La Coctelera

Categoría: La Jornada

Historia de la sentencia del 11 de marzo, de Marcos Roitman Rosenmann en La Jornada

Mientras gran parte de España se congratula por la forma en la cual la justicia dicta sentencia, aunque discrepa con las penas, el Partido Popular (PP), bajo la falsa apariencia de aceptar sus conclusiones, sigue erre que erre en sus trece. Es decir, mantiene la tesis de participación de Euskadi Ta Askatasuna (Patria Vasca y Libertad, ETA), la conspiración y parece no acatar la resolución de los tribunales, según subyace en la declaración emitida por Mariano Rajoy, líder del PP, tras la sentencia. “Apoyamos cualquier otra investigación”, dijo, como si las realizadas por los tribunales, los peritos y los forenses no hubieran dejado claro que los autores materiales e intelectuales de los atentados del 11 de marzo han sido miembros de células vinculadas a Al Qaeda. Aquí se trata de sembrar dudas razonables sobre la transparencia e independencia de los jueces, y poner el acento en sus intenciones y un posible carácter político de la decisión cercana a las posiciones del PSOE.

En esa dirección el ex vocero en la presidencia de Aznar, Miguel Ángel Rodríguez, enfatiza sin rubor que tras el juicio no queda claro que ETA no estuviese implicada. Para agregar una pizca de sal, Melchor Miralles, director de programas especiales de El Mundo, subraya que aún no se desvela la trama de los atentados destinada a desestabilizar al gobierno de Aznar, cuestión que facilitó el ascenso del PSOE al gobierno. De tal explicación deduce la apertura del diálogo entre ETA y Rodríguez Zapatero, al tiempo que extrae el vínculo ETA-Al Qaeda: formar parte de un engranaje terrorista internacional consistente en el intercambio de armas, direcciones y acciones de muerte entre ellas (¿Por qué no el 11 de marzo? ¿Quién puede negarlo con certeza absoluta?). Relato verosímil para los militantes del PP que aún creen en las palabras de Aznar: “hay que buscar adentro a los autores del atentado”. Esta versión sigue siendo implementada tras la sentencia. Y lo más preocupante, emitida por las ondas propiedad de la Iglesia católica: la cadena COPE. Tampoco se rezagan el periódico La Razón y El Mundo. Mientras, Telemadrid emite un especial ahondando en la teoría de la conspiración para derrocar al gobierno de Aznar en la cual confluyen ETA, antisistémicos y el islamismo, sea radical o no. Perece un guión para contrarrestar los efectos que pondría en claro la falta de pruebas sobre las cuales se asentó durante cuatro años la tesis del PP avalando la participación de ETA en los atentados del 11 de marzo. Su castillo de naipes se caería. También su manera de hacer oposición. Por consiguiente, una vez hecha pública la sentencia no habría posibilidad de justificar su pusilanimidad política. Pero en vez de enmendar, su plana mayor comete el error de mantenerse en sus trece. Era de esperarse. La canallada forma parte de una personalidad colectiva a la cual se suelen apuntar los dirigentes del PP.

En esta dimensión cobran fuerza las palabras de Pilar Manjón, presidenta de Víctimas del 11 de marzo, en su comparecencia parlamentaria al increpar a los miembros del PP por mofarse de los familiares y sobrevivientes cuando discrepaban de sus tesis. Implícitamente los llamó cobardes, al tiempo que evidenció la poca honra de Aznar, Rajoy y otros personajes políticos dispuestos a urdir una trama de infamia para salvar a su partido y dejar sin esclarecer los motivos del 11 de marzo.

Para las meretrices de la política todo es válido con tal de encubrir la actuación de un gobierno cuyos principios llevaron a España a una guerra ilegítima de la cual se derivan las razones de los atentados. Ante tal circunstancia, su vergüenza es sinónimo de irresponsabilidad. Una carrera de despropósitos donde su falta de ética toma formas de chulería y desprecio hacia las víctimas cuya máxima ha sido no reconocer su mentira.

La sentencia es clara: el día de los atentados no estaría presente ETA, ni para bien ni para mal. Aunque Aznar lo sabía y el gobierno también, buscó negociar con algunos de sus presos, prometiéndoles un traslado si retrasaban hasta el 14 de marzo el comunicado en el cual negaban su participación. Tampoco aparece, en los más de 500 folios, una trama orquestada por antisistémicos para sacar del gobierno al PP a tres días de las elecciones.

Planificado con anterioridad, su lógica se enquista en la invasión a Irak y en esta dinámica hay una responsabilidad que cabe al gobierno de Aznar, a sus diputados y sus valedores. Millones de españoles se manifestaron en contra de la guerra. Aznar hizo oídos sordos, prefirió la foto de Las Azores inmortalizada con un reguero de muertes y sufrimientos en Irak. Por eso, el PP no puede aceptar la sentencia. Sigue en la mentira política, justificando lo injustificable. Armas de destrucción masiva, guerra humanitaria. Los populares deben salvar a su líder. En su euforia de consejero mundial y profesor, Aznar no asume las consecuencias de sus actos y arrastra a quienes apoyaron con el sí espurio en las cortes la decisión de bombardear Irak.

El 11 de marzo sigue presente. No se escapa de la memoria colectiva. La sociedad española es torturada y presa de una política bastarda de un presidente irresponsable, irascible y prepotente miembro del búnker, cuya aura de caudillo predestinado supuso en Madrid 192 muertos a su espalda y más de 3 mil heridos. Su decisión de participar en una guerra acabó por entregar los restos de soberanía a Estados Unidos, acto que acompañó designando en Naciones Unidas a hombres y mujeres corruptos. Ése fue el caso de Inocencio Arias, quien manipuló los informes para engañar al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas tras los atentados del 11 de marzo. La sentencia pone en su lugar a unos y otros.

