La Coctelera

Categoría: ABC

Las elecciones avanzan bajo el síndrome de un plebiscito nacional, de Pablo Sebastián en ABC

LA CRÓNICA DEL LUNES

EL primer interesado en conducir la campaña electoral hacia un plebiscito nacional sobre el fantasma de «las dos Españas» de antaño, bajo cuya sábana se esconde el fracaso de la legislatura que se acaba y la intentona de una reforma territorial y encubierta del Estado, hacia un modelo confederal, no es otro que el presidente del Gobierno, José Luís Rodríguez Zapatero.

Un político que recibió un país económicamente fuerte y políticamente dividido, por la masacre madrileña del 11-M y que concluye su mandato con un preocupante horizonte económico y social, sin haber curado la fractura abierta en el conjunto de la sociedad española. La que él mismo empeoró hurgando en la herida recibida y abriendo otras que parecían cicatrizadas, como las de la Guerra Civil y el modelo territorial del Estado, al mismo tiempo que, presentándose como «Príncipe de la Paz», ofrecía a ETA una negociación política sobre la soberanía nacional. La que ha dado pie a nacionalistas vascos y catalanes para reclamar la autodeterminación, mientras arropan a Batasuna con desprecio de la legalidad y articulan un frentismo vasco, gallego y catalán en la senda ya abierta por el Estatuto de Cataluña, y aprovechando la crisis del Tribunal Constitucional.

Aunque en el seno del Partido Socialista impera el disfrute del poder y la unidad del partido, por encima incluso del interés nacional, no son pocos, ni de escaso nivel, los dirigentes de esta formación política que declaran su preocupación por el balance de la legislatura y que temen el deterioro y la incertidumbre que provocará una nueva e insuficiente victoria de Zapatero que ponga en manos de los nacionalistas la llave de la gobernabilidad.

Algo que, seguramente, comparten muchos militantes y en mayor medida ciertas capas de su electorado, en las que se había detectado, en los últimos meses, la tendencia a un «voto de castigo» a Zapatero, bien cambiando de partido, bien por el camino de la abstención. Y no sólo preocupados por las consecuencias que, para España, tendría en el futuro la deriva confederal planteada, sino también por la incidencia que todo ello produce dentro del PSOE, donde dirigentes como Maragall y Montilla, en Cataluña, o Elorza y Eguiguren, en el País Vasco, entraron en competencia con el nacionalismo radical, asumiendo sus reivindicaciones.

Ahora bien, si la campaña electoral inminente abandona su natural función de balance de legislatura y análisis de los programas y personas del futuro gobierno y se adentra por el laberinto de un aparente plebiscito nacional, entre izquierda y derecha, lo laico y lo confesional, entre los vencedores y los perdedores de la Guerra Civil, entre atlantismo y europeísmo, pacifistas y belicistas, que es lo que busca Zapatero para ocultar el claro fracaso de su mandato. Si vamos a esta burda simplificación, con cierto tremendismo y la ventaja de los grandes medios de comunicación audiovisual al servicio del Gobierno, entonces el citado «voto de castigo» que planeaba sobre las urnas del PSOE se diluirá a favor de la permanencia de los socialistas en el poder.

Y en ese caso puede que, incluso, muchos votantes del centro político se vayan a la abstención en menoscabo de los intereses del Partido Popular. Un partido al que la Conferencia Episcopal pareció haber investido con los hábitos de «los cruzados» a lo largo de los discursos que los más notorios prelados españoles hicieron públicos en Madrid en defensa de la familia, pero también con dramáticas advertencias políticas en las que se afirmó que «nos dirigimos a la disolución de la democracia», que hay «marcha atrás en los Derechos Humanos», «ataques al futuro de la Sociedad» y «cultura de laicismo» (mientras otros obispos, como Uriarte y Setién, han equiparado a víctimas y a verdugos del terrorismo). La Conferencia Episcopal habla y actúa, en ejercicio de su libertad de expresión y magisterio, pero su pregón, en el umbral de la campaña electoral, tiene una natural lectura política.

Si añadimos, en esta reciente actualidad, las palabras de un político como Manuel Fraga -que tanto ha hecho por la transición y la reconciliación-, en las que, a estas alturas, declara que «el franquismo sentó las bases para una España con mas orden», y «placidez», como lo añadió tiempo atrás Mayor Oreja, pues veremos que no van a tener que hacer muchos esfuerzos los del PSOE para articular su discurso del plebiscito nacional y disfrazar al PP de «nacional catolicón» -ya lo están haciendo-, utilizando todo esto en los debates anunciados en televisión entre el presidente y Mariano Rajoy. El líder del PP, que guarda, celosamente, el secreto de su lista de candidatos ilustres y ministrables, si es que los tiene, y que se encontrará, en los careos televisivos, la fallida conspiración del 11-M, a la que permaneció amarrado el PP, la guerra de Irak como un error no reconocido y las luchas de poder entre barones del PP, como base para el argumento de cómo va a gobernar España quien no manda en su partido.

Y, sobre todo, el riesgo del citado plebiscito, que, por una parte, ocultará el mal gobierno de Zapatero y, por la otra, otorgará al vencedor el veredicto de las urnas sobre asuntos de Estado que no estaban, como tales, sometidos a votación nacional, como la reforma territorial del Estado y el final de la transición. Y también la negociación política con ETA, que se retomará si Zapatero renueva el poder, con la ayuda inestimable y sorprendente de no pocos dirigentes y aliados naturales del PP.

Elecciones 2008: jugando a las siete y media, de José Ignacio Wert en ABC

LA TERCERA DE ABC

Quedan algo menos de tres meses para las elecciones generales. Las encuestas -con alguna llamativa excepción- muestran bastante igualdad entre los dos principales competidores, aunque invariablemente apuntan también a una ligera primacía del PSOE. En este trabajo me gustaría dibujar un cuadro de los elementos que operan sobre la estrategia de los dos grandes partidos y las paradojas en las que ambos se mueven.

Los analistas que se afanan en anticipar la clave del desenlace apuntan dos direcciones determinantes (y opuestas) en ese sentido. Una es la conquista del voto en el centro y entre los votantes «sin ideología», que se define como el territorio de disputa preferente entre PSOE y PP; esta es la tesis recientemente expuesta por Belén Barreiro en El País. La otra es la movilización de lo que César Molina ha definido gráficamente en ese mismo diario como la «izquierda volátil», susceptible de votar al PSOE, a IU o de abstenerse. Ambos autores presentan un argumento razonable, pero, a mi juicio, ambos pierden de vista otras dimensiones de la contienda, sin las cuales el cuadro no está completo.

