La Coctelera

Categoría: El País

El terremoto, de Eugenio Suárez en El País de Madrid

Mañana entramos en el octavo año del nuevo siglo. Aunque por ahí anden personas que nacieron hace más de 100 años y están para pocas recordaciones, no deja de causar cierta perplejidad intelectual la indiferencia, apatía, casi desdén con que hemos cambiado de milenio. Objetivamente nuestro comportamiento es racional, acorde con la resignada reflexión del vengativo Don Mendo cuando, en sus prisiones, recordaba el aniversario del emparedamiento, refiriéndose al paso de los días: "Todos iguales para mí seréis / trece, catorce, quince y dieciséis...".

Mudamos de centuria, entramos en un siglo cuyas maravillas e incógnitas nos llegan muy devaluadas. Hubo el desfasado tsunami que apenas fue un carraspeo telúrico y pienso que nos trae el futuro sin cuidado. Lo que tenga que pasar, ocurrirá, y estamos habituados a la aceptación de todas las maravillas, sin que se conmueva nuestra curiosidad. No hace ni 25 años que se popularizaron los teléfonos llamados digitales, unos mamotretos que servían para hablar con el prójimo lejano y como arma ofensiva o defensiva. Hoy caben en la palma de la mano, hacen fotografías sin carrete, envían mensajes, los archivan y su manejo es más sencillo para los menores de ocho años que para cualquier adulto. No digamos un viejo.

Aunque en nuestra ciudad tenemos un barrio que se llama de Maravillas, hemos dejado de maravillarnos, ya no miramos al cielo, que es eso que está encima de los tejados. Durante unos días, cuando estén terminados, echaremos alguna ojeada a nuevas torres, inclinadas o verticales, pero casi nadie se acerca para contemplar, aprobar o criticar la terminada remodelación del Museo del Prado. Nadie mira hacia arriba, salvo para informarse, inútilmente, de la placa de una calle o el número de una casa. Ni si estamos en luna nueva o menguante, porque esa información nos la da el horario comercial que altera el perezoso y reiterado transcurso del sol sobre nuestras cabezas.

Los amaneceres en la ciudad se advierten no por la cautelosa llegada de la luz, sino por la persistencia del alumbrado que se convierte en puntos amarillentos sin brillo.

No pretendo escandalizar a mis contemporáneos por su despego hacia la astronomía, cuyas nociones eran conocidas por los campesinos y de las que todos teníamos noticias, adquiridas en la escuela o en el bachillerato, tan útiles para que los muchachos pálidos creyeran impresionar a las mocitas adolescentes, hablándolas de Orión, Aldebarán, Casiopea o el Carro, mientras intentaban, por lo general inútilmente, deslizar unos dedos entre los botones de la blusa. Hablo de los tiempos en que la contaminación lumínica hacía posible que la bóveda celeste fuese contemplada en las ciudades, o sea, la tira de años. Dudo que los niños actuales se interesen por la astronomía, que se ha quedado como una superespecialización para quienes pretendan seguir la carrera de pilotos espaciales. Se acabó lo moderadamente grande y lo moderadamente pequeño. No hay, o quedan pocos, microscopios escolares y el viejo anteojo marino es un elemento decorativo en la habitación devastada por un decorador.

Dudo que haya muchos madrileños que sepan dónde está el Observatorio Astronómico. Yo mismo sigo creyendo que se encuentra en la esquina más meridional del parque del Retiro, donde pude verlo, hace más de 50 años en ocasión que alguna vez he comentado. Al final de una mañana invernal del año 1949, o aproximadamente, nuestra ciudad fue sacudida por un temblor de tierra de moderada intensidad. Se deslizaron las tazas en los vasares, tintinearon las arañas, se dibujó una raya quebrada en algún tabique frágil y osciló el líquido que hubiera en copas y vasos. Poco más, pero lo suficiente para que me encomendaran, como joven reportero, informar a los lectores del periódico donde trabajaba.

Conseguí llegar hasta la misma puerta del Observatorio, cuyo timbre oprimí repetidamente y hasta golpeé los cuarteles de madera con los puños. Al cabo de un buen rato, un viejo malhumorado me informó de que no había nadie más que él pues, a esa misma hora, se casaba la señorita Angelines, una empleada muy apreciada por sus compañeros.