Sin embargo, el PP aplica el clásico español: “se acata, pero no se cumple”. En su actitud seguirá manteniendo que el 11 de marzo fue un atentado contra su partido para imponer con un golpe de mano que llevará al PSOE a la Moncloa. Para este viaje no hacían falta alforjas, menos aún la celebración de un juicio ni leyes ni jueces ni fiscales ni abogados ni justicia: bastaba la desaparición de los tribunales. Tal vez era lo que pretendían Rajoy y la derecha española, por suerte no gobernaban...

El año de las fieras heridas, de Guillermo Almeyra en La Jornada

Termina el año con George Bush El Asiático empantanado irremediablemente en Irak y con otro desastre creciente en Afganistán, donde grupos tribales y feudales puestos en el poder por Washington aportan hoy 95 por ciento del opio que consumen los países que dicen estar en guerra contra el terrorismo y el narcotráfico.

En Asia, además, crecen hoy exponencialmente las economías india y china (que ignoraron las recetas del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial). China se ha convertido en el primer exportador mundial, principal sostén del dólar –en total crisis– y polo de atracción de todas las economías del sudeste asiático. Por si fuera poco, China y Rusia han firmado un pacto militar (Washington siempre quiso separarlas y oponerlas), al cual se han unido India, Kazajstán, Azerbaiyán y Uzbekistán (que Estados Unidos quiso convertir en semicolonias al invadir Afganistán para controlar el petróleo del mar Caspio y la provisión de combustible al semicontinente indopaquistaní). Por otro lado, la invasión a Afganistán, en vez de ayudar a controlar el enorme territorio euroasiático y aislar a Rusia, en un extremo, China, en el otro, e Irán, en el sur, juntó a esos tres países y encerró por todos lados a Afganistán, con el resultado secundario –pero importante– de que el gobierno militar paquistaní se tambalea y difícilmente pueda ser sustituido por un gobierno civil proestadunidense, no sólo por el asesinato de Benazir Bhutto, que era el recambio, sino también porque los paquistaníes odian a Musharraf, pero odian más al imperialismo que apoyó la dictadura y además es antislámico. Por otra parte, el intento de acorralar a Rusia, también en Europa, promoviendo gobiernos proestadunidenses en Georgia, Moldavia, Ucrania y países bálticos, tuvo como resultado despertar la resistencia rusa, que se vio favorecida por los altos precios del gas, el petróleo y el oro, como consecuencia de las aventuras yanquis en el Golfo.

Pero donde peor le ha ido a Estados Unidos es en el campo de su economía, altamente dependiente del comercio mundial, del costo de los combustibles y de la competitividad china, ya que la nación, aunque continúa siendo el primer mercado mundial y gran potencia militar, dejó de ser autosuficiente y omnipotente hace rato, y debe destinar constantemente billones de dólares a sostener su sistema financiero entrampado en la crisis de la especulación inmobiliaria. Estados Unidos está hoy a merced de una posible decisión monetaria china o de los grandes países petroleros, que podrían abandonar el dólar en sus reservas (como hace décadas hicieron con la libra esterlina) convirtiéndolas ahora en euros. Además, su llamado patio trasero es inseguro. El gobierno de México, ilegal e ilegítimo, se sostiene, por ejemplo, apoyándose en el gran capital y en la represión, pero enfrenta una creciente oposición y su principal “fuerza” consiste en que ésta está dispersa y la protesta indígena no coincide con la campesina ni ésta con la obrera y popular (como la oaxaqueña), ni tiene una propuesta alternativa ni un cauce político creíble, lo cual permite que Calderón desgaste a los ilusos que esperan un futuro cambio constitucional y electoral y golpee, aislándolos, a los antinstitucionales, que no supieron ni saben construir alianzas democráticas ni siquiera para defenderse de los golpes que vienen. Pero un ataque, por ejemplo contra las zonas zapatistas, serviría por sí mismo para superar diferencias y resquemores, y como en el caso de la APPO, pero a escala nacional, uniría a los simpatizantes de la otra campaña con sectores mucho más vastos, provenientes de otros sectores políticos y sociales, porque sería, como fueron los hechos en Oaxaca o en Atenco, un ataque contra todos. Centroamérica, al mismo tiempo, dejó de ser el paraíso que esperaba crear Washington tras el ataque a Panamá y la derrota de la revolución sandinista, y no porque Daniel Ortega sea un paladín antimperialista, sino porque Washington no tiene qué ofrecer a la región y Calderón es para los emigrantes centroamericanos lo que Bush es para los mexicanos que quieren ir a Estados Unidos. Por si fuera poco, el Caribe, ese lago interno de Estados Unidos desde principios del siglo anterior, empieza a entrar en la órbita de Venezuela, mientras la figura de Uribe –sobre todo ahora, con el caso de los rehenes– se esfuma como el gato de Alicia en el País de las Maravillas y la de Chávez, en cambio, se fortalece a pesar de sus recientes errores y traspiés. La situación sudamericana es tal, que dos gobiernos conservadores –los de Brasil y Argentina– no pueden llevar a cabo las recetas neoliberales y aprovechan la crisis de la hegemonía estadunidense para abrir espacios a sus respectivas burguesías, mientras gobiernos lacayos –el de Uruguay y el de Chile–, bajo la presión social, se ven obligados a la prudencia, y la revolución avanza –o al menos no retrocede– en Bolivia, Ecuador y en el movimiento social venezolano.

