvorientas montañas en las que los pastunes son obligados a impostar las viejas creencias; y sobre las iluminadas urbes en las que, una vez más, impostaremos la alegría por el veloz paso del tiempo.

El 21 de diciembre, de Manuel Trallero en La Vanguardia

EL RUNRÚN

Ese día, en esa fecha, ocurrió una cosa sensacional, un acontecimiento único, un hecho extraordinario que quedará registrado para siempre en los anales de la historia. Es decir que no pasó nada, absolutamente nada, al menos no pasó nada de lo que tenía que haber pasado y que naturalmente no sucedió. Ese día fue el día de la nonoticia. Tenía que pasar un gran acontecimiento, pronunciarse discursos, reunirse personalidades… y en cambio no pasó nada de nada. Bien podría declararse, por los organismos encargados de esas cosas, el 21 de diciembre como el día de la no noticia o quizás en esa fecha los políticos, la clase política catalana, podían celebrar su día de fiesta, su santo patrón, reunirse en cuchipanda y celebrar por la mañana un partido de fútbol, de esos de costellada entre periodistas y políticos, con finalidades benéficas, eso sí. Nada de 3%.

Ustedes me dirán, con toda la razón del mundo, que hay muchos días en su existencia en que, afortunadamente, no les pasa nada. ¡Apañados estaríamos si cada día de nuestras vidas nos tuviera que suceder alguna cosa, alguna cosa noticiable! La verdad es que no ganaríamos para sustos. Pero el 21 de diciembre tenía que haber pasado algo que no pasó, ese 21 de diciembre el señor presidente del Gobierno de una cosa llamada España, la octava o novena potencia económica mundial, el señor Rodríguez Zapatero, se comprometió a que el anhelado AVE entraría raudo y veloz en la ciudad de Barcelona. El AVE ni llegó ni se le espera y como explicó la ministra de Fomento, la denostada señora Álvarez, con las previsiones pueden suceder dos cosas: que se cumplan o que no. Y esta vez, va a ser que no. No es, claro está, ni la primera ni la vigésima tercera ni la última vez que un gobierno incumple sus promesas. ¡Faltaría más! Pero esta vez no ha sido, si me permiten la expresión castiza, como mearse dentro de la piscina, sino mearse desde el trampolín porque hasta hace exactamente dos días los carteles anunciaban la llegada del AVE para ese día.

El AVE no llegó a Barcelona, pero llegó a Málaga o a Valladolid, que son capitales bellísimas, pizpiretas y postineras. Al AVE en Catalunya ya se le espera con un cierto desapego y cuando el jefe de la estación alce la bandera roja y saque la gorra laureado gritando "¡Que viene el AVE, que viene el AVE!" al personal le va a dar la risa tonta, como cuando se decía antes ¡que viene el lobo! y el lobo nunca venía hasta que sí, un día sí, un día iba. El AVE es el lobo feroz de los catalanes. Nos hemos quedado sin AVE porque en el fondo nos hemos quedado sin España. Una España incapaz de unir las dos principales capitales no es una España, ni una nación ni un estado, sino una postal. Y si los catalanes sintieron la necesidad de unir Mataró con Barcelona por aquello de ser modernos, el socialismo español ha creído más conveniente unir Madrid con Valladolid o con Málaga por aquello de vertebrar el territorio y porque los catalanes debemos pertenecer a la parte del reino invertebrado o por vertebrar.

En fin, que el 21 de diciembre no pasó nada de nada o pasó algo de lo que el personal se ha dado poca o nada cuenta. Y es que el señor Montilla les ha regalado a los miembros de su gobierno un libro de Joseph-Antonie Toussant Denouart, un monje benedictino del siglo XVIII, titulado El arte de callar.Un detalle. Aunque en ocasiones, sin embargo, la distancia entre la sutileza y el ridículo es espantosamente corta, como la distancia a la que se encuentra el AVE de Barcelona. A una meada, como dicen en el sur.

www. manueltrallero. com

Augurios y bragas, de Francesc-Marc Álvaro en La Vanguardia

No hay cosa que envejezca más rápido que las predicciones de Año Nuevo. Repasen las hemerotecas y se reirán un rato. A pesar de ello, se siguen haciendo con obstinada ilusión, lo cual demuestra que el antiguo afán por convocar el futuro es más fuerte que la evidencia de nuestros errores repetidos en estas ímprobas labores. Por eso los medios de comunicación toman, por un día, el papel de los antiguos chamanes, druidas y brujos, y tratan de convertir en racional y plausible lo que no deja de ser una extraña mezcla de magia, estadística, voluntad, experiencia y olfato. "¿Por dónde van a ir los tiros?", pregunta el paisano mientras compra las uvas en la tienda de la esquina. La mejor respuesta, hoy por hoy, se la dará el director de su sucursal bancaria, más atento que nadie a la confianza de la gente. Si no le quedan las cosas muy claras tras constatar la caída en picado de la firma de créditos hipotecarios, puede repreguntar al director del colegio de su hijo, al comerciante más observador del barrio o, en caso de tener fe, al cura más cercano y escéptico.

"Que el 2008 sea mejor que el 2007", nos decimos unos a otros, mientras nos tratan de vender unas escuetas bragas rojas para uso y disfrute de la noche de San Silvestre. Las bragas - si no hay más remedio- las usaré de gorro, pero la manía de los augurios me obliga a cavilar sobre lo poco que sabemos acerca de lo que seremos mañana. El augur era un sacerdote romano que adivinaba el porvenir mediante la observación atenta de las aves y - todo hay que decirlo- las pasaba canutas cuando no acertaba, que era casi siempre. No hay que confundir los augurios con los oráculos, pues estos tenían una conexión especial con los dioses y, por tanto, se les suponía más fiables y acreditados. Hoy, rodeados como estamos de profetas de todo a cien y dioses a granel, las predicciones cotizan a la baja, empezando por las sagradas y omnipresentes encuestas políticas y electorales, material tan denostado como bien pagado por los interesados del gremio, incluidas todas las administraciones. Tampoco a los augures se les cortaba la cabeza por errarla, así que nada ha cambiado. El líder que no haya encargado (y se haya tragado) un sondeo que tire la primera piedra.

Cada 31 de diciembre nos llueven listas de posibles hechos que nos esperan a la vuelta de los meses. En los últimos años, la cosa se ha suavizado un poco al utilizarse el término tendencias, menos agresivo y más vago y abierto. Las tendencias son predicciones light y genéricas, sugerencias que escapan al determinismo salvaje de la fecha y del nombre concretos. Como un supermercado de afanes. Dentro de la cosa blanda de las tendencias, hay siempre espacio para el libre albedrío o para el psicólogo de cabecera.

Así las cosas, los horóscopos y el tarot empiezan a ser materiales casi científicos.