Todos los ríos van a dar en el mar, pero el mar no se desborda, afirma un refrán oriental que acude a calmar, con gotas de inspiración taoísta, el estupor causado por la muerte de Benazir Bhutto. Pero la esquina que une el año 2007 con el 2008 no invita precisamente a la visión taoísta (equilibrada, desapasionada y distante) de las cosas. Se habla mucho estos días, en efecto, del potencial explosivo de Pakistán, país de composición étnica complejísima, poseedor de la bomba nuclear y situado en la región más caliente del mundo. Vecino agresivo de India, Pakistán mantiene una morbosa confusión, en la frontera con Afganistán, con los talibanes. El territorio pastún es una terra incognita en la que, según se dice, habita Bin Laden. El caudaloso río Indo, espina dorsal de la geografía de Pakistán, arrastra, teñido de sangre, tremendos lodos. Lodos que pueden acabar provocando un fuerte oleaje no sólo en el mar de Arabia, sino en océanos muy alejados de los misteriosos juegos de poder que se han llevado por delante a Benazir Bhutto.
Más allá del espanto coyuntural que provoca Pakistán, un miedo impreciso y una rara incertidumbre se han apoderado del presente. Hemos entrado en un periodo en el que a nadie mínimamente informado le extrañaría que el mundo se desbordase como lo hizo a mediados del siglo XX. Se están dando las condiciones de un nuevo temblor histórico. Aunque tal clima de incertidumbre se materializa para mucha gente en términos de bolsillo: creciente inflación, un Euribor aguafiestas, estancamiento, trabajo más precario e inseguro. El malestar del mundo se encarna en una hipoteca impagada.
Venteando de nuestras mentes las imprecisas inquietudes, estamos hoy, sin embargo, concentrados en las lentejuelas, en las doce uvas, en las doradas burbujas del cava. He ahí el cruce de caminos de Fin de Año. La autopista por la que avanza ese algo que no sabemos exactamente qué es, pero que podría conducirnos al temblor histórico, atraviesa el pequeño sendero por el que cada uno de nosotros avanza, iluminado por los sueños personales.
El argentino Ricardo Piglia explica en Formas breves que los buenos cuentos literarios son aquellos en los que se entrecruzan dos historias. Y Augusto Monterroso, lo ejemplificó en aquel brevísimo y famoso cuento: "Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí". Las dos historias de este cuento (¿quién es el tipo que se despierta?, ¿qué está haciendo el dinosaurio?) suscitan menos interés que la verdad esencial que contienen: pasan los siglos, caducan las distintas visiones de la vida, pero siempre que el hombre agudiza su conciencia, descubre que el monstruo está cerca.
Otros grandes cuentos encierran cruces. Aquel de Chejov, por ejemplo, en el que un médico está velando el cadáver de su hijo cuando es solicitado por un tipo desesperado a causa de la enfermedad de su mujer. A regañadientes, pero sin fuerzas para oponerse a la solicitud, el médico atraviesa con el marido la estepa nevada. Cuando llegan a casa, descubren que la mujer simuló la enfermedad y se ha fugado. Entonces el médico explota. De la absurda pelea de estos dos tipos desolados emerge otra verdad esencial: el sufrimiento es, en verdad, lo único que nos une.
El cuento de Chejov fue recreado por Raymond Carver. La vida de un pastelero solitario se cruza con la de una pareja que, un día después de encargar el pastel de aniversario para su hijo, pierde a este hijo en accidente. Mientras la pareja acompaña en el hospital al niño que se debate entre la vida y la muerte, el pastelero reclama, creyéndose burlado, la factura del pastel, dejando en el contestador mensajes cada vez más agresivos. El cuento acaba con los tres protagonistas en el obrador de la pastelería, entre confesiones y cruasanes calientes que evocan la virtud cauterizadora de la compasión.
Pero el mejor cuento de caminos entrecruzados, a mi entender, es el que cierra el libro de James Joyce Dublineses.Gretta y Gabriel han celebrado la Navidad en la casa de una tía, junto a amigos y familiares. Han charlado, comido y bebido, han discutido sobre política, han escuchado el viejo piano. De regreso al hotel, Gretta está como ausente mientras, dominado por la euforia, Gabriel la desea. Varias veces le pregunta qué es lo que le pasa. Hasta que ella lo cuenta: una de las canciones le ha recordado a un amigo de infancia, Michael, que murió de pulmonía poco después de visitarla en una noche glacial. Gabriel la contempla llorar y dormirse, maravillado: tuvo un momento romántico en su vida; un joven murió por ella. Gabriel mira por la ventana. Nieva sobre toda Irlanda, sobre sus bosques y praderas. También sobre el cementerio rural en el que está enterrado el joven Michael. El alma de Gabriel cae lentamente en duermevela "al oír caer la nieve leve sobre el universo y caer leve la nieve, como si fuera la última vez, sobre todos los vivos y los muertos".
Algo cae también sobre todos nosotros, aunque no sabemos muy bien qué. Cae sobre las polvorientas montañas en las que los pastunes son obligados a impostar las viejas creencias; y sobre las iluminadas urbes en las que, una vez más, impostaremos la alegría por el veloz paso del tiempo.