La Coctelera

Categoría: Clarín

Costos del cambio climático, de Antonio Skármeta en Clarín

Los chilenos siempre nos enorgullecimos de la riqueza fabulosa de nuestra tierra, de su suelo fértil y su aire prístino. Durante siglos pensamos que el robusto paisaje natural y nuestra forma de vida nos compensaban por la geografía que nos separaba del resto del planeta.

Sin embargo, la distancia no nos protege del cambio climático. Chile tiene un desierto ardiente en el norte, pero su territorio sur yace bajo el hielo: 18.000 kilómetros cuadrados de masas de hielo continental y otros centenares de miles que reclamamos en la Antártida. En comparación con otros países, el aporte de Chile al flagelo del calentamiento global es relativamente bajo, sólo el 0,2%, aunque de todos modos pagaremos un precio elevado. El calentamiento global está fundiendo la Antártida y el agua va a inundar nuestras costas.

Los hermosos glaciares andinos del sur de Chile también se deshacen ante nuestros ojos. Los latinoamericanos tendemos a exagerar, pero no creo que esté sobredimensionando las cosas al decir que, para un ecologista, el espectáculo de esos glaciares en descomposición es tan angustiante como podría ser el derrumbe de Notre Dame para un parisiense.

En Santiago, a unos pocos miles de kilómetros de la Antártida, las altas temperaturas anunciaron el inicio del verano. Esta suele ser una temporada feliz del año, pero sin duda ya está muy lejos de los años de mi adolescencia, cuando cantábamos "Here Comes the Sun" y nos alegrábamos el alma. En la actualidad, lo primero que piensa la gente en Chile cuando escucha la palabra "sol" es en "pantalla solar". Se nos recomienda no ir a la playa hasta última hora de la tarde.

Es por eso que los chilenos víctimas del cambio climático se hicieron adictos a almuerzos rabelesianos a la sombra y a siestas a todo ronquido, todo ello a los efectos de matar el tiempo hasta la caída del sol. Sólo a la media luz del atardecer juntamos coraje para desafiar las olas del Pacífico. Sin embargo, lo que ganamos en salud también lo ganamos en peso.

Antonio Skármeta. ESCRITOR CHILENO.

Copyright Clarín y The New York Times, 2007.Traducción de Joaquín Ibarburu

El cambio climático, en el centro de la agenda, de Ricardo Lagos en Clarín

En América latina, el debate político pasará por el binomio desarrollo económico/medio ambiente.

Tras la conferencia de Naciones Unidas sobre Cambio Climático la prensa ha sido dura en calificar los resultados, y con razón.

Se podría haber avanzado más. Pero, como siempre, las cosas deben ser entendidas en el proceso donde ocurren. Bali no fue un mal final, sino un buen comienzo. El año 2007 pasará a la historia como el año en el cual el ser humano constató cuán profunda era su responsabilidad en la transformación de la atmósfera que rodea la Tierra.

Los informes científicos lo han demostrado de manera incuestionable. A mediados de noviembre, en Valencia, más de 600 representantes gubernamentales y científicos de 130 países concluyeron el IV informe del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC), que definió las líneas maestras para actuar frente al calentamiento del planeta.

Como se sabe, el IPCC, con más de 2.500 científicos que han respaldado sus trabajos, recibió el Premio Nobel de la Paz, junto al ex vicepresidente de Estados Unidos, Al Gore. En las páginas y voces escuchadas en las últimas semanas una urgencia queda clara: la humanidad necesita tomar las medidas ahora, mañana será demasiado tarde.

Hoy el medio ambiente ha dejado de ser patrimonio de los "partidos verdes". La percepción de urgencia de este tema ha conmocionado a todos los sectores sociales, sea en países ricos o pobres. Hoy el tema medioambiental está colocado en el centro del debate público, en medio del lugar más importante de la agenda de cada país.

Por ello las recientes elecciones en Australia, en buena medida, se jugaron en torno a este tema. Y por ello las elecciones futuras en la mayoría de los países latinoamericanos tendrán como centro del debate el binomio desarrollo económico/medio ambiente.