El 2008 agravará esta situación para las clases dominantes de Estados Unidos, entre otras cosas porque la crisis mundial coincidirá con la política en ese país y con las elecciones presidenciales de noviembre de ese año. La fiera herida es particularmente peligrosa, y si las cosas corriesen el riesgo de no ser ya controladas, Bush podría lanzar una nueva aventura en el Golfo aplicando los planes de ataque atómico contra Irán que tiene preparados desde hace más de tres años. Por eso es necesario unirse tras objetivos democráticos comunes y golpear antes contra sus aliados y sus intereses de modo de debilitarlo.

Blade Runner, reloaded, de Juan Arturo Brennan en La Jornada

A 25 años de su primer paso por las pantallas de cine, Blade Runner (Ridley Scott, 1982) acaba de hacer la que probablemente sea su última y definitiva aparición. Se trata de un dvd doble que contiene, entre otras cosas, la versión más autorizada de la película, avalada personalmente por Scott, y presentada en condiciones técnicas de alto nivel, tanto en imagen como en sonido. Desde el punto de vista estrictamente narrativo, esta reciente versión de Blade Runner contiene apenas un par de cambios muy menores respecto de la que apareció hace algunos años como Director’s Cut, en la que se omitía la narración del protagonista, Rick Deckard (Harrison Ford) y se planteaba un final menos complaciente a esta fascinante historia de androides replicantes con dudas existenciales.

La versión final recién lanzada al mercado se ve, en efecto, mucho mejor que las anteriores, lo que permite apreciar en toda su magnitud el excelente diseño de producción y la formidable fotografía de Jordan Cronenweth. Como era de esperarse, la banda sonora también ha sido mejorada, lo que permite al cinéfilo-melómano un mejor acercamiento a la eficaz y atractiva partitura escrita y realizada para Blade Runner por Evangelos Oddyseus Papathanassiou, que es el nombre completo de Vangelis.

Desde su lejana aparición en el ya muy lejano 1982, me pareció que la música de Vangelis para Blade Runner podía considerarse como uno de los mejores soundtracks en la historia del género de ciencia-ficción. (No olvidar, por cierto, que el filme de Scott es un claro ejemplo del género mixto o transmutación de géneros, porque es, además, una estupenda muestra de cinéma noir). El caso es que, con fecha de 1982 y bajo el sello Full Moon de Warner Brothers, salió al mercado la música de Vangelis para Blade Runner.

El problema es que se trataba, en sentido estricto, de un soundtrack espurio, conformado por arreglos sobre las piezas originales de Vangelis, realizados por Patrick Williams, Eddie Karam y Angela Morley. ¿Por qué no se puso en venta la música original del compositor e intérprete griego? La historia es demasiado confusa y compleja para ser narrada aquí, pero en el meollo del asunto se encontraban cuestiones de licencias, derechos de autor, competencia entre sellos discográficos, y la volátil personalidad de Vangelis.

Tuvieron que pasar varios años hasta que en 1994, bajo el sello East-West (también de Warner) apareció el cidí con la música original de Blade Runner. Los arreglos del primer compacto puesto en circulación no son malos, pero, como ocurre casi siempre, las versiones originales son mucho mejores. Hoy, gracias a la aparición del segundo cidí y a la remasterización de la pista sonora de Blade Runner, existe la oportunidad de escuchar con todas sus virtudes la inteligente y evocativa música creada por Vangelis para la cinta de Scott, y que incluye una colección de géneros y estilos tan variada como lo es el filme en su contenido.

Un tema de amor con saxofón sensual, un blues muy tradicional anclado en el flugelhorn, un par de tracks electrónicos para reforzar los aspectos high-tech del filme, una balada en estilo de slow swing para aludir al aspecto retro de Blade Runner, son algunos de los elementos principales propuestos por Vangelis y realizados con gran eficacia. Además de ellos, destaca por su impacto sonoro y expresivo un track titulado Tales of the future, que por cierto no aparece en el primer disco mencionado, en el que una voz aguda y penetrante canta en un idioma inventado, con inflexiones vagamente orientales, sobre un puntillista e inquietante fondo de sonidos electrónicos. La voz que se escucha en este sugestivo corte es, ni más ni menos, que la de Demis Roussos, el rollizo y barbado cantante griego que antes de llegar a la fama mundial con sus baladas empalagosas, fue el vocalista del grupo griego Aphrodite’s Child, en el que su amigo Vangelis era el tecladista. Como ocurre en prácticamente todos sus conciertos y producciones discográficas, el propio Vangelis aparece en la película y en el soundtrack original como compositor, arreglista, intérprete y productor de toda esta música, lo cual además de darle un control creativo prácticamente total le permite enfatizar sólidamente sus tendencias creativas y sus preferencias estilísticas.

Vaya este texto postrero del 2007 como una clara recomendación para mirar y escuchar esta última versión del entrañable y siempre fascinante filme que es Blade Runner. Quienes tenemos a esta cinta y a su música entre nuestras favoritas indiscutibles, esperamos con ansia singular el día que esta versión mejorada técnicamente sea distribuida para su proyección en pantalla grande, que es como debe verse el cine.

No culpan a Al Qaeda, culpan a Musharraf, de Robert Fisk en La Jornada

Qué raro, ¿verdad? La forma en que rápidamente nos presentan la narración. Benazir Bhutto, la valerosa lideresa del Partido Popular de Pakistán (PPP), es asesinada en Rawalpindi, lugar pegado a la capital, Islamabad, donde vive el ex general Pervez Musharraf, y George W. Bush nos dice que sus asesinos eran “extremistas” y “terroristas”. Bueno, eso sí que no se puede refutar.

Pero la implicación del comentario de Bush era que islamitas están detrás del asesinato. Fueron nuevamente los locos talibanes, esa araña de Al Qaeda que atacó a esta mujer, sola y valiente, quien se atrevió a pedir democracia para su país.