El seísmo -lo recuerdo- alcanzó un siete en la escala de Richter. Sin desgracias personales, fue la comidilla de Madrid durante, al menos, cuatro días. Desde entonces, la mayoría ha dejado de mirar hacia arriba. Parece que, al menos el subsuelo sigue sólido, pese a la enorme cantidad de túneles y perforaciones que lleva sufriendo. Y lo que te rondaré, morena.

Interferencias, de Antonio Yélamo en El País de Andalucía

El presidente de Cajasol, Antonio Pulido, ha actuado con rapidez. La situación así lo requería. Con el apoyo unánime de su consejo de administración destituía al hasta ahora director general de la entidad, José María Ramírez Loma. Tras las consultas de rigor, Banco de España, Consejería de Economía y PSOE, decidía imprimir un nuevo ritmo al proceso de fusión entre El Monte y Caja San Fernando aplicando un relevo en la cúpula que se culminará en los próximos días con la designación de su sustituto, un profesional probablemente ajeno a ambas cajas y que deberá acometer el indispensable trabajo de integración para que dicha caja actúe como un sólo bloque y no como la suma de dos. Se trata de una difícil tarea si se tiene en cuenta que procesos de fusión anteriores, como es el caso de Unicaja, precisaron de más de cinco años para que se desarrollara plenamente, y aún así a estas alturas todavía se observan vestigios de algunas de las entidades que formaron el conglomerado financiero malagueño, sobre todo, a la hora de la convivencia diaria de los distintos cuerpos directivos.

De todas formas, si ésta es la única incidencia que cabe destacar en el camino iniciado por estas cajas, deben darse por más que satisfechas. La fusión prevista se aceleró en el tiempo con la idea de cumplir el objetivo político que se había planteado en su día el presidente andaluz, Manuel Chaves. Y en clave local, era una forma, también, de blindarse ante futuras operaciones que quién sabe si no se precipitan tras las próximas elecciones autonómicas. Lo sucedido, por tanto, no debería tener mayor importancia. Entra dentro de la lógica de una firma financiera que pretende garantizarse un mejor funcionamiento, aumentando sus perspectivas de negocio y bajo las directrices emanadas por su consejo de administración encabezado por su presidente.

En un momento en el que las convulsiones del mundo de las finanzas siembra de incertidumbre el escenario económico a corto y medio plazo, la medida se ha adoptado con limpieza y ha contado con el pleno respaldo político y social. Al parecer, en el consejo en el que se aprobó dicha decisión, no hubo intervenciones críticas y sí todas a favor de la propuesta de la presidencia. En total 39 votos apoyando la iniciativa, sin que pudiera asistir el alcalde de Sevilla, Alfredo Sánchez Monteseirín, que tenía otras obligaciones que atender. Últimamente el edil se las pierde todas. Tampoco pudo, o no quiso asistir, al comité provincial del PSOE en donde se aprobaban las listas electorales.

Cerrado este capítulo lo que queda, al final, es el afán de algunos por interferir una decisión que ya estaba debidamente canalizada y que se revestía de tintes estrictamente profesionales, en beneficio de la entidad. Pero esas ganas de medrar de algunos han quedado al descubierto y lo cierto es que, a la luz del día, resultan totalmente ridículas. De derrota en derrota hasta el triunfo final.

Misoginia y xenofobia, de Fernando Santiago en El País de Andalucía

No estamos entrenados para estar mandados por mujeres. La incorporación de la mujer a la vida pública ha sido tan rápida y tan reciente que cuesta asimilar verlas en puestos de responsabilidad. Máxime en la política, donde a lo más que se llegó fue a que ocuparan ministerios y consejerías asistenciales. Asuntos de esos de los que antes se decía para los que las mujeres tienen una sensibilidad especial. La llegada de una generación de mujeres a la vida pública las ha llevado también a puestos de responsabilidad típicamente masculinos. Y uno de esos son las obras públicas. De manera paralela, la Administración del Estado ha cedido capacidad a las autonomías pero uno de los ministerios con más competencias y recursos es el de Fomento. Un ministerio muy varonil, de gente subida de testosterona como Álvarez Cascos. A ese lugar llegó una mujer andaluza hace casi cuatro años. Además, una mujer elegante, con fama de decidida -cuentan que ella le dijo al presidente Zapatero cuando le propuso el cargo: "Sabes que soy una mujer difícil"- y enérgica, sin ningún temor a tomar decisiones y a ejecutar las políticas que establecía su Gobierno, como se demostró cuando era consejera de Economía de la Junta de Andalucía con Cajasur, cuando el Gobierno del PP decidió retirar esa competencia a la Junta, o cuando los dos presidentes de las cajas sevillanas decidieron participar en una conspiración con el PP y un periódico campeón de las conspiraciones y las mentiras.