Todos sabemos que el Protocolo de Kyoto, al cual no se sumaron Estados Unidos ni Australia y no incluía responsabilidades para India y China, concluye en el 2012. Mucho antes habrá que tener listo su reemplazo y ése es el desafío del momento.

Por eso, es legítima la pregunta: ¿y qué sigue tras la conferencia de Bali? El tema es global y reclama soluciones globales. Se trata de construir un acuerdo multilateral inteligente, pragmático, amplio, con capacidad de incluir todos los esfuerzos en sus diversos aportes y compromisos.

Tres conclusiones generales quedan después de Bali:

Ya nadie tiene dudas sobre la necesidad de iniciar negociaciones aquí y ahora para llegar a un nuevo protocolo, el cual sea capaz, a partir del 2012, de poner a todos los países de la Tierra en la tarea de enfrentar este desafío.

Estas negociaciones se harán dentro del sistema de Naciones Unidas porque la dimensión política del tema así lo exige y la propuesta del nuevo tratado debiera estar lista en el 2009.

Se aceptó señalar (aunque sea por la vía de un pie de página) lo planteado por los científicos en el sentido de que, al 2020, las disminuciones de las emisiones deben ser entre un 25 y 40 por ciento respecto de 1990. Ello porque está implícito que al 2050 las emisiones respecto de 1990 deberán disminuir en un 50 por ciento, si queremos salvar el planeta.

Los pasos concretos deberán ser dados en los grupos de trabajo convocados para cuatro temas clave: cómo mitigar las emisiones; cómo nos adaptamos al calentamiento cuya presencia ya existe; cómo se transfieren las tecnologías de los países desarrollados a los países en desarrollo en condiciones que éstos puedan absorber; cómo se financia un proceso marcado por la urgencia de grandes recursos tanto para generar nuevas tecnologías como para la reforestación.

Está claro que el grueso del esfuerzo corresponde a los países desarrollados, pero como lo dice el documento final de Bali —y es una de sus mayores novedades— los países en desarrollo también deben tomar sus propias medidas.

Si lo vemos desde América latina, se abren alternativas de energía variable para nuestras propias políticas. Algunos podrán optar por concentrarse en seguir creciendo con desarrollo y eficiencia energética; otros podrán decir que lo importante para ellos es disminuir el nivel de deforestación (la deforestación es causa del 20% del total de emisiones hoy en día). Un tercero podrá decidir voluntariamente poner techo a sus emisiones, con control externo. Otros optarán por establecer políticas de subsidio o apoyo a la generación de fuentes energéticas alternativas, abiertos también a la medición de su impacto. Y habrá quienes opten por definir un parámetro máximo de emisiones por sectores de actividad económica.

Lo anterior nos plantea dos años de intensos trabajos por delante. En ese plazo, un número significativo de países de rápido crecimiento económico, países de ingreso medio como lo son varios en América latina, deberán repensar su futuro y encontrar caminos eficientes.

Si nos preparamos bien y construimos respuestas oportunas, tendremos la autoridad moral para exigir que el mundo más rico y desarrollado haga también lo suyo.

No nos engañemos. En este campo América latina también tendrá que aprender a construir consensos si espera tener peso en el nuevo reordenamiento internacional. Y éste se transforma cada día en un tema de exigencia política dentro de nuestras sociedades, especialmente de las generaciones jóvenes.

Ellos tienen toda la razón, esperan heredar un planeta vivible. Y levantarán la voz para exigirlo. En democracia, cuando los ciudadanos toman conciencia de una determinada urgencia, están en condiciones de indicar a quiénes quieren respaldar para que esas urgencias tengan remedio. Será un tema ineludible en nuestros próximos escenarios políticos. Entonces, veremos cómo democracia y medio ambiente se dan la mano.

Ricardo Lagos. EX PRESIDENTE DE CHILE

http://www.clarin.com/diario/2007/12/30/opinion/o-03203.htm

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Directora Ernestina Herrera de Noble

El ejército, un factor clave en los negocios y la política paquistaní, de Claudio Mario Aliscioni en Clarín

EL PODER MILITAR EN UN PAIS FRAGMENTADO

CONTROL. LOS MILITARES SON DUEÑOS DEL 10 POR CIENTO DE LAS TIERRAS DE TODO EL PAIS, SEGUN DIVERSOS ESTUDIOS.