Desde luego, dada la pueril cobertura de esta tragedia atroz, e independientemente de lo corrupta que pudo haber sido la señora Bhutto, no nos hagamos ilusiones de que esta valiente dama es ciertamente una verdadera mártir. No es sorpresa que el viejo caballito de batalla de “el bien contra el mal” sea expuesto de nuevo para explicar la carnicería en Rawalpindi.

A juzgar por lo que informaron el jueves la BBC y CNN, quién se hubiera imaginado que los dos hermanos de la ex primera ministra, Murtaza y Shahawaz, secuestraron un avión comercial paquistaní en 1981 y lo llevaron hasta Kabul, donde Murtaza exigió la excarcelación de prisioneros políticos de Pakistán. En el episodio, un oficial militar a bordo de la nave fue asesinado. Había estadunidenses entre los pasajeros, lo cual probablemente explica por qué todos los prisioneros fueron liberados.

Hace sólo unos días, en uno de los más notables pronunciamientos del año (y que, como es típico, fue ignorado), Tariq Ali publicó una brillante disección de la corrupción en Pakistán (incluyendo el gobierno de Bhutto) en la revista London Review of Books. Hizo énfasis en Benazir y la llamó en el encabezado “La hija de Occidente”. De hecho, el artículo estaba en mi escritorio, listo para ser fotocopiado, cuando su protagonista era asesinada en Rawalpindi.

Hacia el final de este análisis, Tariq Ali se dedicó largamente a detallar el asesinato de Murtaza Bhutto a manos de la policía, cerca de su domicilio, cuando Benazir era primera ministra y estaba furiosa con Murtaza porque éste exigía regresar a los valores tradicionales del PPP y la criticaba por haber nombrado a su propio marido como ministro de Industria, un puesto altamente lucrativo.

En un pasaje del análisis que sigue siendo vigente aún después del asesinato y sus consecuencias se afirma: “La bala fatal fue disparada a corta distancia. La trampa fue tendida, como se acostumbra en Pakistán, con una operación burda, reportes falsos en las bitácoras policiales, evidencias perdidas, testigos que fueron arrestados e intimidados, un policía asesinado porque se temía que hablara. Todo esto evidencia el hecho de que ejecutar al hermano de la primera ministra fue una decisión tomada a muy alto nivel”.

Cuando Fátima, la hija de 14 años de Murtaza, llamó por teléfono a su tía para preguntarle por qué estaban arrestando a testigos y no a los asesinos de su padre, ella afirma que Benazir le explicó: “Mira, eres demasiado joven. No entiendes las cosas”, o al menos eso nos dice Tariq Ali en su exposición.

Sobre todo esto, sin embargo, se cierne el asombroso poder de los Interservicios Secretos de Pakistán (ISI). Esta vasta, corrupta y brutal institución trabaja para Musharraf.

Pero también trabajó y aún trabaja para el talibán. También trabaja para Estados Unidos. De hecho, trabaja para todo el mundo. Pero es la llave que Musharraf puede utilizar para abrir conversaciones con los enemigos de Washington cuando él se siente amenazado o quiere presionar a Afganistán, o bien, aplacar a los “extremistas” y “terroristas” que tienen al presidente Bush tan consternado.

Recordemos, dicho sea de paso, que Daniel Pearl, el reportero del Wall Street Journal decapitado por sus captores islamitas en Karachi, concertó su cita fatal con sus futuros asesinos en la oficina del comandante de los ISI.

El libro Talibán, de Ahmed Rashid, contiene pruebas fascinantes de la red de corrupción y violencia de los ISI. Léanlo, y verán que todo lo que he dicho tiene mucho más sentido.

Pero volviendo a la narrativa oficial, George W. Bush anunció el jueves anterior que “esperaba” hablar con su viejo amigo Musharraf. Desde luego, hablarán de Benazir. Seguramente no charlarán sobre el hecho de que Musharraf sigue protegiendo a su viejo conocido, un cierto señor Khan, quien proporcionó secretos nucleares paquistaníes a Libia e Irán. No, pero es mejor que no traigamos a colación el asuntito ese del “eje del mal”.

Desde luego, se nos pidió una vez más concentrarnos en esos “extremistas” y “terroristas”, y alejarnos de la lógica de cuestionar lo que muchos paquistaníes sintieron tras el asesinato de Benazir.

No hace falta ser un experto para comprender que las odiadas elecciones legislativas que ensombrecían a Musharraf se pospondrían indefinidamente si su principal opositor político era liquidado antes del día de los comicios.

Analicemos esta lógica como lo haría el inspector Ian Blair, en su cuaderno, antes de convertirse en el más importante policía de Londres.

Pregunta: ¿Quién obligó a Benazir Bhutto a permanecer en Londres y quiso evitar su regreso a Pakistán? Respuesta: El general Musharraf. Pregunta: ¿Quién ordenó este mes el arresto de cientos de simpatizantes de Bhutto? Respuesta: el general Musharraf. Pregunta: ¿Quién le impuso a Benazir un arresto domiciliario temporal este mes? Respuesta: el general Musharraf. Pregunta: ¿Quién declaró el estado de emergencia este mes? Respuesta: el general Musharraf.

Pregunta: ¿Quién mató a Benazir Bhutto? Eh, sí. Bueno, sí…

¿Ven cuál es el problema? Ayer nuestros guerreros televisivos nos informaron que los miembros del PPP gritaban que Musharraf era un “asesino”, quejándose de que no dio suficiente protección a Benazir. Error. Gritaban esto porque creen que él fue quien la mató.