En efecto, una mayoría de quienes van a votar tienen ya claro por quién lo harán. Son los ciudadanos más consistentes políticamente, bien porque tienen una identidad política fuerte (los más ideologizados), bien porque tienen una conciencia subjetiva de sus intereses que se corresponde claramente con un partido determinado (los más pragmáticos). Unos y otros definen el suelo electoral de las principales formaciones, suelo que, en este caso, arroja como mínimo cerca de 20 millones de votos, de los que 16 se los repartirán prácticamente por igual el PSOE y el PP.

Pero quedan entre 6 millones (si la participación alcanza el 75 por ciento, que considero el techo previsible de participación) y 4.5 millones (si la participación se queda en el suelo previsible, el 70 por ciento) cuya decisión de votar o abstenerse y, si optan por lo primero, el sentido de cuyo voto, están aun abiertos. Es sobre esta amplia franja de votantes sobre la que se decide la elección.

Sucede que esos contingentes de electores que convenimos -de forma no siempre precisa- en llamar indecisos son muy heterogéneos entre sí. Efectivamente hay entre ellos tanto electores que convencionalmente llamamos de centro (la mayor parte de los cuales están muy débilmente ideologizados), como electores de izquierdas (mucho más ideologizados). Las palancas que activan a unos y otros son distintas, pero ambos son muy tributarios de la definición social de la elección y el que prospere socialmente un relato determinado de aquella puede provocar tanto la movilización de unos como el retraimiento de otros.

Si aceptamos la noción minimalista de la democracia, a lo Popper, según la cual las elecciones no las gana la oposición, sino que las pierde el Gobierno, está claro el relato que en teoría conviene a cada cual. Para el PP se trataría de visibilizar el riesgo de una legislatura Zapatero II en torno a los ejes con los que ha desgastado al Gobierno en la actual: básicamente, la negociación política con ETA y el nuevo diseño territorial, con el añadido -no menor precisamente- de una situación económica mucho menos favorable que la de estos últimos años. El riesgo de esa estrategia no es menos claro: plantea la disputa electoral en base a argumentos negativos y, por así decirlo, le da la razón a quienes le acusan de haber practicado una política «noísta», de tierra quemada, restringiendo así las posibilidades de captar votos en la franja del centro. Esos votos sólo podría aspirar a conquistarlos con un mensaje más claramente propositivo, difícil de instalar a estas alturas, entre otras cosas porque su «raccord» con la imagen dominante -y la instalación de esa imagen es sin duda el mejor logro político del PSOE en la legislatura- es muy problemático.

Para el PSOE, en cambio, se trataría de poner en valor los aspectos menos polémicos de su gestión (esencialmente las cuestiones sociales), presentándolos como el fruto de una acción y una visión positivas (apalancándose en las fortalezas de la imagen de Zapatero) y descalificando implícitamente al PP. No son menos obvios los inconvenientes de este relato: en un cuadro de deterioro de las expectativas económicas, la credibilidad de la dadivosidad social -por cierto, escandalosamente publicitada con el dinero de todos en las últimas semanas- baja muchos enteros.

Pero, además, ese es un relato incompleto, desde el punto de vista de las necesidades del PSOE. Porque si bien puede ser funcional para el electorado más tradicional y consolidado así como para el más deferente (y menos ideologizado) no está claro que sea un mensaje suficientemente movilizador para una franja crítica de electores de izquierda, aquellos que fluctúan esencialmente entre IU, el PSOE y la abstención, pero sobre todo entre los dos últimos. Una parte de la incógnita sobre cómo se van a comportar estos electores es relativamente fácil de despejar: no creo en absoluto que IU pueda regresar a cotas como las que logró entre 1989 y 1996, bajo el liderazgo de Julio Anguita, en torno al 10 por ciento del voto. Mi hipótesis es que, en el mejor de los casos, retendrá el 5 por ciento de 2004. En cambio, la otra parte de esa incógnita, si habrá o no una movilización suficiente a la izquierda del PSOE como para proporcionarle el aporte crítico para la victoria, va a permanecer abierta hasta muy poco antes de la elección.

Pareciera por tanto que en el interés del PSOE está provocar más movilización, pero el riesgo de esa estrategia, esencialmente orientada hacia la izquierda, puede ser suscitar la desmovilización o el voto al PP de la franja centrista y/o desideologizada. El PP, a su vez, tiene a su vez que evitar la movilización reactiva de la franja más izquierdista que puede votar al PSOE «tapándose la nariz», para lo que debería suavizar los perfiles más ásperos de su propuesta, pero con ello corre el riesgo de desmovilizar a los «suyos» que no encuentren suficiente convicción y compromiso en sus propuestas.

Añádase a ello el factor verosimilitud para complicar aun más el panorama. Si se visualiza el triunfo del PSOE como una certeza, ello puede provocar un cierto retraimiento de la izquierda crítica, que no considerará necesario acudir a las urnas no tanto a salvar a Zapatero como a condenar a Rajoy. Pero también el PP puede verse perjudicado por esa certeza social, que desincentivaría el voto de la franja central. Sin embargo, paradójicamente, para el PP podría incluso ser más perjudicial la creencia mayoritaria de la verosimilitud de su triunfo. Hoy no cabe duda de que la clave esencial de la movilización electoral en 1993, que permitió al PSOE retener el Gobierno in extremis, no fue otra que la «pre-visualización» por parte de la izquierda de un posible triunfo del PP, tras el éxito de Aznar en su primer debate con González.

Nos encontramos por tanto ante un dibujo estratégico que, ahora que está tan en boga la teoría de juegos para explicar el comportamiento de los actores políticos, evoca a uno de los más castizos juegos de naipes de nuestra cultura: las siete y media. El PSOE no puede pasarse, ni por el centro ni por la izquierda, so pena de alienar más de lo que conquiste, pero al tiempo debe mantener encendida la llama de la esperanza (o la del temor) para que no se queden en casa sus potenciales votantes en ambos márgenes. El PP no puede repetir el perfil plano de 2004, pero tampoco le conviene convertirse a los ojos de la izquierda más o menos volátil en una amenaza creíble. Entre las respectivas Scillas y Caribdis de la desmesura y la escasez, ambos se ven obligados a recordar los jocundos versos de Muñoz Seca: «Y el no llegar da dolor/Pues indica que mal tasas/Y eres del otro deudor/Mas ¡ay de ti si te pasas!/¡Si te pasas es peor!».

José Ignacio Wert. Sociólogo.

Atentado contra la libertad, de Florentino Portero en ABC

LA TERCERA DE ABC

La lucha por la libertad tiene un alto coste en vidas humanas y en sufrimiento. Aquellos que en Pakistán no están dispuestos a aceptar que la mayoría vote en favor de un régimen político democrático se han adelantado asesinando a la candidata que más posibilidades tenía de ganar las próximas elecciones. Lo sucedido es un desastre para su familia, sus correligionarios y para todo aquel que se sienta comprometido con la defensa de los valores universales que dan sentido a la democracia.