Los militares controlan el 10% del PBI. Y tienen alianzas con grupos islámicos.

Poco se comprende de la intrincada realidad política paquistaní si no se aprecia el poder que detenta en esa sociedad la casta militar. No es en absoluto azaroso que el atentado a la ex premier Benazir Bhutto se haya cometido en Rawalpindi. Allí se levanta la sede central del Ejército y la oficina principal del ISI, el tenebroso servicio de inteligencia, al que se considera "un Estado dentro del Estado".

Las sospechas conocidas apuntan a los fanáticos de Al Qaeda como autores materiales del magnicidio. Pero los militares -que desde la independencia del país, en 1947, han mantenido ambiguos lazos con los sectores islámicos- son los que mandan en Pakistán y constituyen el principal grupo de poder interno que se oponía al regreso de la "sultana de los pobres".

En verdad, toda la articulación política paquistaní descansa en una red de corporaciones, a veces enfrentadas entre sí, a veces asociadas en insólitas alianzas, que revelan la infinita riqueza de una sociedad que hunde sus raíces históricas en una de las regiones más antiguas del mundo. A los poderosos militares, se suman los partidos políticos, desde los 80 cada vez más apoyados en los grupos islámicos; los burócratas del Estado que integran una minoritaria clase media; y una burguesía encapsulada en sí misma, que toleró a regañadientes a los grupos religiosos y que jamás se animó a disputar el poder a los uniformados con tal de que les dejaran usufructuar sus negocios agrarios y textiles.

Desde fines de la segunda guerra mundial, cuando Pakistán se declaró independiente de Gran Bretaña, siempre hubo tensiones entre el desarrollo político y el progreso económico en ese atribulado país. Sin que tuvieran el predicamento de hoy, los discursos del fundador del país, Mohammad Ali Jinnah, muerto en 1948, fueron manipulados por los dos grupos que, desde entonces, disputan el dominio ideológico paquistaní: de un lado, los sectores que propiciaban un sistema secular; del otro, los que deseaban una teocracia islámica. La disyuntiva no era casual. Después de todo, el islam era y es la única fuerza simbólica capaz de homogeneizar a un país de 160 millones de habitantes, donde la mayoría sobrevive con US$ 2 al día, y sostener la unidad de un Estado construido sobre una pluralidad de etnias.

Pero lo que al principio apareció como un factor unificante, acabó convirtiéndose en caldo de problemas. Y el ejército tuvo mucho que ver con ello.

El general Zia ul-Haq, a mediados de los 70, fue una figura clave de ese proceso. Apoyándose en ideales "socialistas", nacionalizó industrias privadas, que luego irían a formar parte del entramado económico militar. Luego, aceleró la política de "islamización creciente" del sistema y favoreció a partidos religiosos que empujaron aún más a la sociedad hacia la ortodoxia.

El resultado de esa estrategia de acumulación económica se mantiene desde entonces. Según varios estudios especializados, los militares dominan entre el 7 y el 10% del PBI del país, de unos 130.000 millones de dólares. El más reciente de esos trabajos, el libro "Military Inc.: Inside Pakistan's Military Economy", del paquistaní Ayesha Siddiqa-Agha, aparecido este año, informa que el inicio del poderío económico de las fuerzas armadas se inició en 1953, con la llamada Fundación Fauji, solventada con el fondo para la rehabilitación de los veteranos de la guerra con India por Cachemira. El 10% de las tierras del país pertenecen a las fuerzas armadas y controlan el paquete accionario de empresas inmobiliarias, subsidiarias del área de la construcción. Sin mencionar, naturalmente, lo que implica usufructuar la industria atómica en una de las zonas más explosivas del planeta.