© The Independent

Traducción: Gabriela Fonseca

Benazir Bhutto, de Tariq Ali en La Jornada

Aun aquellos que tajantemente criticamos el comportamiento y las políticas de Benazir Bhutto mientras ocupó el cargo de primera ministra y también en épocas recientes, estamos pasmados y furiosos por su muerte. La indignación y el miedo merodean de nuevo el país. Es esta extraña coexistencia de despotismo militar y caos lo que provocó las condiciones que condujeron a su asesinato en Rawalpindi el día de ayer. En el pasado, el régimen militar fue diseñado para preservar el orden, y lo hizo por algunos años, pero ya no. Hoy crea desorden y promueve el menosprecio de las leyes. ¿Puede alguien explicar el despido del magistrado en jefe y otros ocho jueces de la Suprema Corte por intentar que los aparatos de inteligencia del país y la policía rindieran cuentas ante la Corte? Su remplazo carece de estructura para hacer algo, ya no digamos conducir una averiguación apropiada sobre las malas acciones de las agencias que pudiera descubrir la verdad que subyace tras el cuidadosamente organizado asesinato de una líder política importante. ¿Cómo puede Pakistán ser otra cosa que una conflagración de desesperaciones? Se asume que los asesinos eran fanáticos de la jihad. Esto puede ser cierto, pero ¿actuaron por cuenta propia?

Benazir, según su gente cercana, había estado tentada de boicotear las falaces elecciones, pero carecía de la valentía política para desafiar a Washington. Tenía, eso sí, mucho coraje físico y no se dejaba intimidar por las amenazas de sus oponentes locales. En un mitin electoral en Liaquat Bagh, se dirigió al público. Es éste un espacio popular que tomó su nombre del primer ministro Liaquat Ali Khan, primero en asumir el cargo, quien fuera ultimado en 1953 por Said Akbar, un asesino solitario, al que mataron de inmediato a balazos por órdenes del oficial de policía implicado en la confabulación. No lejos de ahí, se alzó alguna vez lo que fuera una estructura colonial donde eran encarcelados los nacionalistas: la cárcel de Rawalpindi. Ahí, fue ahorcado en abril de 1979 el padre de Benazir, Zulfiqar Ali Bhutto. El tirano militar responsable de su crimen judicial se aseguró de que el sitio de la tragedia fuera destruido también. La muerte de Bhutto envenenó las relaciones entre su partido (el Partido Popular de Pakistán) y el ejército, por lo que los activistas, particularmente en la provincia de Sind, fueron brutalmente torturados y humillados. En ocasiones llegaron a desaparecerlos o asesinarlos.

La turbulenta historia de Pakistán, resultado de un dominio militar continuo y de alianzas globales antipopulares, hoy confronta a la élite dominante ante serias disyuntivas. No parece haber, para nada, propósitos positivos. La abrumadora mayoría de la población desaprueba la política exterior del gobierno. Está furiosa por la falta de una política interna seria, porque la actual únicamente enriquece a una élite voraz y enquistada que incluye a los inflados y parásitos militares. Hoy esta mayoría mira indefensa cómo asesinan a los políticos frente a ella.

Ayer, Benazir había sobrevivido al bombazo, pero cayó muerta por las balas que llovieron sobre su automóvil. Los asesinos, sabedores de su fracaso en Karachi el mes pasado, buscaron asegurarse esta vez. La querían muerta. Ahora es imposible que una elección, inclusive fraudulenta, se lleve a cabo. Tendrá que posponerse y, sin duda, el alto mando contempla la posibilidad de aplicar otra dosis de régimen militar si la situación empeora, lo cual puede ocurrir muy fácilmente.

Lo que ha pasado es una tragedia de muchas capas. Es una tragedia para un país que se encamina a muchos más desastres. Torrentes y cataratas espumosas nos esperan más adelante. Es, además, una tragedia personal. La casa de la familia Bhutto ha perdido a otra de sus integrantes. El padre, dos hijos y ahora una hija, han fallecido de muertes no naturales.

Conocí a Benazir en la casa de su padre en Karachi cuando apenas era una adolescente ávida de diversiones, y después volví a tratarla cuando fue a Oxford. No era una política natural; siempre quiso ser diplomática de carrera, pero la historia y la tragedia personal la empujaron en otra dirección. La muerte de su padre la transformó. Se volvió otra persona, decidida a enfrentar al dictador militar de entonces. Vivía en un pequeño apartamento en Londres, donde discutía interminablemente sobre el futuro del país. Estaba de acuerdo en que la reforma agraria, los programas de educación masiva, los servicios de salud y una política exterior independiente eran fines positivos, constructivos y cruciales si queríamos salvar al país de los buitres con y sin uniforme. Su base electoral era pobre y eso la enorgullecía.

Cambió de nuevo al convertirse en primera ministra. En los primeros tiempos solíamos discutir y en respuesta a mis numerosas quejas ella decía que el mundo era lo que había cambiado. No quería estar del “lado equivocado de la historia”. Y así, como muchos otros, hizo la paz con Washington. Fue esto lo que finalmente condujo al arreglo con Musharraf y a su retorno a casa tras 10 años de exilio. En algunas ocasiones en el pasado me dijo que no tenía miedo a la muerte. Era esto uno de los peligros de jugar a la política en Pakistán.

Es difícil imaginar que algo bueno surja de esta tragedia, pero hay una posibilidad. Pakistán necesita desesperadamente un partido político que pueda hablar en favor de las necesidades sociales del grueso de la población. El Partido Popular fundado por Zulfiqar Ali Bhutto fue obra de los militantes del único movimiento popular de masas que el país haya conocido: estudiantes, campesinos y obreros que lucharon durante tres meses entre 1968 y 1969 por derrocar al primer dictador militar. Que el pueblo lo vea como su partido y la emoción de esas luchas persiste en algunas partes del país hasta hoy, a pesar de todo.