Benazir Bhutto era una mujer sobresaliente. Nació en el seno de una rica familia de terratenientes y su padre fue Presidente y Primer Ministro. Zulfikar Alí Bhutto fundó el Partido Popular, cuya jefatura asumió su hija tras su ahorcamiento, acusado de homicidio, en tiempos de otra dictadura militar. No fue el único miembro de la familia muerto en circunstancias especiales. Su hermano también murió asesinado. Educada en Harvard y Oxford, representaba el Pakistán abierto a la modernización y contrario a las tendencias islamistas que no han dejado de crecer en las últimas décadas. Fue Primera Ministra en dos ocasiones, siendo la primera mujer en llegar a tal responsabilidad en el conjunto del Islam.

La familia Bhutto está unida a escándalos de corrupción política. No hay ninguna razón para pensar que fueran inventados. Como políticos profesionales en una sociedad donde las exigencias éticas nunca han sido muy grandes, no dudaron en fortalecer su partido a través de acuerdos o recibiendo «ayudas» inaceptables. Sin embargo estas acusaciones encubrían algo más. Los Bhutto representaban unos valores o gobernaban de una manera que muchos rechazaban, en una sociedad muy polarizada entre los defensores de la tradición y los que promovían una modernización.

Benazir ha conocido la cárcel y el exilio en más de una ocasión. La democracia es planta que no acaba de enraizar en Pakistán, el territorio que fuera corazón del Raj, del Imperio Británico, de quién recibió un valioso legado jurídico y político. El porqué India es una vigorosa democracia y Pakistán padece una sucesión de elecciones y golpes militares es un enigma, en el que la hegemonía musulmana en este segundo país puede tener algo que ver. Su último retorno vino precedido de intensas y prolongadas maniobras diplomáticas.

El general Musharraf había situado a Pakistán en la posición de aliado de Estados Unidos en la guerra contra el islamismo. El hecho era relevante, puesto que Pakistán había sido un pilar del régimen talibán en Afganistán y, sobre todo, el centro neurálgico de la proliferación nuclear para animar la fabricación de «bombas islámicas» en distintos países. Musharraf logró una importantísima ayuda económica, además de apoyo diplomático, pero no por ello dejaba de ser un aliado incómodo. No es fácil defender una política de democratización aliándose con un dictador. Más aún cuando ni siquiera cumple los acuerdos suscritos. El ejército pakistaní ha permitido a talibanes y a miembros de al-Qaeda actuar con libertad en la zona fronteriza con Afganistán. La ayuda económica para modernizar las unidades militares implicadas en la persecución de estos grupos se ha difuminado. El reciente golpe contra la autonomía del Poder Judicial, expulsando del Tribunal Supremo a los magistrados más críticos contra la actuación gubernamental, ha sido la gota que ha colmado el vaso.

Estados Unidos ha venido presionando a Musharraf para que dirija la transición de la dictadura a la democracia, siendo el puente entre ambas situaciones políticas, reteniendo la Presidencia de la República. La clave del proceso residía en un pacto entre el general y Benazir Bhutto, que garantizara la estabilidad y reforzara el sesgo pro-occidental y anti-islamista del gobierno. Musharraf ya se ha asegurado su continuidad como Presidente, dejando atrás su cargo como jefe del Ejército. El 9 de enero Bhutto debía hacerse con la mayoría parlamentaria. El plan tenía sentido. Se reconducía la situación política y se garantizaba un gobierno que mantendría una firme posición en el combate contra el radicalismo. Sin embargo no ha sido posible.

El asesinato de Bhutto era un objetivo tan evidente como reconocido por los sectores islamistas. Era el flanco más débil del frente democrático. En Pakistán, un estado con más de ciento sesenta millones de habitantes y una geografía compleja, el liderazgo político no es algo que pueda improvisarse. El Partido Popular es un complejo entramado de alianzas y lealtades, gestado durante años por la familia Bhutto y sus principales aliados. Al asesinar a Benazir pocos días antes de celebrarse las elecciones parlamentarias se hace difícil resolver su sustitución y sólo el tiempo nos dirá si queda garantizada la pervivencia de ese partido como fuerza política de referencia. No sabemos qué medidas adoptará el Presidente, si se mantiene la fecha de los comicios o si opta por su suspensión.

De lo que no cabe duda es de la lógica estratégica de este magnicidio. Tenían que hacerlo. Lo intentaron cuando aterrizó y fallaron por poco. Ahora lo han conseguido. Para los sectores islamistas tanto la democratización como, sobre todo, la vuelta de Bhutto era algo inasumible. En su radicalismo fundamentalista asocian la práctica democrática con valores occidentales contrarios a la esencia del islam, del auténtico islam que sólo ellos comprenden y que sólo ellos pueden interpretar. El previsible reforzamiento de las relaciones con Estados Unidos y Europa era una amenaza a evitar antes de que fuera demasiado tarde. Sin Bhutto los partidos islamistas tienen más posibilidades de hacerse con el control del Parlamento y afrontar así su objetivo final: convertir Pakistán en un estado «realmente» islámico.

Las Fuerzas Armadas vuelven a ser la clave. Han dirigido campañas contra los radicales, pero de forma muy desigual. Su currículo pro-talibán y en favor de la proliferación nuclear no es garantía. Como tampoco lo son los estrechos vínculos de la inteligencia militar con los sectores más extremistas. No puede extrañar que dirigentes del Partido Popular hayan acusado al Ejército de lo ocurrido. No están negando la responsabilidad islamista, sólo subrayan la posible «autoría intelectual». De lo que no cabe duda es de que los enemigos de la libertad y de la democracia han ganado una importante batalla en uno de los escenarios más importantes.

Pakistán es el teatro de operaciones más peligroso en la Guerra contra el Islamismo. Reúne la letal combinación de una posición geográfica clave, inestabilidad política y armamento nuclear. Mantiene un viejo y delicado conflicto con India por sus fronteras definitivas. No olvidemos que Pakistán, el «país de los puros», se desgajó de India para ofrecer a los musulmanes un estado propio. Pero los musulmanes no son un territorio. La disputa por Cachemira es el núcleo de un problema que ha causado varias guerras y que puede originar en el futuro otra de carácter nuclear. La estabilidad de Afganistán depende de lo que haga el gobierno de Islamabad. Las declaraciones del presidente Karzai no dejan lugar a dudas sobre el mal estado de las relaciones bilaterales. Los dirigentes de Kabul están convencidos de la colaboración de la inteligencia militar pakistaní con las fuerzas talibanes. Pero elescenario que más preocupa es la llegada al poder de un gobierno islamista que, desde ese momento, tendría el control de la fuerza nuclear y del amplio catálogo de misiles recogidos en sus arsenales ¿Qué uso les darían? De entrada serviría de paraguas para promover el radicalismo por todas sus fronteras sin alto riesgo de ser atacados.