Con más de la mitad del país sumido en la pobreza y vastos sectores abrazados a costumbres tribales, la invasión soviética de la vecina Afganistán selló un nuevo capítulo en la historia política paquistaní. El uso de madrassas o escuelas coránicas y el territorio nacional para el entrenamiento de milicianos islámicos que combatían a los soldados ateos soviéticos derivó en la proliferación de grupos radicales, en el período de mayor cercanía entre los religiosos y los militares. Todo el proceso fue apoyado con fondos de EE.UU. y la ayuda de la CIA, el MI6 británico y la inteligencia saudita. En un reportaje reciente, la desaparecida Benazir Bhutto explicó bien la época: "El problema del terrorismo procede de los años 80 cuando por combatir al comunismo se encumbró a los jihadistas afganos". Pakistán reproducía así el mismo problema que ahogaba en el fanatismo a su vecino Afganistán: cuando las élites sepultaron la política secular, el país ahogado en la pobreza se recostó en el fanatismo religioso mientras un sector del grupo dominante continuaba haciendo sus negocios. Las fuerzas armadas, incluso, crearon un partido religioso, el Muhajir Qaumi Movement, infiltrado por el servicio secreto del ISI. El éxito antisoviético dio aire a los proyectos militares de usar a los islámicos para pelear otras guerras, como la de Cachemira con su eterno rival, la vecina India.

Para resguardar sus intereses, los militares presionaron para agregar a la Constitución el polémico artículo 58 (2b), invocado cinco veces desde 1985 hasta hoy para remover gobiernos civiles. "El asunto no es que los gobiernos civiles toleraran la corrupción-escribió Agha- sino que eran depuestos toda vez que intentaban interferir con los intereses directos de las fuerzas armadas". A Benazir Bhutto la derrocaron invocando esa cláusula.

Una líder imperfecta y valiente, del Editorial de "The New York Times" en Clarín

Editorial de "The New York Times" (EE.UU.)

Benazir Bhutto fue una líder imperfecta y valiente. Su regreso a Pakistán hace dos meses despertó la esperanza de que su país encontraría su camino hacia la democracia y la estabilidad.

Su asesinato este jueves es sin embargo un horroroso recordatorio más de lo lejos que está Pakistán de ambas cosas y de lo cerca que está del abismo.

La muerte de Bhutto deja a la administración Bush con ninguna estrategia visible para librar a Pakistán de su crisis o para erradicar a Al Qaeda y a los talibán, que convirtieron al país en su base de retaguardia más importante.

Apostar la seguridad de EE.UU. (y el arsenal nuclear de Pakistán) a un dictador irresponsable, el presidente Pervez Musharraf, no funcionó. Apostarla a una alianza entre el dictador y Bhutto, que esperaba ser premier este enero, ya no es posible. Esto deja a Bush con la opción, poco usual, de tener que usar los recursos y prestigio de Estados Unidos para fortalecer las maltratadas instituciones democráticas de Pakistán.

Las elecciones parlamentarias son el mes que viene. Esto supone un breve margen para que el partido de Bhutto, el más grande del país, elija un nuevo candidato para primer ministro y monte una breve campaña. Washington debe pedir también que el otro líder de la oposición, Nawaz Sharif, pueda postularse. Y debe insistir para que Musharraf reincorpore a los jueces de la Corte Suprema que despidió el mes pasado para evitar que obstaculizaran su elección.

No es tiempo de festejos para el presidente Uribe, de Oscar Raúl Cardoso en Clarin

La liberación de los rehenes de las FARC puede concluir de manera exitosa, pero será una derrota política personal para el primer mandatario de Colombia.

Hay decenas de razones para entender por qué el presidente de Colombia, Alvaro Uribe, no está feliz con la idea de una liberación parcial de los rehenes que tienen en su poder las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), el grupo insurgente más antiguo en América latina. Pero una sobresale entre todas: la posible libertad de tres cautivos —que no se había consumado aún cuando se escribía este texto— es la imagen de un fracaso personal.

En su segundo mandato presidencial —fue electo para el período 2002-2006 y reelecto para el de los años 2006-2010— la controvertida "política de seguridad democrática" de Uribe no ha alcanzado un resultado del impacto de esta negociación que para peor, podría constituir un triunfo político entregado por las FARC en bandeja a Hugo Chávez. Un regalo político que, sabemos, Chávez necesita después de dos meses en los que las cosas no le han ido bien ni en lo doméstico ni en lo externo.

Esta idea de rescatar a rehenes estaba explícita en las promesas electorales de Uribe desde su primera campaña electoral y que ha sido reiterada hasta el hartazgo en el contexto de sus esfuerzos por sumar a la sociedad colombiana toda a la lucha antiguerrillera y contra otras de las muchas formas de acción violenta que soporta el país desde hace décadas.