La horrenda muerte de Benazir debería darle a sus colegas la pausa necesaria para reflexionar. Depender de una persona o una familia puede ser necesario en ocasiones, pero es una debilidad estructural para la organización política, no una fuerza. El Partido Popular necesita una refundación que lo convierta en una organización moderna y democrática, abierta al debate honesto y a la discusión, que defienda los derechos sociales y humanos, y que una a los muchos y dispersos grupos e individuos que hoy desesperan en Pakistán por una alternativa decente y compartida que además proponga soluciones concretas que estabilicen el Afganistán devastado por la guerra. Esto se puede y debe hacerse. No se le debe pedir a la familia Bhutto mayores sacrificios.

Traducción: Ramón Vera Herrera

Tariq Ali, historiador, escritor y director de cine paquistaní. Su próximo libro The Duel: Pakistan on the Flightpath of American Power (El duelo: Pakistán en el derrotero aéreo del poder estadunidense) será publicado por Scribner en 2008.

Benazir Bhutto (1953-2007), de José María Pérez Gay en La Jornada

En todo linaje político, el deterioro ejerce su dominio. Benazir Bhutto, única mujer que ha llegado a ser jefa de Estado en una nación musulmana, fue asesinada ayer, jueves 27 de diciembre, por un suicida que le disparó en el cuello y en el pecho y, segundos después, se voló matando a 15 personas durante uno de los actos de la campaña electoral de Bhutto, en la ciudad de Rawalpindi, en el norte de Pakistán.

Benazir nació en Pakistán el 21 de junio de 1953, creció a la sombra de su padre, Zulfikar Ali Bhutto, presidente y primer ministro de Pakistán (1971–1977), uno de los políticos civiles accesibles a las supersticiones del mando militar, enemigo encarnizado de la India y mano dura en el gobierno local. Zulfikar Ali Bhutto envió a Benazir, su hija mayor, a estudiar administración pública y ciencias políticas a las universidades de Harvard y Oxford. Una mujer de vertiginosa riqueza mental –decían sus más próximos colaboradores–, hábil en el manejo de los intereses políticos más contradictorios, Benazir nunca pudo escapar al cerco que le heredó su padre. A mediados de 1977, un golpe de Estado derrocó a Zufilkar y, unos meses después, el general golpista Zia ul–Hak lo condenó a la horca.

A principios de 1988, el general Zia ul–Hak murió en un accidente aéreo, Benazir Bhutto tuvo su primer hijo y barrió en las elecciones con su Partido Popular Pakistaní, obtuvo casi la mayoría absoluta. Sin embargo, muy pronto comenzaron las disputas con el Estado Mayor del Ejército; 18 meses más tarde la derrocaron bajo acusaciones de corrupción y tráfico de influencias. El Tribunal Supremo la encontró culpable, Benazir se defendió hasta lograr un fallo favorable.

Por increíble que parezca, Benazir volvió a triunfar en las elecciones de 1993; pero el destino se ensañó otra vez con ella. Su hermano Murtaza murió asesinado en un tiroteo con la policía. Su hermano menor, Shahnawaz, había muerto en circunstancias violentas en la riviera francesa. Por ese entonces, Benazir acusó a Faruk Leghari, presidente de Pakistán, de la muerte de su hermano. ¿Por qué regresó Benazir Bhutto a su patria? El atentado del 17 de octubre en el cual por poco pierde la vida le reveló que no había otra salida que la muerte, una política tan avezada como Benazir lo sabía de memoria.

Desde principios de 2007, Pakistán se había hundido en una lucha por el poder de la que resultaba imposible salir con vida. Una manifestación de extremistas islámicos violentos –que exigía la puesta en práctica de la sharia o ley islámica en Pakistán– escapó del control de las autoridades y, en un abrir y cerrar de ojos, dio comienzo una batalla con ametralladoras calibre 50 y misiles tierra-aire contra las fuerzas de seguridad paquistaníes cerca de Lal–Masjid, la mezquita roja. La policía federal sostuvo desde un principio que los violentos pertenecían al movimiento Harktul-Jihad-e-Islami –prohibido en Pakistán– señalado como un eslabón más de la cadena internacional Al Qaeda. Los clérigos y sus estudiantes islamistas radicales se atrincheraron en la mezquita en la que se encontraban más de mil 800 personas, incluso mujeres y niños; tomaron a muchos fieles como rehenes y los usaron después como escudos humanos. Ningún medio informativo supo bien a bien que exigían; la madrasa Jamia Hafsa (escuela coránica femenina) se encuentra a un lado, un edificio más en las construcciones de la mezquita y era –hasta dónde se sabe– un nido de mujaidines (militantes de la guerra santa).

Los ataques recientes revelan cada vez más que los mujaidines que lanzan bombas, o se vuelan en los aires con una carga de dinamita en el pecho, son cada vez menos los militantes de Al Qaeda; en cambio son cada vez más los shahid (mártires) que han pasado unos meses –y de modo fugaz– con los grupos islámicos radicales antes de convertirse en informantes y terroristas. En La nueva red Al Qaeda (Hamburg, 2006), Yassin Musharbash, un experto en materia de informática y operaciones de seguridad, afirma que éste es el caso de los cuatro mujaidines (voluntarios internacionales) que llevaron a cabo los atentados en Londres; sólo dos de ellos habían vivido tres o cuatro meses en la Madrasa de Pakistán, los otros dos eran médicos de profesión establecidos en Londres.

El asesinato de Benazir Bhutto ha revelado que un político tan represor y diestro como Pervez Musharraf no puede contener, ni mucho menos derrotar a la furia destructora del Islam extremista. Los atentados suicidas se multiplican en la frontera con Afganistán. La forma más pura del terror islámico es el atentado suicida. Ejerce un poder de atracción irresistible sobre el perdedor radical, escribe Hans Magnus Enzensberger, pues le permite dar rienda suelta a sus delirios de grandeza. Nadie puede decir que es un cobarde. El valor que lo caracteriza es el valor de la desesperación. Su triunfo consiste en que no se le puede castigar, pues el mismo se encarga de castigarse con la muerte. El video reivindicativo de Al Qaeda tras los atentados de Madrid de marzo de 2004 lo revela con toda claridad: “Vosotros amais la vida, nosotros amamos la muerte, y por eso venceremos”.