Lo único seguro es que hoy los demócratas de todo el mundo hemos sufrido un serio contratiempo y que sólo unidos podremos sortear los retos que nos plantea el radicalismo.

Florentino Portero. Analista del Grupo de Estudios Estratégicos GEES.

Coleccionistas de Constituciones, de Pedro González-Trevijano en ABC

LA TERCERA DE ABC

La pasión por el coleccionismo es consustancial al hombre. Éste colecciona desde siempre y además prácticamente cualquier cosa. Desde los sencillos utensilios domésticos y los rudimentarios pinceles usados en las cuevas de Gargas, Lascaux, Niaux o Altamira hasta las rabiosamente modernas instalaciones en la Modern Tate Gallery y la DIA Art Center. Si bien las grandes colecciones son habitualmente el fruto de una vida consagrada -como un sacerdocio laico- a la incansable búsqueda, irresistible adquisición y exhibición triunfante de las joyas finalmente conquistadas. ¡No hay pausa ni límites, iniciada la caza!, diría Sherlock Holmes, asimismo aventajado coleccionista: en su caso de los peores criminales victorianos. Una pulsión irrefrenable y hasta compulsiva -¡si es un coleccionista de verdadero fuste!- que no respeta a nadie ni nada: mezquindades inconfesables, codicias sin freno, excentricidades inverosímiles, engaños vergonzantes y hasta asesinatos -como Doménica, la mujer del marchante Paul Guillame- tal y como relata John Richardson en su obra Maestros sagrados, sagrados monstruos. «Instintos de coleccionistas -denunciaba Pérez Galdós- que son variantes de la avaricia».

En el coleccionismo sobresalen financieros, humanistas, políticos, nobles y reyes, nos informan María Dolores Jiménez Blanco y Cindy Mack en su libro Buscadores de belleza. Entre los financieros, destacan Archer Huntington, fascinado por lo español y fundador de la Hispanic Society of America -recuerden las pinturas encargadas a Sorolla que se pueden admirar hoy en la Exposición Visiones de España en Valencia-; la furia compradora del banquero norteamericano Morgan; el gigante industrial Frick; el acaudalado barón Thyssen y su colección asentada entre nosotros tras abandonar Villa Favorita; la insaciable Peggy Guggenheim; los misteriosos Rothschild; la búsqueda de la belleza por la elegante Isabella Stewart Gardner. Pero no todos son ricos. También hay humanistas: desde el lenguaraz Pietro Aretino, el historiador italiano Bernard Berenson y el mecenas José Lázaro Galdiano. Políticos como el filantrópico Francesc Cambó. Por supuesto, marchantes, pintores y troupe artística varia: el inteligente marchante Guillaume, el obsesivo Edgar Degas, la emblemática Gertrude Stein y Picasso, ¡también en esto!, parte de cuya colección particular (sus matisses, renoirs y cezánnes) se encuentra visibles hoy, Picasso y su colección, en el Museo Picasso de Barcelona. Personajes asimismo inclasificables como el bestial doctor Barnes y el sabueso Douglas Copper. Y, en fin, nobles, como los marqueses de Leganés y de Carpio y, sobre todo, príncipes y reyes: los duques de Mantua, Carlos I de Inglaterra y Felipe II y Felipe IV. ¡Sin este último El Museo del Prado no sería lo que es!
Pero a tan insigne coleccionismo de arte se le ha unido otra modalidad más solapada, pero también relevante. ¡Les adelantaba que los humanos coleccionamos de todo! Hay, créanme, coleccionistas de Documentos constitucionales. Un millonario norteamericano se hacía así por casi quince millones de euros con una de las copias originales de la Carta Magna, suscrita entre el impopular Rey Juan sin Tierra y los rebeldes barones ingleses, un lejano 15 de junio de 1215. El documento, redactado en latín sobre un pergamino de piel de oveja, datado el 12 de octubre de 1297 y con el sello del Rey Eduardo I, era la única copia aún existente en manos privadas. Un texto donde se protegen precursoramente ciertos derechos frente al poder casi omnímodo del Monarca, se amparan las libertades eclesiásticas y se consagra el habeas corpus: «...por la presente Carta hemos confirmado para Nos y nuestros herederos a perpetuidad que la Iglesia inglesa sea libre, conserve todos sus derechos y no vea menoscabadas sus libertades. Que así queremos que sea observado resulta del hecho de que por nuestra libre voluntad, antes de surgir la actual disputa entre Nos y Nuestros barones, concedimos y confirmamos por carta la libertad...».

¡El fetichismo llega, en suma, hasta el ámbito de los textos señeros del Derecho Constitucional! Hemos descubierto el denominado coleccionismo constitucional. Un coleccionismo caracterizado por dos principales rasgos.
En primer término, se trata de documentos constitucionales emblemáticos. Sus dos ejemplos más codiciados serían -de ser adquiribles- la Declaración americana de Independencia y la Declaración francesa de derechos. Pero ambos están extra comercium, al hallarse en manos públicas. De la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de 4 de julio de 1776 podríamos evocar su doctrinario encabezamiento: «Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres los gobiernos, que derivan sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados...». Y de la Declaración Francesa de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 26 de agosto de 1789, traemos a la memoria su introductoria apelación evocadora de las nuevas aspiraciones: «Los representantes del pueblo francés, constituidos en Asamblea, considerando que la ignorancia, el olvido o el menosprecio de los derechos del hombre son las únicas causas de las desgracias públicas y de la corrupción de los gobiernos, han resuelto exponer, en una declaración solemne, los derechos naturales, inalienables y sagrados del hombre...».

Lo mismo se podría predicar -excuso decirlo- de la Carta Magna de 1215, la Eva de las Declaraciones. Y, ¡no podemos olvidarla!, la Constitución norteamericana de 1787, que arranca con su entusiasta admonición popular: «Nosotros, el Pueblo de los Estados Unidos, a fin de formar una Unión más perfecta, establecer Justicia, afirmar la tranquilidad interior, proveer la Defensa común, promover el bienestar general y asegurar para nosotros mismos y para nuestros descendientes los beneficios de la Libertad, estatuimos y sancionamos esta Constitución para los Estados Unidos de América». Y, entre nosotros, ¡la ejemplar Constitución de Cádiz de 1812!, la Pepa, de contrastada influencia en el constitucionalismo decimonónico y en la Iberoamérica independentista. En ella descuellan dos preceptos: «La Nación española -dice el artículo 1- es la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios», y su revolucionario artículo 3: «La soberanía reside esencialmente en la Nación, y por lo mismo pertenece a ésta exclusivamente el derecho de establecer sus leyes fundamentales». «Formamos una sola nación -argumentaba Argüelles- y no una agregación de naciones».