El presidente ha buscado atraer a la sociedad civil de su país a la forma más directa de lucha demandando a sus miembros que se alineen tras las fuerzas de seguridad como informantes o bien como agentes de convencimiento frente a los insurgentes y a los narcotraficantes que también asuelan Colombia para que deserten de las filas de sus organizaciones. No ha sucedido ni remotamente en la escala que el gobierno esperaba.

Por un momento, en el inicio, pareció posible. Después de todo, Uribe ganó su primer mandato nadando la ola de hastío de los colombianos con una violencia que parece no cesar. Los agentes de la sangría interior estaban desacreditados: las FARC y el otro grupo activo más pequeño, el Ejército de Liberación Nacional (ELN), hace tiempo que perdieron buena parte de su aureola revolucionaria y hoy aparecen como un rezago anacrónico de una época agotada.

La criminalidad ha reemplazado muchas veces la vocación de cambio. Los secuestros son un ejemplo de esto, como lo es la asociación con algunos de los grupos productores de droga. El jefe histórico de las FARC —Manuel Marulanda— podrá ser el mismo de hace décadas, si aún está vivo, pero la esquizofrenia entre prédica revolucionaria y acción directa del grupo difícilmente podría ser más evidente de lo que es hoy.

Esto no disminuye la nube de fracaso que rodea a Uribe. Su enfoque de dureza no pasa el examen a la luz de lo que hasta ahora aparece como el resultado de una negociación —la anunciada libertad de tres rehenes, incluyendo la de un joven nacido en cautiverio— y que ésta ha sido aparentemente completada por un agente de un país extranjero, Chávez, y posiblemente refrendada y atestiguada por enviados de otras naciones entre los que está el ex presidente argentino Néstor Kirchner.

Desde esta perspectiva también es difícil explicar la utilidad de los más de 4.000 millones de dólares que el país ha recibido de Estados Unidos en el marco del Plan Colombia. Esa ayuda tampoco rindió grandes frutos y aunque concedida para la lucha contra el narcotráfico, hay más que meras sospechas sobre el uso que Uribe le ha dado en materia de su lucha contra las FARC. La presunción de que ese dinero ha financiado al menos en parte violaciones a los derechos humanos por parte del Ejército y de los llamados grupos paramilitares es intensa.

Hay un ángulo adicional en este canje que es inquietante. Desde hace tiempo las FARC buscan ser reconocidas como parte combatiente en una guerra civil, aspirando además a la aceptación del Estado colombiano que parte de su territorio soberano no está bajo su control, sino bajo el de los insurgentes. Esto ampliaría el estatus internacional del grupo.

Es una fruta envenenada de la cual Bogotá no puede dar mordisco. Pero si esta operación culmina exitosamente, es más que posible que abra la puerta a otras negociaciones que en los hechos podrían disminuir el rol del gobierno colombiano o, al menos, volverlo más pasivo.

El presidente de Francia, Nicolás Sarkozy, que apuntaló esta fórmula, se ha fijado como meta la liberación de Ingrid Betancour, una ex candidata presidencial colombiana que también tiene nacionalidad francesa. Existe la presunción en Colombia de que Chávez no ve con malos ojos asistir a las FARC en su búsqueda.

Para Uribe, las presiones son muchas. Está tironeado por Estados Unidos, que no ve con simpatía esta circunstancia; por los franceses, que la alimentan políticamente y hasta su polémica abierta con Chávez está siendo sometida a la crítica interna de los colombianos. Estos no olvidan que las relaciones comerciales entre Colombia y Venezuela le han permitido a Bogotá disimular la pérdida parcial de mercados tradicionales, entre ellos las de las compras estadounidenses.

"Siga en su engorrosa disputa con Chávez y arriesgue un debilitamiento de la balanza comercial colombiana", le advierten muchos economistas. Uribe aún puede maniobrar para impedir el intercambio, pero hacer abortar una operación humanitaria tendrá para su gobierno un seguro y muy alto costo político.

Copyright Clarín, 2007.