Nadie podrá contestar a la pregunta: ¿por qué razón regresó Benazir Bhutto a Pakistán? Nadie puede saltar sobre su propia sombra.

Pakistán: contexto del magnicidio, del Editorial en La Jornada

Pakistán: contexto del magnicidio

La ex primera ministra de Pakistán Benazir Bhutto fue asesinada ayer en Rawalpindi, un suburbio de la capital, Islamabad, mientras participaba en un mitin político en el contexto de la campaña para las elecciones parlamentarias programadas para el 8 de enero próximo. El atentado suicida que cobró la vida de la principal líder opositora al régimen de Pervez Musharraf y a una veintena de personas, ha sido objeto de condenas por parte de la comunidad internacional, entre las que destacan las declaraciones del secretario general de Naciones Unidas (ONU), Ban Ki-Moon, quien calificó el hecho como “un asalto a la estabilidad del país y a su proceso democrático”, así como lo expresado por el presidente de Estados Unidos, George W. Bush, quien externó su rechazo y preocupación por el “cobarde” atentado cometido por “extremistas asesinos”.

La muerte de la ex premier paquistaní ha acabado por hundir a esa nación centroasiática en un caótico contexto de crispación social, que agrava la crisis política y de gobernabilidad que enfrenta el régimen de Pervez Musharraf: por el país han proliferado las manifestaciones violentas y enfrentamientos con la policía, los cuales ya han producido víctimas fatales; el ex primer ministro Nawaz Sharif, la otra gran figura opositora al gobierno, ha anunciado que su partido boicoteará los comicios de enero, y solicitó la dimisión inmediata del presidente, a fin de “salvar a Pakistán”.

De su lado, Musharraf culpó por el atentado a grupos terroristas, convocó a la población a mantener la calma para neutralizar sus “diabólicos proyectos”, y decretó tres días de duelo nacional. En tanto, simpatizantes de la líder señalaron al gobernante como el autor intelectual del atentado.

Sean ciertas o no tales acusaciones, es innegable que el presidente paquistaní tiene una importante cuota de responsabilidad en el asesinato de Bhutto. Diversas acciones de su gobierno, como el sangriento asalto a la Mezquita Roja de Islamabad, ocurrido en julio pasado, o la imposición de un estado de excepción en noviembre, supuestamente para completar la “transición democrática” en ese país, han acabado por generar condiciones de violencia que alcanzan niveles como el registrado ayer en Rawalpindi. Por cierto, el hecho de que el atentado contra Bhutto se haya llevado a cabo en una localidad percibida por la población como segura y con una fuerte presencia militar sólo pone de manifiesto la inoperancia de un gobierno de mano dura, como se ha presentado el de Musharraf.

Por otra parte, no es casual ni gratuita la consternación de Estados Unidos por el asesinato de Benazir Bhutto. Cabe recordar que Musharraf concentra todos los elementos para ser incluido en el eje del mal de Washington (es un militar golpista y violador sistemático de los derechos humanos, que ha apoyado y financiado a grupos terroristas y ha desarrollado armas de destrucción masiva). La apuesta por un gobierno de coalición entre Musharraf y Bhutto representaba acaso la última alternativa de Washington para legitimar el gobierno de su protegido y mantener un aliado hasta hoy imprescindible en su llamada guerra contra el terrorismo.

Ahora, las perspectivas de una transición democrática pacífica en Pakistán se han disipado fugazmente con la muerte de Bhutto, y Estados Unidos pareciera encontrarse ante una encrucijada: mantener relaciones con el impresentable gobierno de Musharraf o retirarle el apoyo y apostar por su derrocamiento, con el enorme riesgo de que ese escenario pudiera representar la pérdida de control de las armas nucleares que posee el régimen de ese país, y su traslado a manos de organizaciones fundamentalistas o de un gobierno talibán, algo que no conviene a nadie. De tal modo, las opciones para Washington y sus aliados parecen reducirse a una: impedir que Musharraf utilice el asesinato de Bhutto y la violencia desatada a raíz de ese hecho para reinstalar el estado de excepción y postergar indefinidamente las elecciones; presionarlo para llevar a cabo cuanto antes una transición democrática pacífica, y abandonar el control de un régimen cuya caída, de todas maneras, parece inevitable.

A cien años de la matanza de Santa María de Iquique, de Marcos Roitman Rosenmann en La Jornada