Por mi parte, yo también me sumé modestamente en su momento al coleccionismo constitucional. Para la ocasión escogí, ¡claro que sí!, la Constitución de 1978. En 1980 emprendía una ya hoy no tan modesta colección -¡también soy, en tanto que coleccionista, vanidoso!- de diferentes formatos de nuestra Ley de leyes. Entre ellas despunta no obstante un ejemplar en piel dedicado por nuestros siete Padres constitucionales en 2003 al hilo de la conmemoración del veinticinco aniversario de la Constitución, bajo la presidencia de los Reyes, en la Universidad Rey Juan Carlos.

Y, en segundo lugar, todos los reseñados documentos constitucionales comparten una ideología de progreso: su decidida voluntad de defender la libertad, conquistar la justicia, propugnar la igualdad, aspirar a la felicidad, amparar los derechos fundamentales, afianzar la democracia y postular la separación de poderes. ¡Quizá si otros ciudadanos se iniciaran en el referenciado coleccionismo constitucional ayudaríamos a impulsar el necesario sentimiento constitucional. ¡Yo, como coleccionista, cedo temporalmente mi colección!

Pedro González-Trevijano. Rector de la Universidad Rey Juan Carlos.

Sobre el argumento de la «cercanía» del poder, de Gracián en ABC

Vistas las cosas con la perspectiva que el tiempo nos proporciona, no alcanzamos a entender cómo, a la hora de redactar la Constitución, los dirigentes de los grupos parlamentarios no nacionalistas pudieron creer que, conformándose con adoptar unas formulaciones ambiguas y dejando para posteriores momentos las decisiones clarificadoras, resolvían los problemas, siquiera momentáneamente.

Cualquiera que se entretenga en revisar los diarios de sesiones de los debates parlamentarios puede apreciar la reserva mental con que actuaron los representantes de los grupos vasco y catalán en todo lo referente a la organización territorial del Estado y a la distribución de competencias entre éste y las comunidades autónomas.

En el inacabable proceso para ello entonces iniciado, uno de los argumentos en los que, tópicamente, se ha venido justificando la mayor extensión de las facultades atribuibles a las autoridades y organismos autonómicos es el de que el poder se ejerce con mayor propiedad y eficacia en la cercanía en que éstas se encuentran respecto del ciudadano y el territorio, que desde la lejanía en que se hallan los poderes estatales centrales.

La generalización de esta opinión puede que arranque del encendido elogio que Tocqueville hizo en La democracia en América del sistema de organización americano y de la forma ascendente de imbricación de las distintas instancias de poder, desde las municipales hasta la superior federal de la Unión, pasando por las de los condados y las de los estados federados.

El propio Lord Acton, nada entusiasta de Tocqueville, recelaba de la democracia «a la francesa» por su efecto centralizador y uniformador. Pero Acton, crítico de los nacionalismos, nunca enfocó la distribución de poderes entre las distintas instancias del Estado sino como una forma de evitar la corrupción; de ahí que nos advirtiera en su conocida sentencia de que «el poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente».
En España la relación proporcional legitimidad/cercanía del poder fue reiteradamente encarecida por Gumersindo de Azcárate en muchos de los ensayos, artículos periodísticos y discursos en su larga vida parlamentaria. Y, antes y después de él, por los nacionalistas de todo tiempo y lugar.

Mas lo que aquí interesa es dilucidar la cuestión de si acercar el poder a las instancias políticas y administrativas que más próximas se hallan al ciudadano es una forma de ejercicio más democrático y eficaz del mismo que la consistente en su confinamiento en las más remotas y alejadas del administrado.

Ello debería lógicamente ser así. Es razonable pensar que el mejor conocimiento de los problemas que propicia la cercanía e inmediatez a los mismos de las instancias intermedias e inferiores favorece su más acertada solución, tanto en la fase de toma de decisiones como en las posteriores de ejecución y control de las mismas. Pero todo tiene su haz y su envés, y lo que a priori puede comportar ventajas, puede acarrear también ciertos inconvenientes. Se trata de ver cuáles pueden ser éstos y decidirse a actuar conforme al menor de los males.

El no menor de ellos es el del mayor control que sobre todas y cada una de las circunstancias personales de los administrados facilita la cercanía, así como la natural tendencia de todo administrador a ensoberbecerse, inversamente proporcional de otra parte, en términos generales, a su propia importancia y entidad. La proclividad a abusar del poder es mayor cuanto menor es la altura institucional del abusador y la distancia que le separa de su víctima. Esto lo sabe bien el pueblo llano, que en la Edad Media prefería que su villa o lugar dependiera directamente de la Corona (localidades de «realengo») antes que de la nobleza, y que fueran jueces y funcionarios dependientes directamente de aquélla los que juzgaran sus conflictos y administraran sus intereses, en vez de los designados por un señor feudal. Numerosos son los topónimos que, con orgullo, aluden a dicha dependencia directa de la realeza.

De otro lado, la propia cercanía a las materias sobre las que se deben adoptar decisiones, favorece la posibilidad de existencia de conflicto de intereses; y la tentación de que aquéllas no sean tomadas sólo en consideración a la defensa de los generales. Cuanto más cercano sea el poder, más alta será la probabilidad de que el administrador se vea personalmente afectado por la decisión que haya de adoptar y más peligro correrá de incurrir en prevaricación y cohecho.

De cualquier modo, jamás deberá consentirse que la cercanía en la ostentación del poder redunde en menoscabo de su más adecuado ejercicio, y para ello habrán de tenerse en cuenta los efectos de la creciente tendencia a la llamada globalización, primero porque la complejidad de las cuestiones excede, cada vez más frecuentemente, de la limitada capacidad de las autoridades intermedias para resolver eficazmente sus propios problemas, pero también porque éstos cada vez afectan más a colectivos o materias que exceden de la propia competencia funcional o territorial de tales autoridades. Son tantos los ejemplos (catástrofes, comunicaciones, racional aprovechamiento de los recursos, etcétera) que a diario ponen de manifiesto que esto es así, que lo mismo insistir en ello, que negarse a reconocerlo, resultarían esfuerzos ociosos.

Sólo decir, para concluir, que plantear la cuestión en términos de tener que pronunciarse sobre la dicotomía poder cercano / poder lejano, al elegir la mejor fórmula para organizar nuestras instituciones intermedias, es incurrir en un erróneo y peligroso reduccionismo.