Clima de preocupación por el control del arsenal atómico, de Oscar Raúl Cardoso en Clarín

Aunque no conviene jugar al adivino cuando la "niebla" de un ataque como el que ayer cobró, entre otras, la vida de la ex primera ministra Benazir Bhutto no se ha asentado, es imposible negar que Pakistán ha dado con este desarrollo un paso -quizás gigantesco- hacia el costado del caos.

La muerte de esta mujer de 54 años -dos veces jefa de gobierno paquistaní- amplifica lo que muchos temían; el país estaba transformándose en un dilema regional, en un problema serio para "la guerra contra el terrorismo" en la que está cegado Washington y en un riesgo mayor para la seguridad internacional. Su asesinato en Rawalpindi es casi como un previsible final para lo que ha sido uno de los años más violentos en la historia reciente de Pakistán.

Como en otros momentos críticos del 2007 la pregunta que se instala con fuerza es ¿qué riesgo supone la situación para el control del arsenal nuclear de Pakistán que, junto a la India, es uno de los países de esa región del Asia con capacidad militar para emplear armas de destrucción masiva?

Conviene desagregar los contenidos de esos tres tipos de problemas.

En primer lugar la muerte de Bhutto, quizá la figura política de mayor popularidad en su país, envuelve en incertidumbre el proceso de normalización política que debía avanzar el 8 de enero próximo con elecciones legislativas.

Es difícil imaginar esos comicios -con mínima confiabilidad para sus resultados- en este clima de enfrentamientos que se insinúa en las principales ciudades del país, Karachi (con 14 millones de habitantes), Rawalpindi, Islamabad, etcétera. Y si el Ejército retomará, como se pronostica ahora, el control total de la situación aquellos resultados estarían condenados de antemano a la censura. Sobre todo si el general Pervez Musharraf intentara amañar el proceso para obtener otros cinco años en la presidencia.

El gobierno de Musharraf viene desflecándose sin pausa desde el 2001 cuando Estados Unidos -que necesitaba del territorio y del espacio aéreo paquistaní para su invasión de Afganistán- decidió transformar al militar de réprobo en aliado privilegiado.

No se trata sólo de la confrontación que Musharraf y los suyos tienen desde entonces con los grupos islámicos radicalizados, sino del enfrentamiento con sectores medios importantes como el de los jueces y abogados que aún no han digerido la decapitación de la Corte Suprema y la designación de nuevos miembros tributarios de la dictadura.

Washington aparece atrapado en el peor de los dilemas. Se abrazó a un líder impopular que ni siquiera controla la totalidad del territorio.

En el noroeste del país -la zona que bordea con Afganistán- una Jihad islámica desafía al poder central y ese territorio con predominio tribal es empleado por los herederos del antiguo régimen afgano de los talibán para reagruparse y volver a la carga.

Estados Unidos no tiene demasiado para mostrar a cambio del apoyo político y la ayuda económica y militar que derrochó durante los pasados seis años en Musharraf. Con Benazir Bhutto muere además la idea de un diálogo exitoso en Pakistán y desaparece una figura -educada en Harvard y en Oxford- que era una de las más digeribles para la mirada occidental.

En cuanto al problema de la seguridad internacional se centra en el control del arsenal nuclear. Los militares paquistaníes dicen que allí la cadena de mando está asegurada, pero nadie conoce en realidad el pensamiento predominante en las fuerzas armadas y segmentos importantes de las mismas -como el poderoso Directorio de Inteligencia Inter-Servicios- aparecen aún influidos por el llamado discurso fundamentalista islámico. El Directorio ayudó, en los 80, a crear la corriente teológica talibán junto con los clérigos sauditas de la escuela wahabí.

Bhutto no era una figura irreprochable. Se había declarado presidente vitalicia de su partido -Partido del Pueblo, fundado por su padre-, una posición difícil de justificar en una organización que proclama su adhesión a la democracia.

Y sus dos períodos en el gobierno terminaron en escándalos de corrupción. Junto a su marido, Asif Ali Zardari, que fue uno de sus ministros y paso un tiempo en la cárcel, Bhutto estaba acusada de robar 1.500 millones de dólares de las arcas estatales algo que Musharraf limpió para que pudiese regresar del exilio. Pero ahora el martirologio la ha colocado en otro lugar.