Magdalena Álvarez fue la primera mujer en ocupar el Ministerio de Fomento. Y lo hizo con el empeño acostumbrado. Desplegó sus proyectos sobre el mapa de España, entre los que se encontraba la prioridad para el desarrollo del AVE, incluidos proyectos elaborados por el gobierno anterior, como los trayectos de alta velocidad a Málaga, Valladolid y Barcelona. Tras la formidable inversión en el nuevo Barajas que hicieron los gobiernos de Aznar, Magdalena Álvarez se fijó en el desarrollo del AVE por toda España. Por supuesto que esta opción cuenta con sus detractores, de manera especial entre IU que ha defendido siempre la prioridad para el cercanías. Pero como hace 100 años con el ferrocarril, la ciudad que ahora no tiene AVE se siente fuera de la modernidad. El asunto es que al final se demostró que la decisión adoptada por todas las administraciones para que el AVE llegara al centro de Barcelona y lo hiciera por el canal ferroviario compartido por el cercanías fue un error mayúsculo.

Los problemas se multiplicaron por el hecho de haber anunciado una fecha para la inauguración. Las otras administraciones que habían participado en el diseño de la operación se quitaron de en medio cuando llegaron los problemas, de manera especial la Generalitat. Todo el lío ha llevado a los oportunistas de siempre a pedir la independencia. En esta situación, que una mujer andaluza tome decisiones no fue aceptado por los políticos catalanes, ayudados por la derecha españolista más cerril. Una mezcla de misoginia y xenofobia desató una de las cacerías políticas de mayor alcance en la política reciente y ya se sabe que a la derecha siempre le han gustado las cacerías.

Si los problemas de las obras en Barcelona han servido para pedir la independencia, en el resto de España han sido utilizados por los grupos y los medios de comunicación más reaccionarios. En las líneas de AVE recién inauguradas se miden los minutos de retraso en cada tren y se magnifica cada incidencia. Se pronosticaron retrasos y problemas en las obras de Málaga que luego no fueron verdad, se puso énfasis en fallos de algún túnel que no lo eran y otras simplezas propias de gente de escasos recursos políticos. Todo para atacar a la ministra de Fomento. Ella ha respondido siempre con firmeza, lo que ha cebado la bomba hasta alcanzar el maridaje de la derecha españolista y el independentismo catalán con su reprobación en el Senado. Al final, el día que Magdalena Álvarez no esté en el ministerio, en Andalucía la echaremos de menos.

Eficacia y eficiencia, de José Ramón Giner en El País de la Comunidad Valenciana

Al conocerse el informe de la Sindicatura de Cuentas, el consejero de Economía, Gerardo Camps, se ha apresurado a afirmar que la auditoría refleja "una gestión eficiente y eficaz de las cuentas públicas". El consejero es, sin duda, un hombre generoso a la hora de valorar el trabajo propio. No se lo reprocharemos. Pocas cosas resultan tan desagradables como la falsa modestia en boca de un político. Por fortuna, es un vicio en el que no acostumbra a incurrir Gerardo Camps, que suele mostrarse muy orgulloso y convencido de su tarea, como el resto de los miembros del Gobierno.

Me pregunto, sin embargo, si puede hablarse de eficiencia y eficacia cuando nos referimos al Palau de les Arts. Esta obra magnífica, que deberá catapultarnos algún día a las cimas de la cultura europea y tal vez de la mundial, empezó con un presupuesto de 84 millones de euros y hoy anda por los 442. El incremento no es insignificante. A ello, debemos sumar los contratiempos sobrevenidos, que tampoco han sido escasos: fallos en la maquinaria, inundación del edificio, butacas sin visibilidad... Como es natural, ha habido que efectuar las reparaciones correspondientes, que no han resultado nada baratas en una obra de estas características. A la vista de los datos ¿diría el consejero de Economía que ha habido una gestión eficiente y eficaz del dinero público en el Palau de les Arts?