¿Poder cercano o poder lejano? En todo caso, poder adecuado a las circunstancias de cada tiempo y momento. Y, por supuesto, poder no absoluto, sino limitado; poder dividido entre las diversas instancias políticas y administrativas, en función de sus respectivas razones de ser y finalidades, y por ello poder interdependiente; y poder también siempre controlado por medios eficaces.

Gracián. Colectivo que reúne a 60 intelectuales y profesores de reconocido prestigio.

El ideal de la coalición PSOE-PP y el sombrero de Gallardón, de Pablo Sebastián en ABC

LA CRÓNICA DEL LUNES

No habría estado mal que el alcalde de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón, se hubiera levantado, pedido el sombrero y marchado de la sala, haciendo un sonoro mutis de dignidad y firmeza, cuando el líder del PP, Mariano Rajoy, tapó con bromas la ausencia de amparo a los suyos y su falta de autoridad, por enésima vez desafiada por la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, que da por segura la victoria del PSOE en los comicios de marzo, y por ello se opone a que Ruiz-Gallardón ocupe un lugar en las listas del PP.

No vaya a ser -piensa Esperanza Aguirre- que durante las exequias y la sustitución del jefe del partido se alce, en el hemiciclo del Parlamento, la voz del alcalde de la capital, como alternativa en el Partido Popular y líder de la oposición, echando por tierra la desmedida ambición de la presidenta madrileña. La que está en precampaña personal, no en el beneficio de Rajoy, sino para postularse ella en provincias como futura presidenta del partido. De lo contrario, no vestiría el discurso de «España se acabará» si Zapatero vuelve a ganar las elecciones.

Ni España se rompe ni España se acaba, porque es irrompible y constituye un hecho histórico objetivo imposible de desmontar desde las minorías del nacionalismo, por más que Zapatero haya jugado, de manera irresponsable, a la ruleta rusa de la centrifugación territorial. Bastaba ver, en el entierro de los dos guardias civiles asesinados por ETA -ellos y sus familias, hoy en el recuerdo de los españoles en este día de Navidad-, la serenidad y la fuerza del Estado para no alentar el simplismo catastrófico que durante los últimos pasados años enturbió la labor de oposición del Partido Popular, anclada en el pasado de la mano de portavoces sin crédito, y perdida en las conspiraciones del 11-M, de las que nunca más se supo tras la sentencia de la Audiencia Nacional.

Por la puerta del Partido Popular han pasado, sin que nadie les invite a un café, personalidades como las de Rodrigo Rato o Manuel Pizarro, camino de la empresa privada, mientras en el Congreso de los Diputados tronaba, en el debate final de los Presupuestos, el diputado Martínez Pujalte, quien suponemos que será el titular «in pectore» de Rajoy para la Vicepresidencia Económica del Gobierno en el caso, milagroso, de que los españoles, por ciencia infusa, decidieran derrotar a Zapatero. Por lo mismo, cabe imaginar que Zaplana, Acebes y Moragas son futuribles ministros de la Presidencia, Interior y Asuntos Exteriores.

Cuando deberíamos estar hablando de la histórica crisis que se abrirá en el PSOE en caso de derrota de Zapatero, la pelea entre Aguirre y Gallardón sigue marcando el ritmo de la actualidad. Lo que explica que, a pesar de la catastrófica legislatura socialista, los sondeos electorales siguen empeñados en el empate técnico entre PSOE y PP, que de traducirse en escaños -según el análisis explicitado por ABC- podría ofrecer una ligera ventaja a Zapatero con 158, frente a 154 de Rajoy. Lo que nos situaría en el umbral de la gran coalición PSOE-PP, un pacto con el que sueñan históricos dirigentes de los dos partidos, a sabiendas que en la próxima legislatura se debe recuperar la primacía del Estado y la cohesión nacional y proceder a una reforma de la Constitución, además de la ley electoral.

Y también, a encarar al chantaje permanente de la clase política nacionalista que, al margen de los ciudadanos de su entorno y mientras ETA mata, trata de montar en el País Vasco -contra la sentencia del caso EKIN y la posible ilegalización de ANV- un frente electoral de autodeterminación, para hacer sitio a Batasuna, o para quedarse con sus votos.

Algo similar a lo que busca CiU en Cataluña, con la refundación del catalanismo. Los unos a palos con la Audiencia Nacional, y los otros amenazando al Tribunal Constitucional. Y todo esto, en plena crisis del Poder Judicial y con la incertidumbre de la economía. De ahí la importancia, en caso de empate, de una gran coalición, con o sin Zapatero y Rajoy.

Dos políticos que pronto se verán las caras en televisión, a donde acudirán con diferente estado de ánimo. Zapatero, asustado porque puede salir del poder a la misma velocidad de las líneas del AVE que inaugura gracias al PP -al que hizo un tibio reconocimiento, sin mencionar a Álvarez Cascos, ante su ministra reprobada-; y Mariano Rajoy, que parte como el aspirante perdedor, encantado de haber llegado a ese mano a mano, sin haber hecho en el PP lo que debió de hacer, a ver si suena la flauta de la victoria y todo el éxito se lo lleva él. Que fue lo mismo que hizo José María Aznar en el año 2000, cuando rompió sus pactos de gobierno con el nacionalismo -más moderado de entonces- y dijo eso de «voy a ser yo», y se olvidó de los españoles y se equivocó.

La gran coalición entre los dos grandes partidos debe ser, en democracia, un pacto excepcional. Un acuerdo nacional como el de Merkel y Schroeder en Alemania. Algo que, virtualmente, intenta Sarkozy en Francia para modernizar la República, y que haría falta en Bélgica y en Italia. Y en la España actual, aunque, como decía con sorna un embajador español que conoce el Estado teutón, «allí es más fácil porque habitan alemanes y, en España, no». Basta ver lo que ocurre en el PP, mientras permanece colgado en el perchero el sombrero de Gallardón.

Acumulación de efectos (las banderías de la derecha), de José Antonio Zarzalejos en ABC

LA TERCERA DE ABC

UNO de los intentos -en buena parte logrado- de aproximarse a las características de la derecha española ha sido el protagonizado por el profesor Pedro Carlos González Cuevas en su ensayo sobre «El pensamiento político de la derecha española en el siglo XX» (Editorial Tecnos, 2005). En este texto emerge uno de los signos de identidad de la derecha de nuestro país en los últimos cien años: su trágica fragmentación, su carácter banderizo, su falta de cohesión interna. González Cuevas, con perspicacia, sostiene que en España la derecha ha seguido en las últimas décadas dos grandes tradiciones, siendo la «conservadora liberal» en la que se concretó el «moderantismo» español que culminó en su momento en el canovismo. Esta derecha fue la que, según el autor, «admitió selectivamente las transformaciones políticas y sociales consideradas como irreversibles, tras el triunfo del liberalismo en Europa; pero con la pretensión de conservar, a partir del concepto de «constitución histórica», determinadas instituciones tradicionales, como la Monarquía y el catolicismo, auténticos ejes, desde su perspectiva, de la tradición nacional y de la conservación social».