Final trágico y anunciado para la indómita "sultana de los pobres", de María Laura Avignolo en Clarín

UNA VIDA SIGNADA POR LA TRAGEDIA FAMILIAR

CARISMATICA Y PROVOCATIVA. BHUTTO HABIA REGRESADO A SU PAIS EN OCTUBRE, LUEGO DE UN AUTOEXILIO DE 8 AÑOS.

Benazir Bhutto vivía una vida prestada desde que llegó a Pakistán en octubre pasado para terminar sus ocho años de autoexilio. Fatalista como su abuelo y como su padre, esperaba la muerte con calma. Pensaba que le podría haber llegado antes, cuando una kamikaze, a la que ella reconoció porque avanzaba con un bebito en sus brazos, se incrustó con una sonrisa en el ómnibus blindado de la caravana de bienvenida que la traía desde el aeropuerto a Karachi, su feudo. Ella se salvó milagrosamente pero 130 de sus seguidores murieron "martirizados", como dicen en Pakistán.

La "sultana de los pobres" es la nueva mártir de un país con violencia política, islamizado y hostigado por el terrorismo de Al Qaeda y la presión de EE.UU. para combatirlo. Bhutto (54) murió en su intento de consolidar una democracia, aún imperfecta, pero moderada y casi secular en Pakistán. Había regresado bajo la promesa de una amnistía del presidente Pervez Musharraf, que la sacaría de la difícil situación financiera en que la habían dejado los procesos por corrupción iniciados luego de su gestión.

La conocí en la Universidad de Oxford, cuando lideraba apasionados debates y los estudiantes caían derretidos a sus pies. En jean y sin foulard, con una impresionante oratoria y ese acento aristocrático y colonial británico que usaba en sus arengas. Antes había ido a Harvard y regresó a Pakistán cuando su padre, el populista Zulfikar Alí Bhutto era premier. Seis meses después, caía por orden del general islamista Zia y tres años después, era ahorcado.

"Pinkie, tenés que ser fuerte, tenés que seguir", fueron sus últimas palabras. En ellas estaba implícita la maldición de los Bhutto: su padre, ahorcado, su hermano Murtaza, asesinado en circunstancias más que oscuras en 1996; su otro hermano Shahanawaz, envenenado en 1985, en condiciones jamás aclaradas. Todo en un país volátil, con crímenes de honor, casamientos forzados, bombas nucleares, conductas tribales, islamización acelerada y terrorismo protalibán.

Dos veces premier en una república islámica, Bhutto llegó al gobierno muy popular y finalizó su mandato vituperada y perseguida por Nawaz Sharif, su ahora aliado en las que iban a ser las legislativas con las que Musharraf y la administración Bush pensaban dar aire democrático a un presidente autócrata.

La vi hace un mes en su casa de Islamabad, con un megáfono en la mano y rodeada por una nube de policías. Musharraf le había decretado el arresto domiciliario para impedirle concurrir al acto en el parque de Rawalpindi, donde ayer murió. En ese acto, la indómita y caprichosa Benazir iba a anunciar la ruptura de la alianza con Musharraf. Bhutto pronunció el discurso en urdu y habló en inglés para la comunidad internacional. En urdu enfervorizó con un lenguaje patriótico. En inglés prometió el combate al terrorismo que le reclamaban sus aliados occidentales. Esa condena pública a los terroristas y su promesa de permitir un ataque norteamericano en la zona tribal probablemente le costaron la vida. Pero BB -como la llaman los periodistas paquistaníes- era corajuda como su padre y fatalista como su abuelo, ese patrón latifundista de la región de Sind.

Al regresar del exilio, Benazir se dio cuenta de que Pakistán había cambiado. Musharraf no cumplió sus promesas y el político más popular era Nawaz Sharif, el nacionalista islámico a quien la Corte adicta al presidente no dejó presentarse en las elecciones. Las elecciones del 8 de enero iban a dejar al desnudo la ilegitimidad de Musharraf. La anarquía paquistaní puede forzar a EE.UU. a una retirada desprolija y precipitada de Afganistán porque utilizan a Pakistán como su base más importante.