Vayamos ahora a la Ciudad de la Luz, ese "referente internacional" al que habían de acudir "las grandes producciones de majors americanas". Después de algunos años de funcionamiento, con una inversión económica cuidadosamente ocultada a los ciudadanos -no hay que asustar a los votantes-, se han rodado una veintena de películas. Los rodajes han estado subvencionados, es decir, hemos pagado a las productoras para que vengan a la Ciudad de la Luz. Todo indica que continuaremos de ese modo en los próximos años, mientras se dan a conocer los estudios. De momento, y según el informe de la Sindicatura, entre 2005 y 2006 se firmaron 15 contratos por valor de 12 millones de euros. Asterix en los Juegos Olímpicos obtuvo la mayor subvención: 4,7 millones de euros. Aún recordamos con agrado la fotografía del presidente Francisco Camps, junto al actor Gerard Depardieu. Una fotografía magnífica, que publicaron los periódicos.

¿Quiere el consejero de Economía que hablemos de la eficacia y la eficiencia de Ciegsa? Nada nos gustaría más que hablar de ello pero, por el momento, resulta imposible pues desconocemos las cuentas de la empresa. El día que se expongan a la luz pública, admiraremos su eficacia y su eficiencia que, por el ritmo que imprime la empresa a sus obras, deben ser más que notables. Mientras tanto, el único aval de que disponemos es la palabra del consejero que, aunque no deja de ser una palabra interesada, nos merece el mayor respeto. Podríamos continuar hablando de eficiencia y de eficacia en Canal 9, o en la Ciudad de las Artes, pero me temo que acabaríamos por fatigar al lector.

En los negocios, suele decirse que lo que no son cuentas son cuentos. Coge usted a un banquero, le muestra las cuentas de la Generalidad -incluido el aumento de la deuda registrado durante el último año- y al cabo de rato obtiene usted una opinión terminante, definitiva, sobre la cuestión. Es lo que sucedería en la economía real. En política, sin embargo, los cuentos pueden pasar por cuentas, a poco que uno tenga una cierta habilidad. Gerardo Camps -¿hará falta decirlo?- es un hombre de una extraordinaria habilidad.

Elogio de los trabajos forzados, de Empar Moliner en El País de Cataluña

Les diré que los miembros de la ONG El Arca de Zoé me olieron a chamusquina desde el principio por una sola razón: su nombre artístico. Una ONG que se pone un nombre tan, digamos, poético, no me parece seria. Según mi retrógrado modo de ver las cosas, las ONG serias no hacen juegos de palabras. Pero ya entiendo que lo mío no tiene (demasiado) fundamento científico.

El caso es que los miembros de esta lírica organización, que operaba en Chad, engañaron a los padres de 103 menores diciéndoles que les escolarizarían si se los entregaban. Una vez conseguido esto, decidieron que, en aras del realismo, vendarían algunas partes del cuerpo de los críos para que pareciese que estaban heridos (a causa de la guerra de Darfur) y los montaron en un avión. Querían transportarlos a Francia para entregarlos en custodia a familias europeas. Los abnegados cooperantes grabaron imágenes de su hazaña, porque, más o menos, argüían que el fin justifica los medios y, por lo tanto, consideraban que los niños estarían mejor con padres adoptivos del primer mundo. Al descubrirse el pastel, el Gobierno de Chad los condenó a ocho años de trabajos forzados. Ahora, por desgracia, el Gobierno francés ha conseguido que cumplan la condena en su país. Qué lástima.

A mí, la verdad, me parece muy bien que si uno comete un delito en un país subdesarrollado, pague con penas de país subdesarrollado. Y los trabajos forzados -el clásico pico y pala- son un castigo que está en desuso en muchos estados del primer mundo, pero que el digno Gobierno de Chad se esfuerza por mantener en vigor. Peor es robar un niño en Florida.

Lo que me duele es que he oído voces diciendo que los trabajos forzados son un castigo cruel hasta para estos pájaros. Y no niego que lo sean. Pero no para todo el mundo. Lo son para usted o para mí, que ya trabajamos suficiente en la vida. Pero no para los miembros de El Arca de Zoé. Al revés. Pero si les hubiese encantado...

