Los episodios de violencia que en los últimos tiempos han esmaltado la vida colectiva de la sociedad vasca tienen la inesperada consecuencia de erosionar su imagen externa. Nada tan falso como la representación de un pueblo guerrero de espaldas a la senda de prosperidad recorrida por las naciones civilizadas. La trayectoria de la comunidad vasca ofrece, por el contrario, signos sonoros de vigorosa sociedad civil y económica. ¿Cómo pudo alcanzarse? Sólo mediante el concurso de la historia podrá entenderse cómo ha sido posible esta epopeya pacífica.
Muchas han sido las ocasiones en las que el Señorío de Vizcaya se enfrentó con el reto de reconversión o estancamiento frente a las crisis. Mirando hacia atrás, hallamos un primer impulso de salida de la depresión de la Baja Edad Media en la lucha de la flota vasca para desplazar a comerciantes ingleses y centroeuropeos en el tráfico comercial entre el golfo de Vizcaya y el mar del Norte.
Tiempo adelante, mostrarían los vizcaínos una extraordinaria capacidad adaptativa cuando el eje comercial Este-Oeste, basado en el Camino de Santiago, resultó sustituido por el eje Norte-Sur que comunicaba las rutas laneras con el pujante mercado europeo. Por vez primera, el puerto de Bilbao llegó a convertirse en el gran puerto comercial básicamente ligado al comercio de lanas. Es proverbial la asombrosa capacidad de los empresarios vascos para salir airosos de las más difíciles encrucijadas; desde tiempo inmemorial, utilizaban la ría de Bilbao como vehiculo de expansión comercial, mantenían densas relaciones económicas con Flandes, Francia, Inglaterra y con el resto de la Península. En 1511, hallamos a los vizcaínos bien representados en Flandes con su propio 'Consulado'; y muestran otra vez su vivacidad adaptativa cuando la sublevación flamenca hace declinar este comercio: participan intensamente en las faenas de pesca en Terranova y participan en la Carrera de Indias. Simultáneamente, asistimos al desarrollo de sus ferrerías, en continuo proceso de innovación tecnológica, por lo que, antes del alto horno, el puerto de Bilbao ya absorbía un gran volumen de comercio extranjero, pues los fueros, por ejemplo, otorgaban determinadas prerrogativas como la exención de alcabalas y otras.
Cuando los vizcaínos pierden el control del comercio de las lanas a favor de Santander, se adaptan mejorando la infraestructura viaria, reduciéndose así los costes de transporte con benéfica expansión del mercado; convierten el antiguo camino Bilbao-Orduña-Pancorbo en ruta de carros, preludio del futuro trazado del ferrocarril Bilbao-Miranda y de la apertura de comunicaciones terrestres con la meseta. Empresarios de esta estirpe abordarán en la centuria siguiente tareas más ambiciosas de industrialización de la ría.
Avanzada la revolución industrial, consiguen los empresarios vascos resistir muy bien la competencia fabril de las más adelantadas naciones europeas. Los hermanos Mazarredo introducen Altos Hornos en 1822; le siguen las industrias de Santa Ana de Bolueta y de Nuestra Señora del Carmen. Desde 1841, los negocios se hacen con más facilidad al trasladar el Gobierno español las aduanas vasconavarras a la costa e inaugurar el mercado unificado que anhelaban los empresarios vascos y catalanes, muy interesados en nacionalizar el Estado para colocar mejor sus productos. Ello produce notorias figuras empresariales como los Delclaux o los Ybarra y comerciantes de tanto fuste como Pablo Epalza, artífice del bisoño Banco de Bilbao. A la sociedad Ybarra y Cª se debe la culminación del complejo minero-siderúrgico Altos Hornos y Fábricas de Hierro y Acero de Bilbao, antecedente cercano de la señera Altos Hornos de Vizcaya que hasta la aparición de Ensidesa mantendrá notable ventaja competitiva respecto a la siderurgia del Principado. Así, con los beneficios acumulados en la exportación de mineral de hierro, y sobre la base de los fletes de retorno, se monta la industria siderúrgica vasca.
También ha de citarse la industria naval, impulsada por la exportación del mineral. Y, en respuesta a las necesidades de crédito de una pujante comunidad mercantil, aparece, al hilo de las liberales leyes bancarias de 1856, la institución catalizadora de los más poderosos impulsos de desarrollo desde entonces hasta nuestros días: el Banco de Bilbao. Precisamente, en una reciente historia del Grupo BBVA dirigida por mí, se relata la dilatada andadura de muchas élites financieras ligadas al banco bilbaíno, desde Pablo Epalza, el Conde de Arteche, Sánchez Asiaín o Emilio Ybarra.
Ciclos cortos de prosperidad se van realimentando incesantemente. Es la época de los Martínez Rivas, los Ybarra, los Chávarri y tantos otros esforzados hombres de negocios que nutren la densa red de elites innovadoras vascas del ochocientos, conocidas por su energía empresarial y por sus manejos políticos a favor del proteccionismo. En 1891 se crea la Bolsa de Bilbao y en 1901 surge el Banco de Vizcaya. La misma guerra de 1914 fue otra oportunidad que el empresariado del País Vasco aprovechó con pasmosa rapidez. Y cuando en 1919 la crisis golpeó a la industria vizcaína, de nuevo el empresariado encontró salida en la diversificación y en los incentivos del programa de obras de Primo de Rivera. Luego, tras la guerra civil, el dañado aparato productivo resistió a base de imaginación; pero a partir del decenio de de 1950 hasta los dorados sesenta vivió otra larga onda expansiva. Cuando la crisis energética de 1973 golpeó de nuevo la economía vasca surgieron silenciosos procesos de mutación: la tradicional maquina-herramienta, eléctrica y mecánica dio paso a la maquinaria electrónica con tecnología más compleja. El sector servicios avanzó espectacularmente. Diversos sectores han procedido a sus propias reestructuraciones: robótica, moderna máquina herramienta, tecnología intermedia, industria química, plásticos y así sucesivamente.
En definitiva: elites y trabajadores del País Vasco tienen una asombrosa capacidad de mutación adaptativa al cambio de escenarios en un capitalismo competitivo marcado por la globalización. Es la de esta tierra de emprendedores una historia de avance a través de las crisis cuyas elites alimentan una robusta sociedad civil de las que se hallan justamente orgullosas. Y constituye este trayecto elemento nutricio de optimismo bajo el epifenómeno de los problemas actuales.
Manuel Jesús González González. Doctor en Ciencias Económicas y Empresariales nacido en El Entrego, San Martín del Rey Aurelio (Asturias). Catedrático de Historia del Pensamiento en la Universidad Complutense de Madrid (UCM) y de Historia de las Instituciones Económicas en la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED), ocupa, a lo largo de su vida profesional, otros cargos: secretario de Estado de Universidades, Investigación y Desarrollo; director de la División de Historia Económica del Instituto de Estudios Económicos; jefe adjunto de la asesoría económica de la Presidencia del Gobierno; miembro del ente público Radio Televisión Madrid (RTVM), así como consejero de la Cámara de Cuentas de la Comunidad de Madrid, de la que es elegido presidente en abril de 2005.