En 1998 Bhutto me concedió una larga entrevista en Bilawal House, la fortificada mansión en Karachi. Su marido Azif Zardari llevaba 20 meses detenido por corrupción. Ella no tenía dinero para pagar el colegio de sus tres hijos y vivía de la generosidad de sus amigos. El país había iniciado los tests nucleares en su carrera armamentista con India. No se había producido aún el 11-S. "El futuro es anarquía y caos" predijo desde su sillón Luis XIV. "La gente cree que la única responsabilidad es la corrupción. La verdad es que las razones son la inmensa deuda externa, los gastos de defensa, el crecimiento de la población y estos mullahs irresponsables y revanchistas".

Benazir Bhutto desapareció de la escena política paquistaní sin herencia a la vista. Sus hijos son adolescentes y su marido no podrá volver a ejercer cargos públicos. Benazir -la incomparable en la lengua de Sind-, ha muerto violentamente, fiel a la letanía de su familia feudal.

María Laura Avignolo fue enviada de Clarín a Pakistán en distintas oportunidades.

La revolución del mail no impide cierta nostalgia, de Fernando Savater en Clarín

Nadie se atrevería a desestimar las ventajas del correo electrónico. Pero la antigua correspondencia tenía una magia que muchos añoran.

Un amigo editor me pidió un artículo que fuera un "elogio del mail".

Hacer el elogio del mail es en cierta forma hacer también un elogio del mal, o al menos de algunos de los males de nuestra época: el apresuramiento, la despersonalización utilitaria, el atropello de las buenas maneras y de la poética del gesto cotidiano.

Ante todo, quede claro que manejo mi correo electrónico tres veces al día y siempre agradeciendo su existencia "a los dioses o a la suma del tiempo" (como diría Borges).

Durante muchos años, para mí la correspondencia ha sido una auténtica pesadilla. Por diversas circunstancias suelo recibir cotidianamente tantas cartas como un ministro (o, para no exagerar, como un subsecretario) pero carezco de ninguno de los auxilios burocráticos de que cuentan para atender este aluvión esos prebostes.

Para empeorar las cosas, recibí una educación a la antigua y considero una imperdonable grosería no responder aunque sea una línea a quien se ha dirigido a mí de buena fe.

De modo que me he pasado durante décadas muchas jornadas escribiendo mensajes más o menos suscintos con letra redondilla, poniendo direcciones y remitentes en sobres, pegando estampillas, buscando estafetas, etc.

Otra fuente perpetua de preocupación era conseguir que mis colaboraciones periodísticas llegaran a tiempo a las respectivas publicaciones. Como suelo estar con demasiada frecuencia lejos de donde hay que estar, hacer llegar las mías antes del cierre de admisión de originales era una modesta y agobiante hazaña, sobre todo en un país como España en que la puntualidad del correo no siempre resulta exquisita. En cada alejado refugio de vacaciones procuraba hacerme amigo del cartero para asegurarme que no me descuidase.

De modo que no tengo más remedio que entonar sentidos loores ensalzando el mail y a Outlook Express o similares. Gracias a tan eficaces adelantos, ya no tengo motoristas esperando a la puerta de casa mientras acabo apresuradamente el artículo de la semana y me desembarazo de mis compromisos epistolares con una rapidez que a mí mismo me avergüenza un poco, aunque, para irrisión de mis amigos más modernos, sigo dando a mis mails las fórmulas de cortesía en encabezamiento y despedida de la correspondencia tradicional. Es más difícil curarse de algunas virtudes ya innecesarias que de los peores vicios.

De modo que entonces ¿diré que todo está bien? Pues claro, el mail es una bicoca, sería un desagradecido si lo menospreciara.

Pero en voz baja confieso que echo de menos ciertas deliciosas incomodidades del antiguo régimen: la pluma que vacila, retrocede y tacha al escribir esa palabra difícil que nos compromete, el temblor de la letra que descubre otro estremecimiento más íntimo y hasta... ¿me atreveré a decirlo? Hasta la tinta corrida por la humedad inoportuna de una lágrima que emborrona la despedida que jamás hubiéramos querido firmar.

Fernando Savater. FILOSOFO ESPAÑOL

Copyright Clarín y Fernando Savater, 2007.