Reflexionen un momento. ¿Qué diferencia hay entre cooperar en Chad y estar condenado a trabajos forzados en Chad? Ninguna. Los voluntarios de El Arca de Zoé seguro que más de un día y más de dos estuvieron a pico y pala para construir alguna escuela (entre secuestro y secuestro). Para ellos, trabajar al aire libre, sudando la gota gorda y viendo cómo el sol se pone tras las montañas Tibesti, es el pan integral de cada día. Además, vestir el uniforme de la cárcel de N'Djamena no es tan distinto de vestir los modelos de color caqui que tanto aman algunos cooperantes (no todos, claro). Y lo de comer un bol de arroz miserable por todo alimento diario, también es un esfuerzo relativo para ellos, personas entregadas a los demás y sin las necesidades que tenemos los caprichosos y consumistas habitantes del primer mundo. En cuanto a lo de cargar piedras o cavar zanjas, es algo que estas personas del país del queso de Roquefort habrán hecho más de una vez en la vida. Aunque también es verdad que hay una diferencia entre estar condenado a trabajos forzados y ser de El Arca de Zoé. Si eres de El Arca de Zoé te puedes intentar ligar a los cooperantes de las otras ONG. Si estás condenado a trabajos forzados, sólo tienes posibilidades con los de tu mismo sexo.

moliner.empar@gmail.com

Vacío federalista, de Jordi Sánchez en El País de Cataluña

Afirmar que el federalismo nunca ha tenido en España un arraigo sólido y profundo no es ninguna novedad. Evidentemente, la derecha española ni por asomo se ha acercado al federalismo. Ya costó lo suyo que en su momento aceptaran el título VIII de la Constitución, que sienta las bases del Estado de las autonomías, el cual utiliza algunas técnicas vigentes en Estados federales, pero dista de ser un modelo federal. En la izquierda las cosas no han ido mucho mejor para las tesis federalistas. El jacobinismo parapetado en un discurso en clave territorial o redistributiva hacia las regiones menos desarrolladas ha sido la tónica dominante que ha ahogado cualquier pretensión federalista de calado, entre otras cosas porque ha hecho creer que solidaridad y federalismo plurinacional eran incompatibles.

En verdad, con salvedad de las voces procedentes de Cataluña, el federalismo en España ha sido el gran ausente del debate y las propuestas políticas. La izquierda y el centro izquierda a lo más que han llegado es a utilizar para algunas de sus estructuras orgánicas terminología federalizante, pero de ahí no se pasa. Y lógicamente, ni el nombre hace la cosa ni el programa ni la práctica política responden a ningún principio federal. Pero si todo esto ya era así desde los inicios de la transición, con el desarrollo de la democracia el federalismo se ha ido diluyendo hasta resultar ilocalizable en las propuestas políticas sobre el modelo de Estado que los grandes partidos han puesto encima de la mesa.

Probablemente nunca como hasta ahora el PSC había percibido la soledad federalista en la que se encuentra o, si se prefiere, el vacío en el que caen sus propuestas federalistas. Hasta que Maragall alcanzó la presidencia de la Generalitat, el PSC vivía en una incomodidad relativa el vacío federalista del PSOE. Quizá porque la disputa con CiU a lo largo de más de dos décadas y la incapacidad socialista de arrebatarle la mayoría para gobernar hizo que las bases federalistas del PSC, sin desaparecer, tuvieran un protagonismo menor. Quizá porque muchos de los dirigentes socialistas catalanes creían saber que abanderar propuestas federalistas desde la oposición en Cataluña podía aproximarlos a CiU en sus reivindicaciones ante el Gobierno central y tensionar las relaciones que el PSC mantenía con el PSOE.

De esa incomodidad relativa se pasó a unos años (desde finales de la década de 1990 hasta mediados de la actual) donde no sólo el PSC alzó la bandera federalista y la del autogobierno, sino que algunos de sus dirigentes fueron más lejos que nunca en sus propuestas de reforma constitucional. Eran los años en que el PP y CiU sellaron una alianza que dejaba mucho territorio libre para recorrer al catalanismo de izquierdas. Fueron los años en que el PSOE purgaba en la oposición los excesos de poder cometidos y Maragall y el PSC eran de las pocas bazas desde las cuales se podía infligir una derrota a la derecha. Fue el periodo en que el socialismo en España construía un nuevo liderazgo, un relevo generacional en toda regla, que desde Cataluña se creía, primero, que se apadrinaba y, segundo, que respondería favorablemente a las tesis federalistas del PSC.