Esta definición me parece sustancialmente acertada -así lo avalan los hechos de nuestra historia- porque así lo asumió el canovismo de la Restauración, que fue el primer y exitoso propósito de aglutinar al precedente histórico de la derecha conservadora liberal del siglo pasado que encontró luego en Ortega y Gasset la inyección teórica precisa para su laicización y modernización. «En el fondo -escribe González Cuevas- Ortega y Gasset fue un hombre de derechas, en cuyos escritos se expresa la mayoría de los motivos del pensamiento elitista y conservador: el realismo político e histórico, el sentimiento del valor de la continuidad, una teoría de la nación como empresa integradora y, finalmente, un sentimiento fuertemente aristocrático de la sociedad y de la vida, en la que pocos están llamados a dirigir a muchos». Y añade el autor: «Además, sin su aportación intelectual es imposible conocer e interpretar la aparición de nuevas tendencias en el seno del conservadurismo español».

Cánovas y Ortega son -creo- los fautores de la derecha española y sus grandes renovadores, completados y complementados por otros también importantes, pero siempre en el ámbito del moderantismo -algo bien distinto al centrismo que carece de connotación ideológica porque se trata de un tactismo más o menos oportunista- en el que lo liberal y lo conservador han convergido de manera fructífera. Cuando la derecha en España ha dejado de ser moderada -es decir, cuando ha comenzado a establecer políticas internas de exclusión, tribalizándose por la intolerancia hacia el próximo y elevando a máximos ideológicos y prácticos sus propios postulados- sus posibilidades hegemónicas han fracasado en la sociedad española. Y aunque el franquismo distorsionó por completo el devenir de la derecha, lo cierto es que tanto en el último cuarto del siglo pasado como en los inicios del actual dos episodios han demostrado sus potencialidades: en la Transición, la Unión de Centro Democrático, y en los años noventa, la refundación del PP bajo José María Aznar.

En ambos capítulos históricos, la derecha se amplió y acogió a las «familias» más diversas: desde los «azules», reformistas del franquismo, hasta los flecos de la socialdemocracia, pasando por democristianos y liberales. El «suicidio» de UCD se produjo, no sólo por la genética de su constitución -quizá quebradiza y perentoria-, sino también por el fulanismo, la bandería y el enfrentamiento interno. De todo lo cual aprendió Aznar, para desde los inicios de su gestión rehacer el PP dejado en sus manos por Manuel Fraga para, con la argamasa del «centro reformista» (reformulación semántica del moderantismo) y las evocaciones canovistas, orteguianas y azañistas, muscular una fuerza política que ganó las elecciones y llevó a la derecha democrática española -a través de las urnas, con una limpieza nítida- a ocho años de ejercicio del poder, buena parte de los cuales cabe calificar de brillantes y eficientes.

En la actual tesitura el esfuerzo de unidad de la derecha conservadora y liberal española debe ser titánico porque todo aquello en lo que cree y la justifica está en el alero: la gradualidad en las transformaciones sociales, los elementos tradicionales que personalizan la sociedad española, la integridad de la forma monárquica del Estado, la propia continuidad de la Nación y el papel de España en el mundo global. No hay otra forma de unidad que la observación por parte del electorado de un ejercicio generoso y discreto de acumulación de efectos positivos que generen una dinámica ganadora. Es posible que el moderantismo y la transversalidad de Ruiz-Gallardón, por sí mismos, no consigan más votos, pero en sinergias con otros «efectos» lo harán. Si fuese posible añadir al «efecto» que genera el alcalde de Madrid el propio de la presidenta de la Comunidad, Esperanza Aguirre, habría que volcarse igualmente en integrarlo, y así otros muchos «efectos», como el de Teófila Martínez en Cádiz, o el de Ritá Barberá en Valencia, o el Alberto Fabra en Castellón, y tantos cuantos «efectos» más quiera acumular Mariano Rajoy, en torno al cual hay que cerrar filas con una sinceridad transparente.

Cada uno de esos efectos personales, en lo que son y representan, resultan insuficientes, es decir, en bandería nada aportan, pero en un sumatorio inteligente acumulan fuerza y, en su diversidad de procedencias, sensibilidades y matices, pueden constituirse en una opción ganadora. Cuando la presidenta de la Comunidad de Madrid menciona este periódico como «volcado» en apoyar la presencia del alcalde de la capital en las listas electorales de los comicios legislativos próximos, no nos hace reproche, porque es tan cierto como lo fue el apoyo sin reservas que a ella le granjeó en las autonómicas de mayo pasado, y no sería menor el que le prestaría si tuviese posibilidad de añadir sus capacidades -que son muchas- al lance electoral de marzo. ¿Es que acaso, en este proyecto nacional del conservatismo liberal español, caben maniqueísmos en la inteligencia de un periódico centenario como ABC que se fundó para anclar opciones ideológicas como es en la que milita Esperanza Aguirre y a la que ella contribuye tanto como el alcalde de Madrid y otros centenares de dirigentes, siendo los del País Vasco especialmente admirables y esforzados?

Ocurre que hay algunos -quizá demasiados- que no comprenden que en determinados momentos de la historia de un país los mejores deben ser convocados, deponiendo todos otras consideraciones -personales o políticas- cuando el interés superior es el de la Nación que -como intenté explicar el domingo pasado- está en verosímil peligro de fragmentación territorial y moral. La derecha española no siempre ha comprendido la hondura de su misión histórica en determinados capítulos del devenir nacional. La actual es una coyuntura crítica que requiere acumular «efectos» positivos -personales e ideológicos- sin detenerse en las anécdotas que puedan oscurecer las cuestiones categóricas. En eso está ABC; en eso seguirá estando, porque en la perseverancia en perseguir lo importante sobre lo inmediato y lo perdurable sobre lo contingente está la clave -indescifrable para los miserables- de su permanencia en la conciencia colectiva de los españoles. Por eso -en definitiva- ABC, además de un periódico, es una institución.

José Antonio Zarzalejos. Director de ABC.

Cena en Madrid, de Hugh Thomas en ABC

LA TERCERA DE ABC

Con el trasfondo general del naufragio de viejas convicciones y el hundimiento de lo que solíamos considerar civilización provocados por el tsunami de la televisión y el fútbol, destaca un hecho sorprendente, una roca en un mar embravecido: ahora, gracias al Eurostar y otros trenes estupendos, es posible salir de Londres temprano, antes del amanecer, y cenar tarde en Madrid, el mismo día, viajando por tierra en todo momento. Yo lo hice la semana pasada, y salgo triunfante de la experiencia ecológicamente segura.