La memoria de Chile debe abrir sus páginas a otro acontecimiento también oscurecido como lo es el 11 de septiembre de 1973. En esta ocasión se trata de la matanza de la Escuela Santa María de Iquique ocurrida el 21 de diciembre de 1907. Ambos acontecimientos se unen en la fuerza de los principios, en la convicción de sus dirigentes y en la ignominia de las oligarquías. Para el movimiento obrero, el comportamiento de sus líderes constituye un ejemplo, de allí la mordaza, el silencio y la tergiversación de los hechos por la historiografía oficial. Sacar a la luz la realidad conlleva rastrear la huella vergonzante de las clases dominantes, de las fuerzas armadas y el imperialismo inglés confabulados para traicionar, mostrando su sin razón y el odio a los trabajadores. Fue su amor plutocrático lo que explica una de las matanzas más sangrientas. El entonces ministro del Interior Rafael Sotomayor dio la orden para disparar. Éstas fueron sus razones esgrimidas en el telegrama enviado al buque de guerra Blanco Encalada para iniciar la matanza: “En todos los casos debe prestar amparo a personas y propiedades; debe primar sobre toda otra consideración la conveniencia manifiesta que conviene reprimir con firmeza al principio, sin esperar desórdenes tomen cuerpo. La fuerza pública debe hacerse respetar, cualquiera sea el sacrificio que imponga”. El destinatario del mismo no era otro que el general de división Roberto Silva Renard, cuya actuación en la huelga de Valparaíso se había destacado por el nivel de represión, brutalidad y uso indiscriminado de las armas de fuego, lo que provocó una protesta generalizada de las fuerzas democráticas en el Parlamento y en el movimiento obrero. Su informe dirigido al ministro del Interior, tras la matanza, es sin duda símbolo de su personalidad: “…como usted comprenderá, los oradores no hacían otra cosa que repetir aquellas frases comunes de guerra al capitalismo y al orden social existentes... Comisioné al coronel Ledesma para acercarme al comité... y comunicarle de orden de US de evacuar la escuela... el coronel volvió diciéndome que el comité se negaba a cumplir dicha orden. En vista de eso tomé nuevas disposiciones... Hice avanzar dos ametralladoras del crucero Esmeralda y las coloqué frente a la escuela. Coloqué un piquete del regimiento O’Higgins... para hacer fuego oblicuo a la azotea... Convencido que no era posible esperar más tiempo sin comprometer el respeto y el prestigio de las autoridades y de la fuerza pública, penetrando también en la necesidad de dominar la rebelión antes de que terminase el día, ordené a las tres 3/4 PM una descarga por un piquete... donde estaban los huelguistas más rebeldes y exaltados... A esta descarga –subraya Silva Renard– se responde con tiros de revólver y aun de rifles que hirieron a tres soldados y dos marineros, matando a dos caballos... entonces ordené dos descargas más y fuego a las ametralladoras con puntería fija a la azotea, donde vociferaba el comité entre banderas y toques de cornetas. Hechas las descargas, y a este fuego de ametralladoras... la muchedumbre se rindió”.

La escuela, cuya construcción era de madera, no impidió el paso de las balas de grueso calibre. No hubo protección para niños, mujeres y jóvenes. Diez y ocho mil presentes terminaron siendo los blancos perfectos. Murieron más de mil personas y hubo otras 2 mil heridas, según datos, aunque se decretó el secreto, la censura y las cifras reales bailan. Algunos sitúan las muertes en más de 3 mil.

El origen de esta matanza fue la huelga contra la devaluación de la moneda. Un pliego con 10 peticiones de los trabajadores de las salitreras: a) la mejora en las condiciones de trabajo; b) la eliminación paulatina de las fichas mientras no fuera posible la libertad de circulación de las mismas; c) el pago de un jornal mayor; d) un comercio abierto en las oficinas; e) el cierre general con reja de hierro en los cachuchos y chupadores; e) el pago de indemnización en caso de accidente; f) poder comprar fuera de la pulpería y tener una vara para comprobar pesos y medidas; g) conceder lugar gratuito para escuelas; h) que los administradores no pudiesen arrojar a la rampla el caliche decomisado y aprovecharlo después en los cachuchos; i) que el administrador no despida a los trabajadores que tomen parte en el conflicto sin dos meses de avisos y previo pago.

Un comité agrupaba a los 18 mil obreros en conflicto. Parecía que se podía negociar. Tras un momento de incertidumbre las empresas dan marcha atrás. Sería un mal precedente, aunque las peticiones sean justas. De hacerlo, manifiestan los empresarios, “perderían todo el prestigio moral, el sentimiento de respeto, que es la única fuerza del patrón respecto del obrero”. El presidente del comité de huelga, el anarquista José Briggs, hizo un último esfuerzo. Ya en Iquique, después de la marcha iniciada a mediados de diciembre y cuya fuerza es mayor a partir del 13 en el pueblo de San Antonio, acepta un acuerdo con la patronal de 60 por ciento de aumento salarial. Sin embargo, el gobierno había decido masacrar a su pueblo el 21 de diciembre de 1907, decretando el estado de sitio sin el consentimiento del Congreso. La matanza constituyó un punto de inflexión. Los responsables de tal acto serían Pedro Montt, presidente de la república; Carlos Eastman, intendente de Iquique, y el general Silva Renard. Todos ellos absueltos. La historia los considera defensores del orden, la libertad y la propiedad privada.

Tras los acontecimientos, la oligarquía chilena siguió sometida a los designios del capital inglés asentándose el primer liberalismo económico y político del siglo XX bajo las formas del enclave minero. Las compañías salitreras, las empresas de transportes marítimos, los ferrocarriles, los bancos, se confabularon para construir un régimen bajo su control. Los dueños del país vivieron de la explotación sin límites del minero, del campesino, del obrero. La máxima del periodo oligárquico fue la ostentación, la exclusión política, la represión y la muerte. Las reivindicaciones democráticas se acallaron por las armas. Los derechos sociales democráticos no verán la luz hasta muy entrado el siglo XX. Sólo frustración. Sin derecho de huelga, ni descanso dominical, ni seguridad laboral, trabajando 10 o más horas, con pago en fichas, castigos corporales y cepos, las protestas se tiñeron de más sangre. Fue la forma de denunciar las condiciones de trabajo y de vida de la clase obrera, de mujeres y niños. Ésta es la historia en la cual se inscribe la matanza de la Escuela Santa María del 21 de diciembre de 1907. La lucha dará sus frutos años más tarde. Tras 70 años de olvido, durante el gobierno de la Unidad Popular, un grupo musical, Quilapayún, rescató la tragedia en forma de cantata. La burguesía cuestionó la interpretación. Hoy, a 100 años de la matanza, volverá a defender a sus asesinos. Su felonía no quedará impune. El recuerdo es su vergüenza.