La imagen de Zapatero en el balcón del Palau de la Generalitat el día que Pasqual Maragall tomó el relevo en la presidencia del Gobierno catalán a Jordi Pujol fue, sin duda, el momento álgido de las expectativas de los federalistas catalanistas del PSC. Fue el instante mágico en que se creía que el momento de influir en el PSOE y acelerar en éste su apuesta federalista había llegado. Después vinieron las promesas de Zapatero y ese juego de seducción que el líder socialista español desplegó tan hábilmente hasta poco después de su victoria electoral. Quizá la capacidad de arrastrar desde el PSC al PSOE hacia el federalismo habría sido mayor si Zapatero no se hubiera alzado con la victoria el 14 de marzo. La derrota del PP devolvió al PSOE de manera progresiva a las actitudes que ya había tenido el Ejecutivo de González. Las promesas de Zapatero se fueron diluyendo y las apuestas de reforma del Estado que parecía compartir la nueva dirección socialista antes de la victoria de Zapatero se quedaron simplemente en un proceso consecutivo de reformas estatutarias, sin duda por el empeño del Gobierno de Maragall y el Parlament, pero en el que el PSOE no se distinguió del PP si nos debemos atener a la literalidad de las reformas de aquellas comunidades gobernadas por unos o por otros.

Es cierto que fue brutal la agresividad verbal del PP contra el Estatuto catalán y contra lo que ellos definían como una política encubierta de Zapatero de transformación del Estado de las autonomías. Pero no es menos cierto que Zapatero y su equipo declinaron cualquier oportunidad para hacer pedagogía del federalismo y la plurinacionalidad. Y con ellos, la izquierda intelectual y cultural española.

El PSOE y la izquierda española conllevan el federalismo y la realidad plurinacional, pero no la sienten como propia. Por eso consideran una deslealtad con el proyecto socialista algunas de las propuestas y actuaciones del PSC. El drama para el PSC es que estamos ante un nuevo PSOE, con una generación que tiene por delante como mínimo una década larga para seguir asumiendo el poder. Un equipo y una generación que a priori era la esperanza blanca para que las propuestas federalistas impulsadas por el PSC fructificaran en el PSOE.

En España no hay muchos más federalistas que los federalistas catalanistas. Y sus posibilidades de éxito son visibles. El problema para el PSC es que ahora gobierna él y difícilmente encontrará una salida que no sea la de la confrontación con el Gobierno central o la renuncia a sus ideas y principios, y al impulso decidido del nuevo Estatuto. Si no cambian mucho las cosas, el PSC deberá elegir entre volver a la oposición o asumir una creciente confrontación con el PSOE. Y si no, al tiempo.

Jspicanyol@hotmail.com

Año Nuevo, vida nueva, de Javier Mina en El País del País Vasco

¡Arrepentíos, queridos lectores, porque llega la terrible noche de los Propósitos para Año Nuevo! Supongo que todos nos inclinaremos por los clásicos, dejar de fumar, hacer deporte (otra forma de llamar al adelgazamiento) y aprender inglés, y cuando digo todos me refiero a la clase de a pie; la política pica más alto. A nadie se le escapa que los propósitos de PSOE y PP son ganar las próximas elecciones, lo que plantea un conflicto agudo ya que sólo puede haber un vencedor. ¿Habrán madurado ambos un plan B como el de no dejar para mañana lo que puedas hacer hoy (otro clásico), es decir, ofrecer algo que pueda interesar de verdad al votante más allá del voto arrojadizo?