Primero, un taxi hasta Waterloo desde mi casa en Notting Hill. Al pasar por la carretera de Bayswater recuerdo que oí hablar por primera vez de esa vía durante la guerra, cuando «La saga de los Forsyte» se leía en la BBC, y he oído hablar Uncle Timothy´s en el Bayswater Road.

Luego giramos en Park Lane y recordé la casa que la hermosa mujer judía de Phineas Finn, de Trollope, tenía allí, justo donde ahora se yergue un conmovedor monumento a los animales que han combatido en guerras.
Doblamos por los parques Green y St James y allí tengo también un recuerdo literario: «A Ramble in St James Park» es obra de un cómico olvidado de la Restauración de alrededor de 1675. Probablemente sería demasiado escandalosa en 2007. Más tarde pasamos por Westminster y el Parlamento, donde mis reminiscencias son, en todo caso, demasiadas. Llego a la espléndida estación de Waterloo, de Nicholas Grimshaw, y parto hacia París. Grimshaw diseñó las paradas de autobús de Madrid. Así que mi final está en mi principio (Eliot).

Cuando llegamos a Francia, ya es de día. Había contratado un coche para que me recogiera en París y me llevara a través de la ciudad mágica y, casualmente, pasó por mis calles favoritas: la rue Peletier, donde se encuentra el restaurante Au Petit Riche, y la rue Richelieu, que solía recorrer de buena gana para ir a la vieja Biblioth_que Nationale. Espero que el despacho del director siga allí, con el corazón de Voltaire en el interior de su estatua burlona.

Al otro lado de la explanada del Louvre, giramos a la izquierda en el muelle, y me viene a la mente un comentario del brillante novelista Radiguet en «Le Bal du comte Orgel»: «Il quitta l´auto, quai Voltaire». Sin preposición. Tan elegante.

Llego a tiempo a la estación de Montparnasse, donde el tren sale hacia Irún con 10 minutos de retraso.

Paso las cinco horas siguientes leyendo, excepto justo al sur de Biarritz, donde me siento atraído por los pequeños tejados rojos de Bidart. En una ocasión los vi desde la misma línea ferroviaria en otro tren, con luna llena. «Luz de luna sobre el sur de Francia», ¿puede haber una frase mejor en toda la literatura? Pero, por desgracia, esa vieja estación, Biarritz Négresse, ha desaparecido, pues no podemos utilizar palabras reales como solíamos hacerlo.

Hendaya y luego el puente internacional que, pese a ser ahora la pacífica autopista entre dos países respetables de la Unión Europea, sigue dando un poco la sensación de la antigua barrera hostil que solía ser. Miro hacia abajo y veo la Isla de los Faisanes, donde el Rey Luis XIV contrajo matrimonio con una Infanta española, María Teresa.

Irún. Ahora está tranquilo, pero antes no era así. Los combates durante la guerra civil fueron horribles aquí. ¿Y no fue en la estación de trenes donde a Ganivet se le confiscó un paquete, allá por 1898? «¿Qué es este paquete?», preguntó el agente de aduanas. «Investigaciones», respondió Ganivet con orgullo. «Muy peligroso, queda confiscado». ¡Cosas de la España del pasado! También fue en Irún donde mi libro «The Spanish Civil War» se topó con ciertas dificultades en los años sesenta. Recuerdo que los agentes de aduanas también escudriñaron cuidadosamente mis maletas en la estación de Irún. Y luego saldría al andén, para coger el nuevo tren hacia Madrid, el mágico Talgo. El sol acababa justo de salir para iluminar la cúpula dorada de la iglesia principal de la ciudad, que se encuentra a sólo unos metros de la estación. En una ocasión estuve allí alrededor de las 7.30 de la mañana y un hombre cubierto de confeti cantaba alegre y ebrio una vieja canción sobre Manila. Se había pasado toda la noche de fiesta en Pamplona, así que debía de ser julio.

Cuando estuve allí la semana pasada, esta estación había cambiado, porque ahora los equipajes se someten a un control de seguridad antes de subir al tren. No recuerdo que fuera un problema difícil. Lo que sí recuerdo es que en la cafetería de la estación una chica de aspecto estrafalario le pidió a una plácida anciana que le vigilara la maleta mientras iba al baño. La mujer plácida aceptó. En estos tiempos de ETA, siento fobia por las conspiraciones y albergué mis dudas.

La siguiente etapa de este agradable viaje consistió en recorrer Navarra y Pamplona, y luego tomar el AVE, el tren de alta velocidad, en Calatayud. Aquí es donde se aconsejó al emperador Carlos V que mantuviera la boca cerrada porque las moscas allí eran peligrosas. Lamentablemente, no podía hacerlo porque tenía un defecto de mandíbula, como sabemos por sus retratos de joven, obra de Bernard van Orley. No vi ninguna mosca, pero a aquella hora ya era casi de noche.

Antiguamente, solían llevarte por toda la historia española de camino a Madrid: San Sebastián, Burgos, Valladolid, Medina del Campo, donde en una ocasión vi a una pareja fugándose para casarse, Ávila, con sus espléndidas murallas, e incluso Dueñas, donde Fernando el Católico conoció a Isabel («Ése es, ése es», decían a la Reina señalándole a Fernando), e incluso el Escorial. ¡Qué riquezas!

Pero ahora todo eso pertenece al pasado, aunque todavía perdura un leve vestigio de aquella expectación apasionada que la brillante escritora Nina Epton (es medio española) expresaba tan bien en su libro sobre Madrid en los años cincuenta: «Al poco empezaron a aparecer unas luces, al principio débiles y desperdigadas, después más claras y agrupadas, y finalmente formando un intrincado dibujo de eses, curvas y líneas paralelas -verdes, rojas, naranjas- semejantes a fuegos artificiales congelados. Al verlas, todos los ocupantes del compartimento se pusieron en pie y gritaron: «¡Madrid!». «¡Madrid!», repitió mi madre con lágrimas en los ojos...».

A las 22.30 estaba en Madrid, y llegué a la que ahora es la estación más hermosa de Europa: Atocha, donde la vieja explanada negra en la que solíamos coger el tren infinitamente lento hacia Andalucía (¿eran ocho horas lo que se tardaba entonces en llegar a Sevilla?) ha sido convertida, con gran brillantez, en un jardín tropical. Luego llego justo a tiempo para cenar en un nuevo restaurante abierto por un amigo mío. «Por favor, ¿puedo tomar unas croquetas?». «¿Y para beber?».

Hugh Thomas. Historiador.