El propósito del lehendakari no puede ser más sencillo: consultar a la vasquidad. Más sencillo y más vacuo, porque, en teoría, el gran proyecto político del lehendakari debería agotarse en el propio acto (y nosotros que nos lo creíamos..., nadie hace propósitos de imbecilidad ni siquiera para Año Nuevo). Los de Urkullu parecen consistir en que se reconozca el estatuto de preso político para algunos -por lo menos- miembros de ETA encarcelados y se procure el acercamiento de todos, relegando a segundo plano la suerte de quienes estamos a este lado de las rejas. Por cierto, uno de ellos, me refiero a un preso, se está proponiendo acabar la carrera de Derecho, de la que sólo le faltarían dos asignaturas. Lo que llama la atención es que tuviese aprobadas las demás, visto el desprecio que siempre ha demostrado por la ley y el Estado de Derecho. Los que no están nada claros son los propósitos de ANV, ya que oscilan entre la legalización y una ilegalización hacia la que correrían encantados.

Pero que no decaiga, los que comeremos las uvas somos nosotros, el común de los mortales, o sea más, y muchos de los buenos deseos para 2008 se escapan de nuestras manos. Por ejemplo, el Euríbor, aunque nos resta el comodín de la carta a los Reyes Magos para pedir que le rebajen algún punto. Otrosí los precios en general, quiero decir que nos gustaría que bajaran, y de hecho ya estamos haciendo votos y propósitos para bajarlos en aquello que nos concierne. Yo, sin ir más lejos, he decidido rebajar en un 50% el precio de mi aliento, y eso que lo tengo siempre limpio (ya no fumo. ji, ji). Me consta que mi vecino está contribuyendo con bajar el precio de las lechugas un 100% para que sólo se lucren los intermediarios, o sea, todavía más. ¡Y claro que estamos dispuestos a que nos congelen los sueldos para no ver la cara horrible de la inflación! Congelarlos e incluso quitarles un par de puntos para ver si ya nos hacemos pobres de solemnidad y quedamos un poco más afuera del cuadro y hacen con nuestros huesos y despojos biocombustible. O electricidad, porque parece que aun pagándola cara todavía la pagamos por debajo de lo cuesta, situación que cualquiera consideraría reñida con los beneficios que consiguen las eléctricas.

Pero, ¿quiénes somos nosotros para saber de estas cosas? Sobre la suerte del mundo más en general, mejor callarse. Bueno, no del todo, es posible que haya calentamiento global, pero no cabe duda de que lo que echa humo es el bolsillo de Al Gore, que habría multiplicado su fortuna por cincuenta desde que se hizo su profeta. Como para no encenderse. Pero, en fin, seguro que hay motivos para que 2008 sea un año feliz y así se lo deseo.

Despedida, de Eduardo Mendoza en El País

El último día de 2007 sale mi última columna y hace idónea mi despedida, que creo oportuna porque las empecé a publicar hace más de 4 años, casi sin pensar y sin prever su duración, a raíz de la muerte repentina de Manuel Vázquez Montalbán, a quien dediqué la primera y hoy dedico ésta. A pesar del tiempo transcurrido, me consta que lo sustituí pero que no lo he reemplazado: un leve consuelo para quienes todavía no nos hemos reconciliado con su desaparición.

Desde el primer día procuré no separarme de la actualidad, aunque en la elección del tema y en su tratamiento no me sentí ligado a la inminencia de los hechos ni a su jerarquía, dos aspectos que el resto del periódico ya cubre con solvencia. Siempre pensé que el columnista, si existe tal categoría, ha de dejar constancia del lento desplazamiento de las actitudes y las percepciones, un fenómeno que, a diferencia del geológico, se produce en las capas más superficiales. Una columna, en el mejor de los casos, ha de ser un impreciso sismógrafo, algo así como la previsión del tiempo: igual de falible y de científica, porque se elabora a base de mirar las nubes y ver por dónde sopla el viento. No en vano ocupa el último espacio del diario para los que lo leemos de delante a atrás.

El ejercicio semanal ha sido educativo, interesante y divertido, tal vez para una sola persona. Algunas muestras de solidaridad, no pocas divergencias y unos pocos denuestos me confirmaron que fui leído, por lo que doy las gracias. También se las doy a quienes dentro y fuera del periódico me ayudaron a remontar la escasez o la incertidumbre y a solventar enojosos problemas logísticos.

Y para no pecar de modesto, acabo mencionando dos motivos de orgullo: no haber fallado ni un lunes y no haber utilizado ni una vez el fútbol como metáfora de la vida.

Nada más. Feliz año y hasta siempre.